Los megalopolitanos

Ayer terminó la veda vehicular en la Megalópolis, entidad imaginaria, universo paralelo, habitada por millones de megalopolitanos, cuyo Prefecto es el Secretario del Medio Ambiente federal, quien, junto con el Coordinador Ejecutivo de la misma, manda por encima de los que gobiernan en la CDMX, Estado de México, Puebla, Morelos, Tlaxcala e Hidalgo.


Ayer terminaron tres inéditos meses de castigo para propietarios de autos que, cumpliendo con la verificación oficial, refrendo fiscal o tenencia (menos en Morelos, donde se emplacan todos los vehículos de lujo para no pagar ese impuesto), fueron obligados a estacionarse para mitigar la mala calidad del aire que, al parecer, sorprendió a la Megalópolis y a los megalopolitanos.


Polución que hace años tuvo esos y mayores niveles de mugre en el aire, la respirábamos con la paz que la inconciencia regala. Entonces había otros parámetros, otros humores para esos humos, hoy imperaron la prudencia y el profesionalismo ante una amenaza a la salud pública tan grande y sorpresiva.


En la Megalópolis, que para fines prácticos empieza y acaba en 16 delegaciones políticas y 18 municipios mexiquenses, el castigo fue severo, pero nunca parejo. La orden vino de la prefectura federal, la repulsa social fue para el gobernante local, marcadamente para el que más hace y gasta en la materia.


A los vecinos de la capital ni les fue ni les vino, excepto cuando había que atinarle a la ruleta de colores y dobles No Circula para entrar al núcleo sucio de la Megalópolis.


En los tres meses superados los megalopolitanos, dicen nuestros servidores públicos locales, aprendimos que quien la hace, pues la hace, pero que todos pagamos ya nos quedó claro, todos pagamos, o casi todos.


En la temporada de ozono los megalopolitanos contemplamos la cacería furtiva de automovilistas a manos de solícitos policías de tránsito, pendientes de atrapar a quien se distrajo, al despistado que no escuchó la última noticia sobre dobles No Circula.


En la Megalópolis, a pesar de la contingencia superada gracias al dios Tláloc y su lluvia dispersora, compartimos todo: espacios de circulación con más autos y menos carriles, menor velocidad permitida con más cierres para abrir espacio a paseos y vías ciclistas, transporte público saturado, rebelde, viejo y contaminante.


Todo cabe y todo aguantamos los megalopolitanos. Nunca deja uno de aprender y en la Megalópolis más.


Ahora la CDMX tiene una nueva norma de verificación vehicular; paulatinamente esta nueva (ni tanto) medición irá estacionando autos anteriores a 2006 y a otros que aún, más recientes, no cumplan con los rangos.


Se espera que en el próximo semestre más de 650 mil vehículos vuelvan a quedarse parados uno o dos días a la semana. Ya nos dirán qué nuevos transportes públicos vendrán y quién y cómo verificarán las industrias que, en la Megalópolis, libraron estos tres meses atroces.



Este artículo fue publicado en La Razón el 1 de julio de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.

Autor

Scroll al inicio