El 24 de febrero se conmemoraron 200 años del Plan de Iguala, la extravagante proclamación de independencia de lo que hoy llamamos México. Ha transcurrido el mismo número de años de uso propagandístico del documento por parte de los gobiernos mexicanos. El plan, poco leído, está disponible en varios medios. Uno de ellos es la base de datos en internet de un proyecto del historiador Will Fowler.
Fowler es una de esas escasas personas genuinamente biculturales y bilingües —en español ibérico e ingles británico—, tanto por familia como por contexto. Desde 1995 ha sido académico en la Universidad de St Andrews, fundada en 1413. Fowler dirigió, entre 2007 y 2010, el proyecto The Pronunciamiento in Independent Mexico 1821-1876, patrocinado por el Arts and Humanities Research Council de Gran Bretaña. El propósito era el estudio de los pronunciamientos: proclamas escritas como producto de asambleas que expresaban diagnósticos, planteaban posibles soluciones y generalmente amenazaban con levantamientos armados de no ser atendidos. Los fondos obtenidos por Fowler fueron un logro notable y permitieron becar a Rosie Doyle y Kerry McDonald para realizar su doctorado y la contratación de Natasha Picot y de mí como investigadores posdoctorales; además de Sean Dooley el desarrollador de la base de datos de los pronunciamientos.

Los resultados fueron: dos tesis doctorales, tres libros en que se seleccionaron y trabajaron ponencias de los tres congresos internacionales llevados a cabo en St Andrews —que reunieron a buena parte de los historiadores que tienen al siglo XIX mexicano como campo de estudio—, una base de datos en línea que contiene los pronunciamientos —de consulta abierta y que inicia con el Plan de Iguala—, y un libro monográfico de Fowler sobre el fenómeno: Independent Mexico: The Pronunciamiento in the Age of Santa Anna, 1821-1858.

La historia académica contemporánea está lejos de suponer que su misión sea la de revelar la verdad última sobre lo ocurrido en el pasado. Fowler no se entrampa en esos debates teóricos y pone manos a la obra en los archivos, confiando en el poder explicativo de la historia. Algunos, desde el nacionalismo mexicano del siglo XX, acaso califiquen su biografía de Antonio López de Santa Anna como revisionista. Yo la considero una obra que enfrenta al lector, por un lado, con las responsabilidades del personaje como, por otro, con la inmensa popularidad que no dejó de gozar entre muchos pobladores de la nación que se estaba formando. Al estudiar los pronunciamientos, Fowler identificó el Plan de Tuxtepec (1876) de Porfirio Díaz como el cierre del ciclo y al de Iguala como el comienzo y modelo de dicha práctica política.
El Plan de Iguala habla de “independencia absoluta”, pero hay poca sustancia que respalde esa frase. El pronunciamiento solicitaba que gobernara el nuevo país el rey de España Fernando VII o, en su defecto, “los de su dinastía”. De manera práctica, se declaraba que mientras se reuniesen las cortes se seguiría la “constitución española”. Asimismo, el plan establecía que se conservaría la burocracia tal y como estaba, salvo por quienes se opusieran al pronunciamiento.
Incluso formalmente, el Plan de Iguala está alejado de lo que han celebrado los gobiernos mexicanos por dos siglos. Aunque en una ocasión se alude al Imperio Mexicano, el pronunciamiento no menciona la palabra México una sola vez, porque el concepto no prevalecía en ese tiempo. En cambio, el plan apela a los “americanos” de la “América Septentrional”. Y, envaneciéndose de haberlo logrado “sin derramar una sola gota de sangre”, asienta: “he proclamado la Independencia de la América Septentrional”.

El historiador Fowler quizá no esté de acuerdo con mi lectura del Plan de Iguala. Su comprensión del siglo XIX es inobjetable. Por su obra, en la sesión del 1 de diciembre de 2020 se eligió a Will Fowler como Miembro Corresponsal Internacional, en Escocia, de la Academia Mexicana de la Historia. Así se lo informó, mediante carta, Javier Garciadiego, director de la academia. Una vez pasada la pandemia y restablecidos plenamente los viajes, Fowler dictará su discurso de ingreso en la Ciudad de México. La inclusión de Fowler en la Academia Mexicana de la Historia es un reconocimiento más a su pasión por el siglo XIX mexicano y a su ejemplar disciplina de trabajo que ha construido una obra excepcional —que ahora lo tiene a punto de publicar un libro más: The Grammar of Civil War: A Mexican Case-Study, 1857-61. Will es, además, persona generosa y profesor queridísimo por sus estudiantes.
Sin embargo, las celebraciones del Plan de Iguala no dejan de parecerme arbitrarias. No hace falta un gran esfuerzo para notar que tal pronunciamiento no tenía como objetivo un cambio fundamental. El plan habla de la unión entre los pobladores como la “única base sólida en que puede descansar nuestra común felicidad”. Enumera a los “nacidos en América”, los “europeos, africanos y asiáticos”. Pero hay una ambigüedad: lo mismo se refiere a “los americanos de todo origen”, que los separa: “europeos y americanos, indios e indígenas”. Y sugiere: “Americanos: ¿Quién de vosotros puede decir que no desciende de español?”.
El Plan de Iguala está en primera persona, firmado por Agustín de Iturbide, pero otros criollos estuvieron involucrados en negociarlo y en su redacción. Por la correspondencia entre Vicente Guerrero e Iturbide se incluyó la referencia a la diversidad racial. La ambigüedad mencionada, por tanto, puede leerse como el comienzo de un discurso de exclusión que guardaba las apariencias, pues finalmente se identificaba lo criollo con lo que llegaría a ser lo mexicano. Aun sin entrar en esta reflexión, es difícil hablar de revolución en la idea de que el ejercicio del poder continuara prácticamente en las mismas manos. En varios sentidos, el Plan de Iguala fue el principio de la construcción de una cultura política antidemocrática. ¿Hay motivo de orgullo?

