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El periodista Ryszard Kapuscinski suele decir que el periodismo es obra de la pasión, la observación y la solidaridad. Lo insiste, luego de dedicar la mayor parte de su carrera a recorrer el continente africano para hablar sobre su singularidad y sobre todo, para construir una hipótesis válida sobre un mundo desconocido para la mayoría de occidente. Pero sobre todo, lo cree firmemente porque para el periodista y escritor polaco el periodismo es un arte de comprensión del mundo desde cierta bondad esencial. Una mirada profunda y respetuosa sobre los hechos y las personas que lo forman. Tal vez por ese motivo, su frase —y lección— más contundente sea la que se convirtió en vanguardia de su opinión sobre el arte de contar historias. «Las malas personas no pueden ser buenos periodistas».

Además, para Ryszard Kapuscinski, narrar es el equivalente al poder de construir un puente válido entre nuestra visión del mundo y la realidad. Una aspiración a interpretar los sucesos que crean la historia desde la sensibilidad, la capacidad para asumir el riesgo de construir una visión válida de lo que creemos ajeno. Porque Kapuscinski no solo elaboró una idea profunda sobre el ideal del periodismo en estado puro —contar historias y más allá, redimensionarla a la medida del mundo que observa— sino que además, lo asumió como una manera de vivir. Una combinación de elementos que crearon una reflexión privilegiada sobre nuestra época, sus dolores y tragedias. Kapuscinski no solo se empeñó en encontrar una idea coherente y realista sobre lo contemporáneo, sino que asumió el abstracto deber de responder sus propias preguntas. De elaborar los cuestionamientos elementales sobre lo que se basó su largo trayecto como trotamundos y contador de historias. «Heródoto era un hombre curioso que se hacía muchas preguntas, y por eso viajó por el mundo de su época en busca de respuestas. Siempre creí que los reporteros éramos los buscadores de contextos, de las causas que explican lo que sucede», insistió en una oportunidad, cuando se le preguntó cuál era el origen de su determinación por escribir desde la experiencia en lugar de la interpretación y la opinión. Y es que para Ryszard Kapuscinski, el oficio de narrar es una convicción, antes que una profesión. Una idea compleja sobre el mundo, antes que una sucesión de escenas.

La crónica Ébano quizás sea su obra más reconocida. No solo porque concluye lo que es el estilo periodístico de Ryszard Kapuscinski, sino porque además, de cierta manera es una obra fundacional sobre su estilo como escritor. Una reconstrucción paso a paso sobre el continente africano no como un europeo podría interpretarlo, sino como un testigo podría comprenderlo. Entre ambas ideas, la sutileza crea una perspectiva novedosa sobre lo que África es —como concepto y como patrón cultural— y también, lo que podría ser, sobre ese ponderado análisis que Kapuscinski hace sobre el terreno. Para el escritor es una obra que resume la observación periodística en estado puro. Para el lector es una ventana abierta hacia un continente incógnita. Una cultura rodeada de mitos e interpretaciones a medias, y sobre todo, elaborada a través del prejuicio.

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