Habían pasado en la Ciudad de México dos días que el barón Humboldt pudo elogiar en sus escritos. Se veían los volcanes vigilantes como una postal impresa en cinco tintas, el cuenco de lo que llaman Valle de México, limpísimo, nos recordaba que un día en efecto este lugar fue la región más transparente. Y de pronto, de la lúcida transparencia, a la sombría suciedad del aire impuro. Contingencia ambiental de la ciudad como no ocurría hace catorce años.
El gobierno de la Ciudad a los gritos con el del Estado de México. Que el culpable fue el Edomex y sus mentiras, sugirió Miguel Ángel Mancera. Y como alma que lleva el diablo, Miguel Ángel Contreras Nieto, titular de Medio Ambiente de Edomex reaccionó y dijo que de ahora en adelante los de la Ciudad de México tiraran su basura donde les diera la gana, menos en el Estado de México. Esta urbe de locos, respondió Contreras, contamina el agua y el suelo mexiquense.
El presidente Peña intervino y pidió mayor atención en el asunto de la contaminación ambiental y exigió a las autoridades federales medidas emergentes. Mancera respondió a Peña que nada será suficiente: unificar aparatos de verificación, retirar los topes, transporte, en fon.
La Corte
Gil pensó que el diferendo por la contaminación se parece mucho al caso del pleito en la cantina donde el que provocó el zafarrancho está debajo de una mesa mientras los demás se dan hasta con la cubeta. En página contigua a ésta del fondo, Pablo Hiriart ha escrito con pelos y señales de este asunto, “La contaminación, por demagogia”: “la decisión de la Suprema Corte de Justicia provocó que 600 mil automóviles salieran a circular a diario, día y noche: por defender el derecho de una minoría, la Corte desatendió el interés general y nos tiene, a automovilistas y peatones, respirando un aire sucio por exceso de ozono”.
http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/la-muy-noble-y-leal-ciudad-de-mexico.html

