domingo 21 abril 2024

Recomendamos: Breve historia del comérsela doblada

por etcétera

Diego Cuevas

En 1997 un estadounidense de catorce años llamado Nathan Zohner participó en una feria científica local, la Greater Idaho Falls Science Fair, con un proyecto personal basado en convencer a sus compañeros de instituto de la necesidad inmediata de prohibir el monóxido de dihidrógeno (MODH o DHMO). Durante varios días Zohner recogió firma para vetar dicho compuesto alegando una serie de razones científicamente probadas. Estas eran las que siguen:

  1. El MODH puede causar sudoración excesiva y vómitos.
  2. Es uno de los componentes principales de la lluvia ácida.
  3. Puede causar quemaduras severas en su estado gaseoso.
  4. La inhalación accidental  puede matar a una persona.
  5. Contribuye a la erosión.
  6. Disminuye la eficacia de los frenos de automóviles.
  7. Se ha localizado en tumores de pacientes que padecen cáncer terminal.

Todas aquellas afirmaciones eran ciertas y, entre los cincuenta estudiantes entrevistados, Zohner recogió cuarenta y tres firmas a favor de prohibir el MODH, seis abstenciones y una persona que se opuso en redondo. El proyecto ganó el primer premio en aquella feria de ciencias de Idaho, pero no porque el monóxido de dihidrógeno fuese un compuesto peligroso sino porque la ignorancia de la gente podría ser un elemento peligroso: el estudiante que se opuso a firmar la petición lo hizo al reconocer que el monóxido de dihidrógeno en realidad es el nombre que según la nomenclatura química recibe el agua. El proyecto de Zohner, que en realidad no tenía nada que ver con prohibir un elemento vital, se titulaba ¿Hasta qué punto somos crédulos? Y se centraba en analizar los resultados de aquella encuesta tramposa. Lo gracioso del asunto propició que el periodista James K. Glassman acuñase el término «zohnerismo» para etiquetar el «uso de un hecho verdadero para  conducir a un público científicamente ignorante hacia una conclusión falsa».

Colársela doblada a todo el mundo es un arte que lleva practicándose desde que el mundo existe. Desde las hadas mágicas que supuestamente fotografiaron Elsie Wright y Frances Griffiths en 1917, hasta la leyenda popular que afirmaba la compra de la Iglesia católica por parte de Microsoft (un upgrade que «implementaría la sagrada comunión vía PC») pasando por cosas tan legendarias como aquella La guerra de los mundos que acojonó con una invasión extraterrestres a más de un oyente crédulo cuando Orson Welles la engalanó como un informativo radiofónico. Leyendas urbanas, hoaxes muy elaborados, bromas perpetradas aprovechando el April Fools’ Day, o farsas construidas a modo de venganza contra la prensa local. A veces la historia también se puede escribir a base de engaños, y es más divertido así.

1700: El Turco

Wolfgang von Kempelen se presentó en 1770 en el palacio de Schönbrunn ante María Teresa I de Austria empujando una gigantesca máquina cuyas virtudes prometían dejar en bragas al resto de diversiones que animaban las tardes de la corte. El cacharro en cuestión era conocido como el Turco y estaba compuesto por una estructura en forma de mesa sobre la cual reposaba un tablero de ajedrez junto a un autómata ataviado con turbante y ropas otomanas. Von Kempelen presentó aquel robot del siglo XVIII como una máquina compleja capaz de derrotar jugando al ajedrez a los seres humanos más duchos. Y para no levantar sospechas de fraude también mostró al público, gracias a una serie de portezuelas instaladas en la propia estructura, que el interior del dispositivo estaba exclusivamente compuesto por engranajes.

El Turco resultó ser un artefacto tan avanzado como para mover sus piezas utilizando su propio brazo de autómata, e incluso ser capaz de corregir el movimiento enemigo (negando con la cabeza y recolocando la ficha) cuando su oponente hacía algo ilegal. El conde Ludwig von Cobenzl fue el primero en enfrentarse al invento de Von Kempelen y salir escaldado, pero no sería el único: durante los años posteriores, la fama de aquel Turco lo llevó a realizar giras alrededor del mundo durante más de ochenta años, cambiar de dueño varias veces (perteneció al músico Johann Nepomuk Mälzel a Eugène de Beauharnais y a John Kearsley Mitchell, entre muchos otros) y a derrotar a gente tan ilustre como Benjamin Franklin o Napoleón Bonaparte.

La trampa del Turco, aquella que el doctor Silas Mitchell etiquetó como «el secreto mejor guardado de la historia», era que no tenía nada de la inteligencia artificial y sí mucho del truco más viejo del mundo: aquel autómata escondía en su interior a un ajedrecista profesional (y bajito) que observaba las jugadas y controlaba el brazo del robot a través de una serie de palancas y mecanismos complejos. Todo aquel engaño funcionaba porque el diseño de la máquina permitía al ocupante oculto moverse, escurrirse y agazaparse por su interior cuando el dueño del aparato mostraba sus engranajes al público durante la presentación inicial. Por lo visto, convencer a los espectadores de que no había nadie en su interior (a través de flexiones de señores bajitos y efectos ópticos en este caso) bastaba para que no volvieran a pensar en ello.

1900: Hans el listo

Cuando el siglo XX estaba a punto de arrancar, el profesor de matemáticas alemán Wilhelm von Osten se emperró en demostrar que los animales eran capaces de dominar las ciencias numéricas y dedicó sus esfuerzos en tratar de encontrar alguna especie que le ayudase a confirmarlo. Tras fracasar intentando instruir a un gato y a un oso, von Osten encontró un alumno digno en la piel de un equino, llamado Hans, que parecía ser capaz de sumar, restar, multiplicar e incluso leer textos en alemán.

Der Kluge Hans (Hans el listo) no tardó demasiado en convertirse en una estrella y protagonizar giras junto a su amo y maestro, eventos donde fascinaba a las masas con su buena pata para los cálculos. En aquellos shows von Osten efectuaba diferentes preguntas matemáticas a Hans (o se las mostraba escritas en alemán), unas cuestiones a las que el jamelgo contestaba golpeando el número correcto de veces con los cascos en el suelo. El caballo se hizo tremendamente popular, y aquellos expertos que se acercaron para examinarlo no descubrieron nada sospechoso en el animal que hiciese dudar de la veracidad de su cerebro calculadora. Hasta que llegó Oskar Pfungst y descubrió que todo el asunto era un engaño tan sutil como para que ni siquiera el propio von Osten fuese consciente de que también estaba siendo estafado por el equino. Hans en realidad no tenía ni idea de números, pero había aprendido a reaccionar al lenguaje corporal de su maestro: tras cada pregunta se arrancaba a golpear el suelo y solo se detenía cuando los pequeños detalles en los movimientos de von Osten (producidos por la tensión o nerviosismo) le indicaban que era el momento, de ese modo la mayoría de las veces frenaba por completo el repiqueteo cuando se encontraba en el número correcto. Pfungst descubrió que Hans el listo era extraordinariamente hábil para leer aquellos gestos casi imperceptibles sin que von Osten (que seguía convencido de que el animal era capaz de leer y realizar cuentas) fuese consciente de proporcionarle las pistas. Ostan fue cómplice de un engaño sin saberlo, y desde entonces se denomina «fenómeno de Hans el listo» a la «acción de proporcionar pistas de manera inconsciente e involuntaria».

Más información: https://bit.ly/2yiVl3g

 

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