Así de ruin y miserable es el tuit que publicó el monero de La Jornada Antonio Helguera. Y aunque en twitter ya se pueden escribir holgadamente 280 caracteres, aventada la piedra al monero no le alcanzaron estos para poner nombre y apellido -Luis González de Alba-, ni para aclarar cuál es el lugar que muchos están ansiosos por ocupar: el de Elenita o el del “difamador”.
Difamar, Helguera, es lo que tú haces con tu desafortunado comentario sobre Luis, con la agravante de que a quien tú difamas ya no está para responderte y a quien dudo mucho que te habrías atrevido a increpar en vida sin recibir una paliza con un plumazo. Eso Elena lo sabía bien: se esperó a que muriera para despotricar contra él.
Y sí, Luis se suicidó, un acto cuyas razones comprende sólo quien lo comete; es una canallada pretender juzgar a quien sea por ese motivo. Se puede estar de acuerdo o no con lo que Luis pensaba y escribía, con sus fobias o filias, pero cometes un grave error al utilizar su memoria de esa manera para defender lo indefendible.
Digamos que estás en tu derecho y que quizá hasta Elena te agradece salir en su defensa, Carmen seguro ya te puso una estrellita en la frente y un bono extra en tu quincena de La Jornada (tan necesario para el Buen Fin) pero, ¿para qué metiste en esto a Luis? Elena estaba muy tranquila desde que él descansa en paz y justificar la mensada de las juchitecas panzonas iba ser peccata minuta con Luis en la tumba, pero conste que fuiste tú el que vino a patear el avispero.
Francamente, las reacciones ante el comentario de la señora Elena sobre las juchitecas “que por la cerveza están bien panzonas y mensas” son una exageración y un injusto linchamiento mediático; ella ha dicho cosas graves y se las celebran pero ya le tenemos tirria. Me queda claro el contexto de su discurso y su estilo infantil -buscando siempre el lenguaje florido de Jesusa Palancares-, y me queda claro que en esta ocasión fue un descuido no malintencionado, un resbalón imprudente fuera de lugar, pero no es más que un típico “poniatowskazo”.
Hay que reconocer que Elena tiene su gracia y una clientela muy particular: son más los incondicionales que la idolatran que sus lectores. En un país que casi no se lee, sólo así se explica su éxito.
Hoy podríamos justificar que es una viejita divertida de más 85 años que a veces ya no sabe lo que dice pero, no es de hoy, ni sólo fue con Luis que tuvo desencuentros de los que siempre sabía salir más o menos bien librada navegando con la bandera de… ingenuidad. El escapismo y la habilidad para darle la vuelta a las cosas, así como su extraordinaria capacidad de ser veleta que navega a donde sople el mejor viento, han sido sus mayores virtudes.
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