De confirmarse que Alfredo del Mazo III será gobernador del Estado de México, los referentes para una campaña cimentada en apoyos desde la Federación vía programas sociales y con carretadas de dinero en efectivo o con tarjetas que volvieron efectivas al mostrar el sufragio vendido habrán alcanzado un nuevo hito.
Si el PRI gobierna con el 77 por ciento de los votos en su contra, con la mitad de los sufragios que hace seis años obtuvo Eruviel Ávila, el poder y la gobernabilidad no serán más un binomio lógico o deseable en nuestra relativa democracia.
Si se confirma que Delfina Gómez quedó a menos de 3 puntos de ganarle al desatado aparato gubernamental en la entidad más priista, en buena parte será porque hizo una ilegal campaña anticipada en el sui géneris papel de, “promotora de la soberanía nacional” y Andrés Manuel López Obrador, su creador, patentará la denominación de origen.
Se confirma que Morena y AMLO son la fuerza política a vencer en 2018, por demócratas o por el establishment, da igual.
Su indiscutible protagonismo es producto del pírrico (por inservible) rechazo social al presidente priista, al tsunami de corrupción estelarizado por la pandilla de jóvenes gobernadores ladrones que resultaron ser los representantes del nuevo PRI, al mito ese que decía que la gente no olvidaría 12 años de Moreiras en Coahuila.
Pero López Obrador es la figura política nacional también por sus 17 años en campaña electoral, promoción política-personal que juega impunemente entre ser líder social y un consuetudinario violador de leyes y reglas; gracias a su rentable populismo, a su antidemocrática desfachatez para reconocer o desconocer instituciones según le acomode en asambleas a mano alzada.
Si después del escandaloso descalabro de Josefina Vázquez Mota, Ricardo Anaya todavía decide el futuro del partido político más longevo de este país, se confirmará que, a excepción del PRI (en el que decide el Presidente), aun en los institutos más estructurados el más gandalla gana; manda el que detenta el liderazgo, los demás son lo de menos.
Personalismo atroz de Ricardo Anaya —dijo Margarita Zavala—, los spots, las campañas ajenas como alfombra de la suya para ser candidato a la presidencia que, si no gana en el 2018, al menos le quitará votos “de castigo” al némesis del oficialismo mexicano. Lo que resiste apoya.
Total, las elecciones del fin de semana pasado dejan en claro que hoy, en la democracia mexicana, quienes no transan, no avanzan. Lo mismo gobiernos, oposiciones o ciudadanos. Lo mismo demócratas que populistas.
Que redes sociales e Internet, herramientas que en otras latitudes tumbaron a nefastos líderes, aquí son aliadas de la desinformación, amantes de las fake news, vehículos para difundir encuestas de saliva.
A partir de hoy hasta el 5 de junio del 2018, si en mucho no cambiamos, el panorama está claro. Y lo que avisa no traiciona.
Este artículo fue publicado en la Razón el 06 de junio de 2017, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página.
