El 19 de septiembre de 2017 fue distinto para todos y hay infinidad de relatos. Éstos son solo dos, y ambos empiezan a las 13:14:40.
José viaja como pasajero en el metrobús, ajeno al mundo. Los audífonos y el libro en la mano cumplen con su función de aislarlo de la gente. Odia las multitudes, pero es un convencido creyente de que en la Ciudad de México, es mejor utilizar el transporte público que circular en un auto propio por varias razones; sin embargo, eso es material de otra historia.
El vehículo se detiene en la estación. Está sentado, y le extraña sentir una rara vibración que de forma inicial atribuye al motor, pero al incrementarse, lo obliga a levantar la vista del libro y salir del mundo de Asimov en el que se encontraba absorto. Comprende lo que ve en la calle antes de que en su mente se formen las palabras: los autos detenidos que se mueven de lado a lado como si alguien los hiciera saltar sobre el arroyo de circulación, la gente que no logra avanzar sin caer, los cables que se mecen amenazadores sobre las cabezas de todos, los semáforos que se balancean…
“¡Está temblando!”, gritan algunos a su alrededor. Una señora es presa de la ansiedad rezando a voz en cuello. Se altera tanto, que alguien ofrece su lugar y la hacen sentarse mientras llora. El enorme camión articulado se mueve como si saltara jugando de lado a lado. José sabe que no es físicamente posible, pero sus sentidos lo engañan haciendo creer a su cuerpo que el vehículo puede volcarse. Se obliga a razonar y a quedarse quieto, mientras espera que el sismo pase, porque no puede hacer nada más. Piensa en su familia, en un sexto piso. En su esposa, trabajando, a la que no verá hasta el día siguiente. Se consuela recordando que ella está en una planta baja. Poco a poco, el movimiento remite. Lento y con cuidado, el chofer reinicia la marcha. José tarda más de una hora en llegar a su casa, en un trayecto que de forma normal cubre en 30 minutos.
Al mismo tiempo, en un edificio de la ciudad, Judith se afana en su escritorio del segundo piso. Está concentrada en el trabajo que su jefe espera tener a las tres, a más tardar. El teclado en el que trabaja se mueve bruscamente con todo el escritorio. Judith es ahora la que grita “¡está temblando!” e intenta torpemente llegar a las escaleras, como hicieron todos durante el simulacro de esa misma mañana.
Judith no es ágil. De niña, un accidente le dejó problemas en la pierna derecha. A eso hay que sumar la angustia irracional que borra toda su lógica. Tiene edad suficiente para recordar el sismo de 1985, por eso avanza casi a ciegas, gritando mientras baja las escaleras rodeada de gente que se contagia de su miedo. Busca salir lo más pronto posible del edificio, que truena amenazador a su alrededor. No puede correr, pero avanza lo más rápido que su pierna le permite. A medias entre un piso y otro, sucede lo impensable: Judith cae y rueda escalones abajo, golpeándose en varias partes del cuerpo y perdiendo el conocimiento durante unos segundos. Al abrir los ojos, la están intentando levantar; renuncia a la cordura y se abandona por completo a la crisis de ansiedad.

Lo siguiente que recuerda, es que ya está afuera y eso la tranquiliza: no quedará atrapada, aprisionada entre escombros. Se siente a salvo. El sol le da en la cara mientras busca incorporarse. El médico de la empresa intenta examinarla, pero ella le dice que está bien, aunque le duele la cabeza. Él la revisa rápidamente y le receta un sedante ligero antes de enviarla a casa. Judith, en vez de una, tardará dos horas con veinte minutos en llegar.
José encuentra a sus vecinos y a su cuñado en el estacionamiento. Aunque es capaz de decir que está asustado, no siente aún nada que pueda definir hablando; sabe que más tarde lo expresará de algún modo que los demás no notarán. No es bueno expresando debilidad.
Suben los seis pisos hasta su hogar a pie, ya que no hay luz; comen lo que hay en el refrigerador, ya que no hay gas, y se siente afortunado de no ver ni una grieta en su edificio. Su cuñado, asustado, manifiesta su inquietud sin parar de moverse, buscando cosas qué hacer para mantenerse ocupado, aunque no sean necesarias. Si no encuentra nada, navega en las redes sociales y muestra a José los sobrecogedores resultados del seísmo.
Se da un baño (“qué bueno que sí hay agua”, piensa), e intenta dormir. El trabajo que le espera en la noche es de mucha responsabilidad, y le exige que se encuentre en las mejores condiciones físicas y mentales posibles. Está muy cansado y se lo achaca al estrés del día, pero no logra conciliar el sueño hasta pasadas las seis de la tarde.
Mientras José se baña, Judith llega a casa. No ha comido, pero no tiene hambre. Le duelen la cabeza y el cuerpo. Relata a su familia lo que sucedió, escucha a su vez, y se tiende en el sofá mientras los demás comen. Se queda dormida. Más o menos a la hora en que José logra conciliar el sueño, la anciana tía de Judith oye un ruido súbito que la hace girarse hacia ella. La observa ponerse rígida y sacudirse sobre el sillón, con los dientes apretados y sacando espuma por los morados labios. Grita llamando a los demás, mientras ve cómo pasa la convulsión. Su sobrina no despierta. Deciden llevarla de inmediato al hospital. A partir de este momento, Judith no recordará nada.
José se levanta de mejor ánimo. Sólo logró dormir unos treinta minutos, pero cree que serán suficientes. Mientras se viste y se prepara para irse a trabajar, en otro lugar están subiendo a Judith al auto de la familia. Cuando José se encuentra en trayecto, Judith llega al hospital al que decidieron llevarla.
