No habrá película de El Chapo con copyright para Kate del Castillo, pero a cambio de ello todos estamos metidos en la serie del mismo nombre (se le puede agregar el Joaquín y el Guzmán). Kate y Sean Penn son los protagonistas. Participa un elenco encabezado por las fuerzas federales, la DEA y el gobierno peñista en los aplausos, el cántico del Himno nacional y las filtraciones de videos, fotos, chats a medios de comunicación y periodistas.
Asistimos a un reality estrambótico, surrealista, kafkiano.
Dudamos incluso de lo que no podría ser cuestionado porque se supone que es parte de la trama oficial. Ahí está la pregunta que hice en mi videocolumna: ¿Quién es “el colado” en las imágenes del operativo Cisne Negro, que la propia Marina grabó e hizo llegar, en primera instancia, a Televisa? ¿Qué hace asomándose por la puerta un hombre, sin uniforme ni armas, en pleno combate contra las huestes del Cártel de Sinaloa?
En las últimas noticias sobre Joaquín Guzmán Loera, el narcotraficante buscó hacer su propia película para convertir su fantasía en realidad (alimentada por una serie de televisión, La Reina del Sur, basada en una novela de Arturo Pérez Reverte).
La trama parece armada por el mejor guionista freudiano-escheriano. Y nos involucra a todos como arquitectos en tiempo real.
Podemos retuitear a @perezreverte, quien escribió en su cuenta: “Las charlas de mi narcokate con el Chapo (aunque mi Teresita Mendoza habría sido algo más cauta)”.
Es cuando yo me pregunto: ¿en qué momento se le ocurrió a Kate del Castillo involucrarse con el líder de una organización criminal? Parece que se adentró en su papel de La Reina del Sur, construyó su propio castillo y se metió a vivir en él.
No ha salido. Ha arrastrado a otros

