La presidente de México, como acostumbra, departe y discute con periodistas en el ejercicio de su conferencia de prensa matutina para marcar la agenda mediática, que igualmente es subsidiada con el presupuesto federal, para efecto de intentar mantener un nivel de adoctrinamiento en la población tanto militante como afín al movimiento tropical. Cinco días a la semana se le observa en los espacios del Palacio Nacional y los fines de semana se le ve en eventos supuestamente multitudinarios donde exclama a los cuatro vientos que la transformación del país está más fuerte que nunca.
Desafortunadamente, el fin de semana que acaba de concluir, la presidente realizó una visita a San Quintín, en el estado de Baja California, donde representantes comuneros la abordaron y le reclamaron de manera importante sus promesas incumplidas y sus discursos vacuos. Más allá del registro audiovisual tras estos acontecimientos, quedan un par de reflexiones serias. La primera: la seguridad personal de la presidente está constantemente comprometida durante sus giras. No es la primera vez que está expuesta ante alguna turba o multitud y donde se le cierra el paso, quedando en una situación vulnerable. La segunda, la imposibilidad de controlarle los entornos para generar su narrativa y propaganda donde el “pueblo bueno” la aclame.
Sencillamente no se puede mantener ese discurso audiovisual porque en sus giras sólo se presentan supervisiones, entrega de obras a medias, inauguraciones de hospitales sin insumos, entre otros fracasos que enardecen a quienes debieran ser beneficiarios de dichos proyectos.
Asimismo, a la señora presidente se le percibe iracunda, intolerante, prepotente pero también preocupada ante la gran debilidad institucional y de su equipo que no es capaz de evitar filtraciones ni tampoco de amortiguar los golpes que se le están asestando a sus correligionarios de partido.
Tanto los medios alineados y los trasnochados analistas “opositores” se coordinan y han intentado colocar la trama de la “ruptura de pactos”o bien “del montaje gringo”, en función de fijar la fantasía que los Estados Unidos no tienen cómo meterse ni deberían meterse a los asuntos de México. Los cuestionables expertos e internacionalistas con frecuencia ven devastados sus pronósticos y se ven reducidos a meros cronistas que eventualmente y esporádicamente ofrecen disculpas por los yerros y los bulos difundidos aunque el daño ya esté hecho.
La fantasía transformadora —no tan animada— de la presidente de México la tiene, a juicio de este autor, sumamente debilitada, ya que la entrega —pactada o no, con plazo o no—de tan sólo uno de los gobernadores señalados por vínculos con el crimen organizado implicaría el derrumbamiento del proyecto político tropical cuyos cimientos se erigen indisociablemente con las estructuras alternas de los grupos fácticos que dominan este país.
Que la presidente de México se aferre a este espejismo sólo lleva al país a un escenario tan complejo como lúgubre por causa de una inminente intervención internacional que generará a su vez una inevitable ola de violencia que reconfigurará el orden del país mismo respecto de sus estructuras de poder real que hoy están en manos del crimen organizado.
Para concluir, nadie le desea el mal a un presidente de la república porque implica el desearle el mal a los habitantes de este país pero cuando quien detenta tal encargo ha claudicado a su encomienda no hay más que señalar y criticar hasta el último minuto su equívoca y efímera existencia política.
México permanece en la encrucijada.


