Uno es magnate, rico entre ricos, hijo del capitalismo salvaje, del sueño americano. Su lenguaje es burdo, simple, pero efectivo; apela al enojo acumulado por lustros, frustración expansionista. El establishment gringo añora los tiempos de dominio y supremacía en muchos terrenos de muchas naciones, las clases medias quieren su black friday cada semana.
El otro es un animal político, nadie conoce y menos le prueba riqueza alguna. No dice de qué vive, pero su imagen congruente y austera sobrevive, su discurso también; apela por igual al enojo social, al agravio concentrado, al desarrollo postergado; simplifica y polariza, construye en el imaginario la idea de un pueblo bueno-pobre y otro malo-rico; promete honestidad y frijol sin gorgojo.
Uno proyecta construir un muro fronterizo, deportar a ilegales, emprenderla contra las minorías migrantes recientes que, según él, le han quitado empleos y dinero a los obreros y trabajadores de cuello rojo.
El otro promete vender avión, coches y lujos con los que viven los de cuello blanco, bajar salarios, quitar pensiones a expresidentes. Revanchismo social de poco impacto presupuestal y de alta rentabilidad retórica. Hacer la justicia para los del color de la tierra.
A uno lo daban por muerto, una broma política, una puntada cimentada sólo en su riqueza y locuacidad; los más serios lo desestimaron, fue infravalorado por propios, extraños y Fox. México, reactivo en vez de proactivo, quebró su cintura diplomática, puso y quitó embajador cuando vio el iceberg enfrente. El fenómeno republicano nos sorprendió.
El otro quiere que lo den por muerto mientras se pasa de vivo con sus spots, presume salud y ganas, que la tercera es la vencida. Después de 2012 y el primer año lucidor de esta administración, Pacto por México incluido, muchos vaticinaron su retiro al rancho tropical; sin embargo, escándalos asociados a corrupción y su capacidad de convocatoria para crear un partido que a las primeras de cambio desbancó al PRD en la capital fueron vitamina pura para su optimismo y el de sus fans, y el pesimismo de sus malquerientes.
Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador tienen en común el tino de su discurso. La fragilidad de sus propuestas ante escrutinios sólidos la suplen al apuntar apelan al corazón, y no a la razón de los electores, sacan ventaja de sus posiciones extremas para decir que todo se arregla echándole ganas, confrontando, derrumbando vicios y construyendo muros.
Antes y siempre se victimizan, dicen que los quieren perjudicar, que sus caminos son boicoteados, que los matan (metafóricamente), a pesar de que gozan de cabal salud, como podemos apreciar.
Que Donald Trump avance en la carrera presidencial es un aviso, una alerta que, toda proporción guardada entre sociedades y economías, nos dice que el estímulo democrático más efectivo hoy es el enojo.
Este artículo fue publicado en La Razón el 6 de Mayo de 2016, agradecemos a Carlos Urdiales su autorización para publicarlo en nuestra página
