La fractura del capital social sitúa el difícil momento de la convivencia y el descontento ciudadano. El reconocimiento de que “estamos plagados” de desconfianza es aceptar la corrosión de las instituciones. Hay lejanía con el “otro” y 66% de los mexicanos consideran que la ley se respeta poco o nada (IFE-Colmex, 2014). No creemos en la justicia, como muestra más de 90% de delitos sin denuncia. Pero si es un creciente problema para la democracia, la desconfianza al interior de los partidos es expresión de profunda descomposición, como se percibe en la sucesión del PRD.
Su Consejo Nacional eligió por voto cantado al nuevo presidente, Agustín Basave. Hasta la víspera continuó la fuga de candidatos de la contienda por falta de garantías en la competencia y confianza en la justicia interna. Se puede argüir que lo relevante del proceso era lograr la unidad para relanzar el liderazgo ante la peor crisis del PRD desde su fundación. Pero los procedimientos y las formas democráticas son más que reglas de etiqueta, reflejan la confianza en que las reglas se cumplan y litigios inconclusos al interior. La negativa a permitir el voto secreto en la elección denota mucho menos el respeto a la cargada de las tribus en favor de Basave, que la necesidad de vigilarse para evitar traiciones. Ahí el gran obstáculo en su camino.
De modo tácito, Basave reconoce los peores tiempos en que recibe al PRD tras la escisión de la izquierda con López Obrador y ahora el reto ya mayúsculo de Morena, junto con su declaración sobre las pocas posibilidades de ganar ninguna elección en 2016 sin alianzas. La entrega de la presidencia a un académico externo es el recurso de la dirección para poner a un árbitro por encima de las tribus y refrescar su imagen afectada por la corrupción; pero más que solución expresa la división y falta de acuerdos internos. Por lo pronto, ha tenido que postergar la presentación del equipo de trabajo hasta tener el control sobre las corrientes. Ahí su dilema.
En su escritorio podrían estar ya mediciones que dan a Morena una intención de voto entre 15 y 20% nacional, superior al PRD, de acuerdo con Parametría. El reto para revertirlo es reconectar con la ciudadanía a través de definiciones específicas sobre las causas que le importan. Pero para reposicionarse como oposición no basta con exclamar el fin de los pactos con el gobierno, sino marcar la agenda con temas que lo diferencien más allá de la repetición cuasi mecánica de discursos generales y tácticas oportunistas, como enseñan recientes alianzas.
El problema del rumbo perdido del PRD es que apuntar hacia afuera y llevarlo a la calle pasa por sacarlo de la disputa interna y construir confianza para consensos en la dirección. También por limpiar la corrupción y destruir el sistema de cuotas entre corrientes que, en buena medida, es el responsable de que la unidad de la izquierda que lo originó derivara en un archipiélago de feudos desconectados de la gente. ¿Podrá el nuevo liderazgo anular el sistema de cuotas? ¿Es posible renovar sin el cambio generacional que él no representa? ¿Puede ir afuera sin autonomía interna? Sus primeras definiciones en favor de las alianzas hablan de poner a jugar el capital que les queda en sumas de votos, una estrategia aritmética electoral que poco reportó en Guerrero con Ángel Aguirre, en Sinaloa con Malova o en Oaxaca conGabino Cué en términos de fuerza electoral, adhesión y confianza en sí mismo. Abrirse a las alianzas no significa conectar con el ciudadano, que cada vez desconfía más de esas respuestas. De las que cada vez se desconfía más como tácticas para buscar el poder y repartir entre tribus, sin compromisos, ni programas observables y ni verificables; y que cada vez se creen menos para recuperar o avanzar en la confianza de gente.
Este artículo fue publicado en Excélsior el 12 de Noviembre de 2015, agradecemos a José Buendía Hegewisch su autorización para publicarlo en nuestra página
