Hablar de sexo siempre será complicado. No es porque el concepto lo sea – puede serlo, claro – sino más bien, por lo incómoda que resulta la idea a mucha gente. Y me refiero a una incomodidad real: esa de mirar a otra parte, carraspear la garganta, cambiar de tema. El sexo es bueno – nos gusta, nos obsesiona – pero pareciera serlo solo si se mantiene en secreto, al margen de lo visible. Que hipocresía, pienso con frecuencia, en un mundo que vende el sexo, lo comercializa a todo nivel, que lo asume como producto, ese seudo respeto reverencial asombra. O al menos a mi me asombra, cuando no me hace reir por absurdo, por fuera de contexto, por adolescente. ¿Será que somos aún una cultura muy joven? ¿Adolescentes que se murmuran los secretos morbosos al oído, riendo y preguntándose que vendrá después? Es probable: la cultura sigue sin asumir lo inevitable de lo erótico, lo profundamente necesario. Lo inquietante de esa libertad de los sentidos, de esa fiesta del cuerpo, a trompicones que todos disfrutamos de alguna u otra manera.
De jovencita, el sexo me obsesionaba, quizás por aquello de lo prohibido, aunque ahora que lo pienso, era más un asunto de curiosidad nata. Estudiaba en un colegio de monjas francesas que intentaban por todos los medios mantener el sexo al otro lado de la puerta del roble del edificio. Pero por supuesto, el mundo más allá era inmenso…y lleno de respuestas a todas las preguntas que tenía. Porque con las hormonas en plena implosión – dolorosas, radiantes, eufóricas – todo se resumía a que ocurría en ese espacio silencioso de la piel que arde, de las preguntas que no se responden en voz alta. Recuerdo que por entonces, no tenía a nadie con quien hablar del tema: hija única y rodeada de adultos, me acostumbré a buscar mi propias respuestas, a disfrutar de esa búsqueda, de incluso apreciarla en soledad. Y el sexo era algo que aprendí bien pronto era de una de esas cosas que era mejor no decirlas en voz alta, de las que se murmuran, aunque no sabía por qué.
De manera que hice las cosas a mi manera: leí literatura erótica cuando comprarla provocaba cejas levantadas de libreros alarmados, veía películas pornográficas con una extraña sensación de cruzar terreno desconocido y un poco de repugnancia – todo hay que decirlo – y de vez en cuando exploraba mi cuerpo, para aprender de él más que para procurarme placer. Porque en realidad, lo que más me asombraba del tema era que la mujer, según todo lo que leía, todo lo que veía, todo lo que se mostraba sobre la sexualidad, era una extranjera en territorio erótico. La mujer no debía saber nada sobre el sexo o al menos eso era lo que la sociedad asumía como normal. A la mujer no le interesaba el sexo, no era algo de lo que hablara con libertad, no era algo que pudiera disfrutar a puertas abiertas, a gritos y a gemidos. Con dieciséis años, aquello me resultaba incomprensible, cuando no francamente ofensivo. ¿Por qué que las mujeres eran extranjeras en su propio cuerpo? Por supuesto, tenía un noción bastante clara de donde provenía la idea: en una cultura machista como la Venezolana lo femenino tenía que ajustarse a un esquema claro, definido y limitado. Que no comprendiera el motivo, que me angustiara pensar en la razón que obligaba a la mujer a mirar lo sexual con desconfianza, no hacia menos real el límite. Más allá de la linea del silencio, de lo provocativo, de lo sugerido, estaba la puta, la fácil. O mejor dicho, la opinión social sobre la mujer que decidía tomar poder sobre su vagina, su placer y sobre el primitivo derecho de decidir a quien llevaba a la cama.

