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Los criminales resultaron, además, cobardones: roban, asaltan, vandalizan oficinas públicas que a todos nos cuestan, humillan a trabajadores mayores con viejas y probadas tácticas maoístas, detienen ambulancias con niños graves (y éstos mueren), golpean al chofer de la ambulancia por pedirles paso a un hospital. Este caso, detallado por Federico Reyes Heroles, es un pozo de maldad del pueblo bueno, tan bueno como el que quemó vivos a dos investigadores en Tláhuac, acusados de robachicos por guerrilleros urbanos, para escapar entre la turba que nunca preguntó los nombres de los chicos robados.


Pero ya dieron con el pretexto perfecto: yo no fui, fueron infiltrados de la policía y el Estado represor para criminalizar nuestra lucha. Y la lucha es que los maestros puedan seguir vendiendo su plaza, rentarla o rifarla; no deban examinarse para certificar que saben lo que se espera que enseñen a niños; la lucha de los maestros los exenta de normas laborales, válidas para todos los trabajadores del país: despidos por faltas.


Los líderes sindicales de los estados más atrasados en educación y, por eso, más pobres, tenían el pastel completo para repartir: la organización sindical, CNTE o CETEG, admitía y despedía maestros. Faltar a marchas, no a clases, era motivo de despido porque el mando no lo tenía la SEP, sino los líderes sindicales que eran a la vez inspectores de sí mismos: maestros acampando en el DF tenían asistencia a clase en Guerrero, Oaxaca o Chiapas: el maestro "cuántico", en superposición de estados: está aquí y está allá. De forma simultánea.


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