Etcétera

¿Cómo se gobierna en México?

A la luz de las elecciones intermedias nos hemos descubierto envueltos, durante los últimos meses, en una reiterada polémica sobre quién gobierna o, mejor dicho, en torno a la manera como lo decidimos. Prácticamente no ha faltado ningún juicio en la materia. Que si los partidos no han logrado proponer buenos candidatos; que si los independientes han integrado una mejor opción; que si ha resultado mejor decantarnos por el voto nulo para hacer sentir nuestra inconformidad a la clase política. Otros no han alcanzado a interesarse en el tema. Ya por indiferencia e indolencia o bajo el arrogante convencimiento de que decidir quién gobierna compone un dilema vulgar que en el fondo no soluciona nada, un considerable número de ciudadanos se ha colocado por encima, o quizá por debajo, de esa disyuntiva.

Si existiera una forma de organizar la sociedad más allá del gobierno, esa disyuntiva carecería de importancia, en efecto, pero en el mundo que vivimos las sociedades sin gobierno no consiguen organizarse sino para destruirse a sí mismas. De modo que demos por sentado que decidir quién gobierna constituye un tópico importante. Pero se encuentra lejos de ser el único importante. Hay muchos otros. Uno es advertir cómo gobiernan los que gobiernan y, asociado a ese fenómeno, cómo podemos los ciudadanos incidir en el asunto. Las formas como los ciudadanos podemos influir en las decisiones que toman los gobernantes son muy diversas. Van de la manifestación al plantón pasando por la participación en organizaciones no gubernamentales y otras agrupaciones civiles, así como a través de la publicación de nuestras opiniones políticas. Naturalmente, quienes gobiernan tienen su propio estilo de hacerlo. No aludiré al estilo personal, sino, digamos, al institucional. En términos generales observo que prevalecen dos estilos extremos en el país: uno, ejercido desde el consenso y otro, atorado en el conflicto ayuno de acuerdos entre las partes que sostienen diferentes posiciones políticas. Pareciera que todos debiéramos estar de acuerdo en todo o en nada. Tras doce años de falta de convenios de primer orden, se urdió un Pacto –así, con mayúscula, por supuesto- centrado en un pretendido consenso sin fisuras. Del desacuerdo sin matices se pasa al acuerdo sin matices, y sin estaciones intermedias. Y al revés: del acuerdo sin reparos se cae en el reparo sin oferta de acuerdo alguno. Lo que ocurre en el orden federal sucede en los estados y municipios. Los regidores se suman sin restricciones a las disposiciones del alcalde o se le oponen con el propósito de correrlo o al menos someterlo de algún modo. El gobernador gobierna como señor feudal o no gobierna de ninguna manera. Cuando el consenso no borra la pluralidad, la pluralidad borra cualquier oportunidad de consenso. De vez en cuando se ensayan fórmulas y caminos intermedios, pero solo de vez en cuando. Por lo regular se escenifican bandazos, oscilaciones radicales. Y los ciudadanos, entre tanto, exigimos la toma del Paraíso o nos resignamos a vivir en el Infierno. De ahí que la única respuesta realista a la pregunta, ¿cómo se gobierna México? sea: pues como se puede. En efecto: para reír y llorar al mismo tiempo. Pero no nos azotemos… O bueno, sí, pero solo lo suficiente.


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