Desde hace unos meses vengo utilizando en Twitter el hashtag #PeriodismoDePartido para señalar casos en que los medios de comunicación españoles directamente faltan a su responsabilidad ética para favorecer a sus opciones partidistas.
Empecemos por definir la responsabilidad del periodismo. Hace muchos años, en dos universidades mexicanas donde impartí el Taller de Géneros Periodísticos, definíamos al periodismo como “el oficio destinado a hacer efectivo el derecho de la gente a saber”. Para un periodista, sin importar cuán comprometido esté políticamente, el valor primero es el derecho de la gente a saber. Y de esta concepción se deriva la idea del periodismo honesto (que sí es posible) paralelamente con el del periodismo objetivo (que es un ideal inalcanzable, aunque debe tenerse presente).
Es honesto que si el partido político o el dirigente con los que un periodista se siente identificado hacen algo incorrecto, el periodista lo informe al público. Es deshonesto ocultarlo. Uno lo puede hacer con dolor, incluso, pero entiende que en una sociedad libre, el derecho de la gente a saber es fundamental porque al final es lo más sano para la democracia. Lo mismo cuando un partido político o dirigente de otras opciones que el periodista aborrece actúan correctamente o hacen algo relevante. No se puede mentir. Es la regla principal. Ni por omisión, ni por acción, ni por sesgo. Los medios tienen un espacio para la opinión: su página editorial. Pero el resto de las notas no deberían contener sesgos editoriales, sino que deberían estar investigadas, redactadas y enfocadas de modo tal que quien las lea se entere de los hechos, nada más.
En lo personal, como simpatizante del PRD en México (cuando era un partido de izquierda plural y no una agencia de colocaciones afiliada al PRI) tuve en ocasiones que informar de acciones que me parecían absolutamente inaceptables, como el voto de los diputados del partido para el reestablecimiento de las relaciones con el Vaticano en 1992. Lo mismo me ha pasado con otros partidos y grupos con los que me identifico. Incluso en España, en 2011, fui, hasta donde recuerdo, el primero o uno de los primeros que denunció con gran desazón la barbaridad que representaba que la entonces Ministra de Sanidad, Leire Pajín, se paseara en público con una pulsera mágica “PowerBalance”.
En los medios masivos de España esto no ocurre. Simplemente no ocurre. La prensa se ha convertido en un coro de sicofantes lamentable y, lo peor, autocomplaciente y desprovista de todo sentido de la autocrítica. Todo periodista es un pontífice. Toda tribuna es un púlpito desde el cual se predica antes que informar.
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