Mohamed Alí, que falleció este viernes 3 de junio, será recordado como el deportista más extraordinario de la historia porque, además de sus reconocidas dotes atléticas, fue protagonista de procesos sociales y políticos de vastos alcances.
Decimos "protagonista", en vez de "héroe", porque sus actos públicos e incluso privados se prestan a diferentes interpretaciones.
Como suele suceder con los grandes hombres, los apologistas y los detractores de Alí acostumbran a interpretar las cosas en formas muy diversas.
Los primeros dirán que su contribución principal fue debilitar el yugo que sujetaba a los afroamericanos: el deporte regido por la mafia, la ley y la religión (judeocristiana) de los blancos, la policía y el servicio militar.
Dirán que, lejos de los rings, dejó fuera de combate a la opresión o la forzó a bajar la guardia, tanto en Estados Unidos como en muchos otros países que siguen el ejemplo de las potencias centrales.
Los críticos jurarán que Alí cambió una mafia por otra (la Nación del Islam) y que no reconoció en su momento el carácter liberador de Martin Luther King, el verdadero campeón de los derechos civiles afroamericanos.
Agregarán que la negativa a la leva para la guerra de Vietnam no fue un gesto de "objetor de conciencia", como él alegó, porque admitió que iría a la guerra si se lo ordenaba Alá o Elijah Muhammad, el líder de la Nación del Islam.
(Alí se alejó de esta organización radical tras la muerte de Elijah Muhammad para abrazar un islamismo más convencional y conciliador.)

