La lucha por la democracia electoral

Defender, cuidar y salvaguardar la vida e integridad de los órganos electorales, no solo es un deber de conciencia cívica, sino que también es una obligación de responsabilidad ciudadana; pues se trata de la columna vertebral de la vida democrática del país que a todos, sin distinción alguna, debe importarnos como verdaderos mexicanos. Fue mucho el sacrificio con el que se ha conseguido lo hasta ahora logrado, como para que “de un plumazo” lo dejemos ir y lo perdamos, quedando relegados a las tinieblas de la política sin libertades reales en el país. Tenemos que hacer el trabajo que nos corresponde y el esfuerzo como ciudadanos de a deveras, nos agrade o no la política por el desprestigio que carga; pero esta vez lo tenemos que hacer porque es el llamado que hace el país a nuestra conciencia patria. Sí, esa que desde las entrañas se siente por amor al país. 

Esto es querer a México, lo contrario es solo vivir en la comodidad a costa del país, sin el menor esfuerzo por cuidarlo y mejorarlo. No basta con el trabajo diario que día a día realizamos, como algunos suelen decir, y que con eso abonan al país. También se requiere contribuir a construirlo en su vida política, y en este caso en el de la democracia electoral, porque todos vivimos con ella y nos beneficiamos de ella. Por eso es el tiempo de los auténticos ciudadanos, porque es la lucha por la prevalencia de la democracia. De no hacerlo, y entre ellos están y estarán nuestros futuros descendientes, las próximas generaciones nos lo reclamarán por haberles dejado un país políticamente empobrecido en muchos sentidos. Nos lo reprocharán, nos tacharán de cobardes y malos ciudadanos, y la patria nos lo demandará. 

Esto nos sucede, y ahora nos quejamos, debido a la pasividad e indiferencia que cómodamente llevamos dentro hacia lo público, con lo cual caemos tácitamente en la aceptación y complacencia, dejando hacer y dejando pasar, que los gobernantes hagan y deshagan, con lo que también, conscientes o inconscientemente, nos volvemos cómplices de los desastres que nos suceden, que trascienden en toda la vida política, económica, social y cultural del país, repercutiendo desde luego, en nuestra persona, en la familia, en la población y en el país.

Estamos en el punto y momento de quiebre más peligroso para la vida del país y de la democracia; “caminando en la cuerda floja” como luego se dice. Por eso la lucha tiene que ser “del todo con el todo”; tal y como en el lenguaje de la guerra se dice, simbólicamente “cuerpo a cuerpo”. Ciertamente la batalla es monumental por la desigualdad entre los contrincantes. De la sociedad civil contra el poder. “David contra Goliat”. Pero sí se puede. Será la batalla decisiva de la guerra civilizada por la democracia. La madre de todas las batallas diríamos, pero pacífica, porque será la batalla definitiva, concluyente y definitoria del destino de la democracia y del país.

Sin que dejemos de aceptar que, como en todos los órdenes de la vida, siempre puede haber mejorías porque esta es la naturaleza de su persistencia en busca de lo perfectible, si por lo menos vivimos bien y con tranquilidad en la democracia electoral que tenemos, ¿por qué a fuerza se quiere perturbarla en su estructura vertebran?; esto es, en el sistema óseo que la sostiene, y de la cual el actual gobierno en estos años es el mayor beneficiario.   

En su momento el IFE y ahora el INE han sido, y es, entre los órganos públicos y privados, la institución mejor vista y, por lo mismo, mejor calificada en México; lo cual no ha sido gratuito, sino por dar confianza y credibilidad a la población. Es más, increíblemente, dado el decaimiento y desprestigio que ha tenido en los últimos tiempos la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, hoy está mucho mejor reconocido y calificado por los ciudadanos que la propia CNDH, no obstante que esta última, por su propia naturaleza, es la que por antonomasia mejor debería estarlo, pero la realidad es que no es así. Todavía abona más a su favor, el que no solo en México es altamente reconocida su función y profesionalismo por virtud de su autonomía e independencia, sino que éste va más allá de nuestras fronteras, al grado que también lo tiene a nivel internacional. En el mundo saben del INE, y saben bien de su talante. Nada ni nadie es infalible ni eterno; pero hasta el momento lo ha hecho bien, y se lo ha ganado a pulso.

