Etcétera

¿Basta que el PRI no me guste?

Durante décadas el PRI se desenvolvió como partido de Estado. Ninguna otra opción política podía gobernar el país. Las elecciones eran una pantomima y con frecuencia el Estado combatía a la disidencia, muchas veces armada, con las armas en la mano. Todas las aspiraciones y demandas políticas debían caber dentro del PRI. Cuando el Estado no reprimía a quienes pretendían salirse de ese acuerdo, los coptaba, y quienes no se dejaban coptar o no eran reprimidos resultaban marginados de un modo tajante de las esferas de decisión pública. Durante décadas el PAN cumplió un papel meramente testimonial. Tal era la fusión y confusión del PRI con el Estado, que en un ensayo memorable Gabriel Zaid predijo que, si el régimen cambiaba, ese partido iba a morir. Sostuvo que cuando el PRI abandonará la presidencia de la República desaparecería como PRI. Pero resultó un vaticinio falso. El PRI abandonó la presidencia de la República y no murió como PRI. Esto significa que hoy en día se comporta más o menos igual que siempre. La disciplina partidaria se impone desde la cumbre; también el programa del partido y sus candidatos.

Una de las singularidades del PRI, como partido de Estado, fue su flexibilidad ideológica. Gracias a ella México no sufrió una dictadura totalitaria. La libertad de expresión se encontraba restringida, pero nunca alcanzó los niveles paranoides de los países totalitarios. En términos generales han convivido en el PRI dos alas opuestas. Una que pone sus anhelos en el futuro y otra que se atornilla en el pasado. La primera alienta un proyecto modernizador, abierto al mundo, la otra se ancla hacia dentro y desearía atenerse a un proyecto en el que la tradición fuera lo primero. El ala modernizadora es más tecnocrática que populista; la otra más populista que tecnocrática, pero ambas son tecnocráticas y populistas, pues al parecer México no se puede gobernar sin tecnocracia y populismo. Y, claro, ambas son exitosamente patrimonialistas.

El PRI no es un partido que le proponga a sus elites el camino a seguir; son sus elites las que le imponen el camino al partido. En su interior se celebran luchas intestinas que normalmente son aquietadas en nombre de la probada rentabilidad que concede la unidad partidaria. Todos en el PRI tienen un futuro si se saben acomodar. No es un partido que pueda resultar atractivo a un espíritu libre, pero se impone como un partido que sabe vender la idea de que, si no logra mejorar a México, al menos no lo va a empeorar. Es un partido que no me gusta nada, pero el detalle que no me guste no lo afectará gran cosa, mucho menos lo hará desaparecer del mapa. Queda claro, en suma, que no basta que el PRI me disguste para hacerle frente, mucho menos para derrotarlo o hacerlo cambiar, pero eso no implica, claro está, que siendo como es me pueda llegar a gustar.



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