Gil confió en su memoria, caminó sobre la duela de cedro blanco y llegó a la nave sur de su biblioteca. En un entrepaño de fina madera encontró el libro que buscaba: Deporte y ocio en el proceso de la civilización, de Norbert Elias y Eric Dunning, publicado por el Fondo de Cultura Económica. Elias es autor de un clásico de la sociología: El proceso de la civilización; Dunning es uno de los discípulos de Norbert Elias, especialista en genocidios. Juntos escribieron este libro sobre la sociedad y el deporte del cual Gilga arranca unos cuantos subrayados para cruzarlos, por decir así, con las Olimpiadas de Brasil.
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La mayoría de los deportes entraña un factor de competitividad. Son competencias que implican el uso de la fuerza corporal o de habilidades no militares. Las reglas que se imponen a los contendientes tienen la finalidad de reducir el riesgo de daño físico al mínimo. De modo que tras estos estudios sobre el deporte se halla siempre la pregunta: ¿qué clase de sociedad es ésta en la que cada vez más gente utiliza parte de su tiempo libre en practicar y observar como espectadores estas competencias no violentas de habilidad y fuerza corporal que llamamos deporte?
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El surgimiento del deporte como forma de lucha física relativamente no violenta tuvo que ver con el desarrollo relativamente extraño dentro de la sociedad en general: se apaciguaron los ciclos de violencia y se puso fin a las luchas de interés y de credo religioso de una manera que permitía que los dos principales contendientes por el poder resolvieran completamente sus diferencias por medios no violentos y de acuerdo con reglas convenidas y observadas por ambas partes.
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Los ciclos de violencia son figuraciones formadas por dos o más grupos, procesos de ida y vuelta que atrapan a dichos grupos en una situación de miedo y desconfianza mutuos, en los que cada grupo asume como un hecho natural que sus miembros podrían ser heridos o incluso muertos por el otro grupo si éste tuviera la oportunidad y los medios para hacerlo.

