Viet Thanh Nguyen lleva consigo una huella indeleble desde la infancia y tiene la capacidad para traducirla en tinta, por eso es un escritor. Un gran escritor, preciso.
Debemos leer El simpatizante (2015), la primera novela de este profesor de la Universidad del sur de California. Debemos, señalo, si apreciamos el valor de la memoria, en especial, el intervencionismo estadounidense y el ejemplo de esa guerra vergonzosa contra Vietnam; ya sé que todas las guerras son vergonzosas al exhibir la estupidez de nuestra especie pero me refiero al tiempo que tardó la nación más poderosa del planeta en aceptar su derrota, lo que implicó una pérdida incalculable de vidas más. Entonces hay que leer El simpatizante por ser un pedazo de historia que en el tiempo que corre, en más de un sentido, es presente de nuevo. Ah, y porque de algún modo revalora cuánta razón tuvieron aquellos cientos de miles de jóvenes que promovían la paz por el mundo, en los años sesenta, cuando la aspiración de una generación era la convivencia entre seres tan distintos y no el aplastamiento de una idea sobre la otra.
Pero este libro no es un documento histórico sino un thriller ocurrido en aquel contexto y que transcurre como si apisonáramos hojas de tabaco para darle forma al puro. Una hoja y luego otra y así, el autor entreteje historias, con una gran variedad de recursos, como si fumara tranquilamente y en cada bocanada compartiéramos las risas de suripantas que en la tierra de las oportunidades miraban abiertas sus piernas por un puñado de dólares, al general que se resiste a aceptar la realidad irremediable tanto como una mosca agoniza en el piso dando zigzagueos y zumbidos, el pulpo descabezado que sirve de remanso al joven para aplacar la urgencia de la carne, la del niño sediento que no recibe agua sino un bala que le destroza el pecho y hasta la propia dualidad del narrador que es un espía infiltrado en ambos bandos que tiene la aterradora facultad de comprender y aun compartir las motivaciones de los dos lados.
A veces andamos en los intersticios de la historia, y vemos de reojo a ese criminal de guerra llamado Richard Nixon (me gustan los fondos musicales de la época trazados por Viet Thanh con soberbia maestría), escudriñamos en el racismo y las penas de un bastardo, o nada más disfrutamos de un sillón desperdigado en las orillas de Hollywood en tanto anhelamos comida vietnamita y así extrañamos la tierra que nos vomita porque no somos de allá y la fantasía del comunismo ni somos de acá de la voracidad del capitalismo que todo lo convierte en un espectáculo incluso hasta el vuelo de los misiles en el firmamento (porque lo que no se filma son las muertes).

Aun tengo en la memoria a esa señora que al escuchar elogios se le aflojan las bragas igual que los lagrimales al recordar la juventud perdida; tengo conmigo al matón que reseñaba sus carnicerías pero era incapaz de hablar de sexo y menos del despliegue de ese sexo solitario, y por eso cobra sentido la sentencia del padre del espía: habría menos muertes si las personas se masturbaran más, y también las habría si la iglesia admitiera tan rápido como la cuchillada que recibe el cerdo al morir, todos los crímenes que ha cometido, aquellos que la jerarquía católica no admite entre las admoniciones contra el sexo destemplado y los actos que destazaron la vida de centenas de niños, entre sacerdotes criminales y otros desvaríos al lado de las monjas que encontraban solaz mamando la verga a cambio de silencio y el áurea de purificación que esconde la sangre con agua bendita.
Este hombre lleva consigo una marca indeleble y tiene una gran capacidad para traducirla en tinta: se llama Viet Thanh Nguyen y no olvida los brazos de su madre y padre que lo cargaron a Estados Unidos tras la caída de Saigón, en 1975, hasta llegar donde Pensilvania recibía a los refugiados vietnamitas. Me parece que quizá sobre todo por eso, porque él no olvida, Viet Thanh es escritor, y su novela un portento literario.

