domingo 03 marzo 2024

El grito que hicimos “normal”

por Javier Solórzano

Las medidas que pretende imponer la FIFA al futbol mexicano por el lamentable grito cuando los porteros despejan, “¡eeeeeehhh pu…!”, son como quien tira un penalti sin portero.

Que recordemos, el grito se expresó por vez primera en el Estadio Jalisco. La porra del Atlas, equipo al que hay que irle hasta cuando gana, lanzó la lamentable expresión como crítica a un portero que anteriormente jugaba en el conjunto de los llamados, en otro tiempo, “amigos del balón”.

Son muchas las razones por los cuales el grito se hizo brutalmente popular. Lo que es un hecho, es que lo dejaron crecer y nunca se le vio como lo que es: una expresión discriminadora y profundamente agresiva.

Se hizo del grito algo propio y es muy probable que ni cuenta nos hayamos dado de lo que hacíamos y expresábamos. Es más, lo extendimos a estadios fuera del país y permitimos y alentamos a nuestros hijos para que, junto con nosotros, lo repitieran una y otra vez. En medio del clásico relajo, ni cuenta nos dimos de lo que hacíamos.

En varias ocasiones se intentaron imponer medidas que acabaran con el grito anónimo; sin embargo, nada fue serio, porque no se partió de tomar conciencia del significado de la palabra y el insulto que se lanza al gritar.

Se quiso hacer ver que formaba parte del juego y algarabía en los estadios; incluso se pretendió interpretar como parte del ambiente que propicia el juego. Del insulto se pasó, sin reparar en lo que se gritaba, a la cotidianidad de la expresión.

Pudiera ser que para muchos fuera un simple juego; sin embargo, muchos otros nunca dejaron de señalar el significado que tenía, en medio de una genuina batalla a favor de transformar el lenguaje y de luchar frontalmente en contra de las expresiones discriminatorias y misóginas.

En el país empezamos a ubicar al grito como parte de las expresiones en un estadio; en tanto que en el mundo se fue tomando conciencia de lo que se decía y del sentido que había detrás de ello.

Nada grato fue el hecho de que en los partidos de la selección nacional, en el Mundial de Rusia, una y otra vez se gritara, a sabiendas de que en el mundo se estaba detalladamente al tanto del evento. Fue lamentable lo que pasó en el México-Alemania en Moscú, con todo y el inolvidable gol de Lozano.

La FIFA se hartó antes que la FMF. Los dueños del balón del futbol fueron dejando pasar las cosas en medio de tímidos intentos por frenar una expresión que quiérase o no, es inopinada y en términos de búsqueda de procesos de evolución del lenguaje y de nosotros mismos está fuera de lugar.

La FIFA nos tiene en la mira desde hace tiempo. Es paradójico, pero quizá algo así tenía que pasar para que se tomaran medidas serias y contundentes. Lo que se ha hecho en estos años han sido sólo paliativos. Las campañas para evitar el grito, con todo y que participaron jugadores de la selección nacional, eran sólo exhortativas apelando a las intenciones y la buena fe.

Nadie se atrevió a tomar medias drásticas porque si bien se reconoce que el juego forma parte de la vida, el espacio y atención de millones de personas, no se pierde de vista también que es un importante negocio que no puede parar y al que la industria no deja parar.

El negocio del futbol mexicano puede entrar en altísimo riesgo.

La FIFA no sólo puede imponer sanciones en las eliminatorias mundialistas, también ha dejado en claro que si no se resuelve este lamentable asunto le quitarán a México la sede del Mundial 2026, el cual organizaría junto con Canadá y EU.

Las prueba empieza mañana mismo con el partido entre alicaídos, Chivas-América. Pareciera que nadie quiso actuar antes entre los dueños del balón en un tema que quisieron ver como anecdótico y chistosito.

RESQUICIOS.

Esperamos que no se hayan ido con la finta de la declaración de Trump en la ONU sobre nuestro país. Va la terca realidad expresada ayer por el empresario-presidente: “estoy usando a México para proteger nuestra frontera”.


Este artículo fue publicado en La Razón el 27 de septiembre de 2019, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.

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