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La prueba de que México es un país particularmente raro es que, para todo efecto, hay consenso en el sentido de que la ciudadana Elba Esther Gordillo es “maestra”. Ayer, con voz quebrada, emoción tremolante, actitud retadora y la frente muy en alto volvió a autoproclamarse guía del saber, luz de la pedagogía y clara senda del conocimiento, y anunció su retorno triunfal a la cartelera. Lo bueno es que dijo que, como siempre, lo hará con “integridad”.

“El tiempo nos dio la razón”, proclamó ante la prensa pasmada y cientos de incondicionales que coreaban su nombre batallador. En México, ya lo sabemos, el eterno retorno es compulsivo. Y ahora además realoaded, pues Su Majestad la Emperatriz del Pizarrón, Marquesa del Gis y Archiduquesa del Borrón y Cuenta Nueva tuvo a bien sazonar su discurso con los términos y la retórica que suelen blandir los ideólogos (los de “izquierda”) del nuevo Presidente y licenciado López.

Cuando comenté el encarcelamiento hace años de la maestra Gordillo aventuré que había sido una precaución entendible: impedir que su Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) paralizase al país, como desde hace años paralizan ciudades y estados sus contrincantes de la Coordinadora ídem (CNTE). Era imposible ya controlar a una ciudadana particular muy ambiciosa y revestida de un poder pasmoso, el que le daba haber convertido en propiedad privada un sindicato de 1.5 millones de miembros —cuyas familias agregan otros 3 millones de votantes (y activistas)—, y con injerencia obvia en el ejercicio del presupuesto más obeso del país.

Los potentes y eternos líderes sindicales de México, inventados por los varios partidos de la revolución, son nuestra más añeja aristocracia. Cuatro millones de votos pueden ser emitidos democráticamente por una sola lideresa. El triunfo de morena (favor de no corregir: sus estatutos dicen que morena se debe escribir todo en minúsculas para proyectar imagen de igualdad —es en serio), el triunfo de morena, digo, actual avatar de esos partidos, ya da señales de mantener a esa peculiar aristrocracia igualitaria.

Desde luego, al demostrar que no todos los votantes valen lo mismo y que, por tanto, no todos somos iguales ante la ley, esto es algo que avería profundamente a la democracia. Como a otros líderes sempiternos, el poder político revistió a la Emperatriz pedagoga en la administradora acomodaticia de un poder enorme, subastable y canjeable y, sobre todo, chantajeante. Y además, en su caso, en nombre de la más inexpugnable (y costosa) de las coartadas: la educación.

Y bueno, la enviaron a la cárcel, etcétera. Fue bastante aplaudido, pues como a todas las emperatrices, a la nuestra le dio por exhibir lujos y joyas, aviones y palacios en México y en Extranjia, y sus zapatotes de oro y plata y sus sedas sublimes y sus bolsas del mandado hechas con pieles de compañeras especies amenazadas de extinción y todos esos objetos versallescos y polancantes tan científicos y laicos y populares y humanistas. Y bueno, pues ahora la sacaron de la cárcel, tan fresca como una lechuga didascálica.

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