La misma lógica sigue en tratándose del Tribunal Electoral Federal, y éste en un doble sentido; no solo por estar estrechamente relacionado y amarrado electoralmente con el INE y que, por lo mismo, también goza de independencia y autonomía para resolver con apego a la normativa impartiendo justicia electoral, toda vez que es la segunda instancia y la definitiva donde se dirimen los conflictos e inconformidades que se generan en los procesos electorales, en el derecho que se tiene para impugnar un resultado electivo una vez agotada la instancia del INE, sino también por la razón de pertenecer a otra esfera constitucional; esto es, a la estructura orgánica de un Poder totalmente distinto, independiente y autónomo de los otros dos poderes de la Unión Federal, como lo es el Judicial; pero aún más, incluso del propio circuito de los órganos constitucionales autónomos. De lo que estamos hablando, es que el Tribunal Federal Electoral es además estructuralmente hablando, completamente ajeno al círculo del propio INE, en su función de dar certeza jurídica en la interpretación, correcta aplicación y mejor impartición de justicia, en el marco del Estado de Derecho electoral.  

Es el instituto que, con la imparcialidad debida, sin pasiones, colores ni ideologías, de no ser solo el de la ley, ha garantizado la legitimidad, legalidad y la paz en la democracia electoral y, por lo mismo, la legitima, legal y democrática elección de los triunfadores para todos los cargos de elección popular, en los procesos electorales. Dígalo si no, veintidós años de existencia y de alternancias en el gobierno en los ámbitos federal, estatales y municipales.

Fue el órgano gracias a las conquistas políticas ciudadanas y a su configuración jurídica democrática de independencia, autonomía, imparcialidad, certeza, legalidad, máxima publicidad, objetividad y paridad con perspectiva de género, el que le dió vida al partido político o movimiento, como se le quiera llamar que para el caso da lo mismo, así como el triunfo más importante en el 2018 tanto para la Presidencia de la República como para el Congreso Federal apenas a sus cuatro años de sus temprana  existencia, pues es el más reciente de todos con tan solo ocho años de presencia. 

Tienen lo que ningún partido nuevo y en un lapso tan corto de cuatro años, la Presidencia de la República, ha tenido y todavía mantiene la mayoría en la Cámara de Diputados y en la Cámara de Senadores, la cual se abulta con sus partidos adherentes, esto es, tiene el dominio y control en el Congreso de la Unión; tiene la mayoría de las gubernaturas incluyendo las de sus partidos incondicionales, es decir, 22 entidades federativas (20 propias y 2 con otros partidos), que representan las dos terceras partes de la República; tiene la mayoría de los congresos estatales y la mayoría en estos congresos locales; tiene la mayoría de los municipios del país y, por ende, mayoría en los ayuntamientos; y en todos estos espacios todavía se acrecienta su presencia y decisión, con lo que tienen a su vez los partidos políticos que abiertamente juegan con él. Tiene casi toda la República. ¿Y todavía quiere más? ¿Qué más quiere? ¿No es por el momento suficiente con estos logros? ¿todavía no está contento y a gusto con esto y por eso su repulsión a estas instituciones electorales? ¿Es tanta su ambición de poder que, como dice el dicho, “no tiene llenadera”, y quiere más? ¿O por qué tanta aversión, colera y arrebato contra los órganos electorales? 

Que mejor se le diga abierta, diáfana y de frente al pueblo realmente que es lo que se quiere. ¿Pues no dicen que están con el pueblo? ¿Y si el pueblo está con el INE y lo quiere conservar, entonces porque se le quiere eliminar o cambiar por otro órgano? ¿Pues no dicen que el pueblo manda y que es sabio?, pues entonces hay que hacerle caso, y que no se toque a los órganos electorales porque los quiere el pueblo. 

Si hasta el momento tenemos paz electoral. Si hemos quedado satisfechos con los resultados electorales avalados por los órganos que cuentan, dictaminan y califican las elecciones, y es tanta la confianza que le tiene el pueblo al INE, al grado que es el mejor calificado en los índices de confianza, ¿por qué aún con todo este bagaje de confianza y credibilidad de los ciudadanos a lo largo y ancho del país se le quiere cambiar? ¿Qué no la lógica, aun en la política, y en lo público en general nos dice que se cambia o modifica cuando se tienen resultados negativos, y se conserva, si se quiere con algunas mejoras, pero no trastocando su estructura vertebral, cuando da resultados positivos? ¿O por qué aun con estos resultados favorables y excelente calificación de la población se le quiere desechar? ¿O es acaso que solo para el partido político en el gobierno no sirven y por eso su repugnancia y coraje contra estas instituciones electorales?

Acomodándola a la democracia, que es vida libre, bien cabe terminar con una cita de Agustín Basave Benítez, quien escribe que un opositor de Margaret Thatcher, la famosa “Dama de Hierro”, quien instauró a la fuerza el neoliberalismo en el Reino Unido, con este motivo el líder laborista Neil Kinnock, le soltó una frase lapidaria que apuntaba al daño que se estaba haciendo: “Yo estoy dispuesto a morir por mi país”, “pero jamás permitiría que mi país muriera por mí”.¹


¹. Basave Benites, Agustín. Ya no, presidente. Artículo publicado en la Revista Proceso. No. 2400/ 30 de octubre de 2022. Revista semanal. México. P. 56.

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