El lenguaje cinematográfico que dispone el director de un film es múltiple, rico y variado: se alimenta de imagen grabada en locomoción, de la palabra (diálogo), relato e historia (guión), de sonido y música, de drama y actuación, escenografía, vestuario e iluminación, fotografía y efectos especiales, edición y montaje, en fin, toda una industria al servicio del cine. Es gratificante cuando el producto resultante -la película- deviene en obra de arte.
Luchino Visconti, a la par que director de ópera, es uno de esos raros directores de cine al que no se le escapaba un solo detalle en cada producción emprendida. Todo era perfecto en sus filmes: un bello, subyugante o intrigante relato, actores de primera línea, locaciones, escenografías y vestuarios fastuosos e impecables, extraordinaria selección musical, límpida y hermosa fotografía, espléndidos movimientos actorales y dramáticas puestas en escena. Entrelazados y dispuestos esos elementos de tal manera por el director, que provoca la tensión del espectador llevándolo por un hilo conductor bien temperado, equilibrado y elegantemente dosificado de principio a fin.
El enorme prestigio del cine italiano en el siglo XX, en el que despuntan directores de la talla de Federico Fellini, Michelangelo Antonioni, Vittorio de Sica, Roberto Rosellini, luego Pier Paolo Pasolini y Bernardo Bertolucci, y algunos más, varias de cuyas películas ya son emblemáticas en la historia del arte, quedaría incompleto si no se mencionara en tan reducida lista a Luchino Visconti.
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