¿México necesita a un Bukele?

¿México necesita a un Bukele? La sola pregunta revela el tamaño de la frustración y decepción nacional frente a la inseguridad, la corrupción y la incompetencia institucional acumuladas por décadas.

Durante más de 70 años, el Partido Revolucionario Institucional construyó lo que Mario Vargas Llosa llamó “la dictadura perfecta”: un sistema hegemónico que mantenía formas democráticas, pero controlaba la competencia real, disciplinaba a los poderes y administraba la oposición. Hubo estabilidad política, sí, pero también corrupción estructural, clientelismo y un aparato estatal diseñado más para conservar el poder que para servir al ciudadano.

Los doce años del Partido Acción Nacional no lograron desmontar ese andamiaje. Por el contrario, el inicio de la llamada “guerra contra el narcotráfico” durante el gobierno de Felipe Calderón marcó el comienzo de una espiral de violencia que no ha cesado. La fragmentación de los cárteles multiplicó los focos de violencia y debilitó aún más la confianza en las instituciones.

La llegada de MORENA y la autodenominada Cuarta Transformación empeoró todo, prometía un cambio profundo pero la percepción dominante es la de un mayor deterioro, concentración de poder, destrucción de organismos autónomos, militarización de funciones civiles y lo peor, una inseguridad persistente. Muertos y más muertos, las cifras de homicidios y desapariciones, así como los escándalos de corrupción que no han desaparecido, al contrario, se incrementan a pesar de la cínica negación del sistema.

En este contexto emerge la figura de Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Su política de mano dura contra las pandillas , particularmente a través de un régimen de excepción prolongado y detenciones masivas, ha reducido drásticamente los índices de homicidios en uno de los países que llegó a ser considerado de los más violentos del mundo. Para muchos mexicanos, la comparación es inevitable: mientras allá la criminalidad parece contenida, aquí la violencia se normaliza.

Pero la pregunta exige aclarar varios puntos. ¿Qué significa realmente “necesitar a un Bukele”? ¿Un liderazgo fuerte? ¿Un poder sin contrapesos? ¿Un régimen dispuesto a tensar, o rebasar, los límites del Estado de derecho en nombre de la seguridad?

El éxito en materia de control criminal en El Salvador es innegable en términos de resultados visibles. Calles más seguras, reducción de homicidios y una percepción ciudadana favorable. Pero los infaltables y eternos opinadores de escritorio, esos que viven en sus cómodas burbujas, pertenecientes a múltiples organizaciones de “Derechos humanos” han puesto el grito en el cielo lanzando críticas por detenciones arbitrarias, debilitamiento de la independencia judicial y concentración del poder ejecutivo.

México no es El Salvador. Su tamaño, complejidad , diversidad regional y peso económico hacen poco viable una simple traslación de modelo. Además, el crimen organizado mexicano no es únicamente pandillerismo territorial; es una auténtica red transnacional con enormes recursos financieros, enorme infiltración política en múltiples niveles y un control prácticamente total de economías locales completas.

Sin embargo, la simpatía que despierta la figura de Bukele revela algo profundo: el hartazgo. Cuando la ciudadanía percibe que la democracia no garantiza lo más elemental ; vida, integridad, salud y propiedad, comienza a ver con buenos ojos soluciones autoritarias. El problema de México no es solo la violencia; es la inocultable impunidad sistemática, es la cínica corrupción, es la ineficiencia burocrática que convierte la justicia en una fantasía.

¿Necesita México un liderazgo firme? Probablemente sí. ¿Necesita eficacia en el combate al crimen? Sin duda. ¿Necesita instituciones que funcionen y que no estén capturadas por intereses políticos o criminales? Urgentemente. ¿Las tenemos con la 4T? No, nada, ni de lejos; en realidad estamos mucho peor que antes.

La verdadera discusión quizá no sea si México necesita “a un Bukele”, sino lo que muchos se niega a aceptar: reconstruir el Estado, profesionalizar policías locales, fortalecer fiscalías independientes, limpiar ministerios públicos, blindar al Poder Judicial, invertir en inteligencia financiera y romper la complicidad política con el crimen organizado. ¿Suena fantasioso? De momento lo es; aceptémoslo.

La tentación del hombre fuerte surge cuando el sistema democrático fracasa en ofrecer resultados. La responsabilidad histórica de la clase política mexicana , pasada y presente, es haber destruido esa confianza. Si la democracia quiere sobrevivir, debe demostrar que puede ser eficaz.

México necesita un Estado que funcione, gobernantes competentes y ciudadanos informados y vigilantes. ¿Posibilidad real en estos momentos? Cercana al cero.

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