No importa si la velocidad del auto al momento del impacto fue 220 km/h o 180 en el accidente registrado en la avenida más emblemática del país. Tampoco es relevante si el conductor estaba intoxicado al momento del siniestro. Lo cierto es que es impensable el hecho. La imagen del evento trágico y fatal para cuatro personas sacudió al país. Es un tema que hace pensar mucho más allá del hecho, de la acción preventiva de las autoridades o de la responsabilidad directa o indirecta de quienes pudieron haber evitado la tragedia. Tengo la impresión de que el acontecimiento es indicativo de que estamos viviendo al límite, y que hemos perdido sentido y proporción de las cosas.
Algo semejante acontece en la información que se recibe de la venalidad de algunos funcionarios. Las cantidades escapan a lo imaginable. No es que en el pasado no hubiera corrupción, sino que de lo que ahora somos testigos no guarda precedente. La imagen del cuarto con una montaña de dólares en la casa de Las Lomas cuando fue detenido Zhenli Ye Gon generó un impacto arrollador para millones y millones de personas que apenas sobreviven en el apremio de solventar sus necesidades básicas. La información de desvíos, daños patrimoniales o malas inversiones es abrumadora por su recurrencia y magnitud.
La sociedad del espectáculo, parafraseando a Mario Vargas Llosa, hace que la reflexión sobre los eventos quede suprimida por el peso de la imagen, por la narrativa del escándalo, por el espectáculo trágico que lo mismo horroriza que fascina. Produce rechazo y a la vez seduce. Se trivializa y crea un ánimo lo mismo de repudio, de rencor y de mal sana curiosidad. Precedentes que se acumulan en el imaginario y que van cambiando el estándar de lo aceptable y de lo permisible. La realidad supera a lo imaginable.
Más información en: www.milenio.com