Al llegar a su trabajo, checa su entrada, revisa los pendientes que tiene a su cargo, y se entera de que su jefe los requiere para darles instrucciones. Se reúne con los demás, y se le informa que el edificio es estable según los peritos. Aunque no llegaron todos los trabajadores, sí la mayor parte, y están funcionando a plena capacidad en el turno. Durante este período, a Judith, en un servicio de Urgencias, se le coloca un tubo en la garganta. Se conecta a un aparato para respirar, se le pone suero y se le realiza una tomografía urgente. A sus familiares se les reporta muy grave.
Uno de los compañeros de José (que recién llega de la junta informativa), el cual además es su subalterno, aparece corriendo en la oficina. Le muestra algo en su teléfono celular. De inmediato, José gira varias órdenes. Todos se separan para cumplirlas, mientras él se cambia de ropa para lo que le espera, rápido pero eficiente. El entrenamiento y la experiencia de años toman las riendas. En minutos se encuentra listo. Su cerebro funciona a plenitud, despierto y concentrado. Todo lo demás pasa a segundo término.
Lo que su compañero le ha mostrado es la tomografía de Judith. No ha esperado que la impriman, la ha grabado en video mientras se le realizaba. Muestra una fractura en el cráneo y un enorme coágulo que comprime su cerebro. José calcula que el contenido llenaría fácilmente una lata de refresco. Su compañero también le ha dicho lo peor: que sus pupilas ya no son iguales. Una se encuentra dilatada, la otra no. José sabe que tiene minutos para salvarle la vida. Lo siguiente que puede ocurrir, es que ambas pupilas se dilaten, avisando que el tiempo de Judith se ha terminado.
Se apresura al quirófano. La urgencia contenida con que se conduce contagia a los demás. Al mismo tiempo, sabe que debe hacer que su equipo se mantenga controlado, se sienta cómodo, dirigido y enfocado, para obtener lo mejor de todos en beneficio de Judith. Gira las órdenes adecuadas, con autoridad pero sin descortesía. Pide el material y las suturas que necesitará, instruye a las enfermeras con relación al instrumental y el orden en que lo utilizarán, se pone de acuerdo con el anestesiólogo. En minutos, todos están listos y en espera de que llegue Judith, acompañada de los compañeros de José, a los que ha enviado a terminar de prepararla y traerla lo más rápido posible.
Cuando ella llega, José se da cuenta con preocupación de que la segunda pupila se empieza a dilatar.
Mientras el anestesiólogo la cuida, ellos se lavan. José inicia la cirugía. Sabe que debe ser ágil y eficiente. No se entretienen: cortan y levantan la piel del cráneo de Judith y abren el hueso lo más rápido posible. En cuestión de minutos, el coágulo está afuera y el cerebro ya no se encuentra comprimido. La urgencia ha pasado. Ahora pueden afrontar el resto de la cirugía con calma, mientras coagulan, revisan, limpian, suturan. José se permite relajarse un poco, y en consecuencia, el resto del personal también. Su equipo ha respondido con total profesionalismo, y él se siente orgulloso de ellos, pero aún no se puede cantar victoria.
Terminan de cerrar. José le descubre de la cara. Revisa sus pupilas mientras todos lo rodean expectantes; ambas están de tamaño normal. El ambiente en el quirófano se distiende. Las tareas se vuelven a repartir, porque quieren que ella sea cuidada en la Terapia Intensiva. Uno de ellos va a avisar que la cirugía ha terminado, otro se queda con ella, uno más realiza el dictado quirúrgico y otro, toda la papelería que no se hizo por privilegiar la acción sobre la burocracia, que sin embargo, no puede ser pasada por alto. Todo debe quedar por escrito.
Una vez que Judith se encuentra en Terapia Intensiva, da informes a los ansiosos familiares. Les dice la verdad: la cirugía se realizó justo a tiempo, pero no se puede saber cuánto daño sufrió el cerebro, que además, puede inflamarse. Ella continúa grave, pero al menos tiene una oportunidad. Otras víctimas del sismo no pueden decir lo mismo.
José regresa con los demás pacientes a su cargo. Todo está en orden. No ha comido bien, y tiene hambre, pero son las 2:00 AM del día 20, y tendrá que esperar a que amanezca. Una vez que ha dado a su equipo la oportunidad de descansar unos minutos, pregunta por los estudios pendientes de otro de los pacientes a su cargo. El trabajo se reanuda.
En los siguientes días, Judith sigue luchando por su vida. José se mantiene informado de su estado aún fuera de su horario; cree que evoluciona hacia la mejoría y se permite fantasías optimistas que espera se vuelvan realidad; se regaña por ello por considerarlo precoz, y continúa con sus rutinas. No reflexiona acerca de los sucesos que hicieron coincidir sus vidas. No se le ocurre que, de no ser por el sismo, sus caminos quizá jamás se habrían cruzado. Piensa en que será feliz si ella logra regresar a casa, porque entonces su trabajo y su vida significan algo.
Judith duerme sin sueños, sumergida en medicamentos y rodeada de cuidados. Pronto intentarán despertarla para determinar su estado. El médico de la empresa la visita, preguntándose si pudo hacer más. Sus compañeros de trabajo, que la vieron caer, se informan de su estado a través de los familiares, sintiendo diversos grados de asombro y culpa.
Asombro, porque se dan cuenta de que a veces, en los terremotos, llegar afuera no implica estar a salvo. Culpa, porque olvidaron una de las máximas reglas repetidas durante los simulacros: “No corro, no grito, no empujo”.
Gremlin

