
“El pueblo” fue un concepto político para comprender la organización del poder y sus esferas sociales, fundamentalmente desde el estado romano hasta la estratificación feudal. Ahora, “el pueblo” es un ente abstracto, una evocación amorfa y difusa del discurso político que cifra en ese ente el sujeto histórico para la construcción del paraíso, como antes lo fue el proletariado en la ideología socialista (el sentido es similar: “arriba los pobres del mundo”).
“El pueblo” entonces, es una pieza nodal de la demagogia precisamente porque no tiene una utilidad conceptual, ¿quién es el pueblo, sólo los pobres o los desposeídos? ¿Los ricos no? Y si son nada más los pobres, ¿entonces todos los pobres integran al sujeto de la historia que construirá un devenir sin desigualdad, de dónde proviene esa suerte de pureza celestial? Las preguntas ya son en sí mismas, no puede ser de otra forma, piezas de la retórica porque las sociedades contemporáneas tienen un alto grado de complejidad como para comprenderlas a través de un topo o un demiurgo que constituya a una sociedad heterogénea y diversa que, por cierto, en las democracias modernas, cada vez accede a mayores derechos. En un claro contraste con esa dinámica social, el discurso que evoca al “pueblo” propone que este ente determine si existen los derechos a la unión gay, al aborto o a la eutanasia.
“El pueblo” no es concepto ni reflejo de algún sujeto social pero su evocación tiene incidencia en la actualidad, esa evocación populista se expresa en diferentes campos ideológicos pero coinciden en ese vértice fundamental, el pueblo, para desmarcarse incluso de las normas y las instituciones –dejar de hacer política incluso, porque esta siempre implica acordar con el otro– y capitalizar buena parte del descontento social que comprenden las democracias (ya que estas no son ni pueden ni deben prometer ser, un paraíso). Esto quiere decir, claro está, que “el pueblo” -es decir, cierta masa social enardecida- tiene personas que la encarnen o lo representen, digamos que los voceros de la palabra con la que ese pueblo se identifica, en algo similar a los bárbaros que chocaban sus armas en los escudos en señal de aprobación al líder para ir a la guerra.
Hoy, la ideología populista y la masa enardecida, han dado triunfado en Gran Bretaña y, sin exagerar, el mundo se conmueve. La escena es preocupante y también trágica, porque ahí no muy lejos, se mira satisfecho el rostro de Donald Trump y cientos de miles de seguidores suyos –entre los que destacan amplias franjas de inmigrantes con papeles- que quieren ya tomar el destino de ese país con una expectativa, entre muchas otras, que los inmigrantes sin papeles se larguen ya de una maldita vez, así lo dicen, de esa gran nación norteamericana.
