En este Congreso de la Lengua (que también puede ser llamado de la legua, pues ha llegado lejos, a Puerto Rico) ha ocurrido una cosa que hubiera hecho partirse de la risa a Gabriel García Márquez, Gabo para sus muchos amigos, entre ellos Nelson Noches, que vive ya muy mayor en Aracataca y que durante años vivió como real la persistente y fantástica visita de su amigo de la infancia, y del sueño, para jugar juntos al ajedrez.
Fantasías aparte, lo cierto es que Gabo reía poco, o cuando reía era en la intimidad; tenía ese perfil un poco aindiado, como Sergio Ramírez, que ayuda a economizar la risa, de modo que cuando reía era un acontecimiento. Por él reía (y ríe) Mercedes Barcha, su mujer, que, como se dijo en el homenaje que se le dedicó a Gabo aquí ayer noche, es una mujer muy lectora, muy inteligente, que ha hecho toda la vida como si estuviera en silencio para que no todo el mundo supiera que era una ágil conversadora.
En ese homenaje, del que ustedes ya tendrán noticia, el periodista francés Jean François Fogel habló de la última novela de García Márquez, Memoria de mis putas tristes, que es un homenaje privado al gran Kawabata, con quien tanto se quiso parecer. El asunto le venía de lejos, y fue cuando ya él era tan mayor como para poder permitírselo que atrajo hacia sí esa historia que lo políticamente correcto le arrojó a la cara como si él hubiera blasfemado contra el lugar común. El lugar común es la muerte, o la muelte, como dirían en Puerto Rico y como diría, por cierto, Tomás Eloy Martínez, el extraordinario autor argentino del que Gabo dijo cuando su colega murió: “Era el mejor de nosotros”.
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