El 8 de octubre de 2010, al inaugurar la Segunda Cumbre Iberoamericana de la Familia, el gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, señaló que las uniones entre personas del mismo sexo le daban “asquito” y para él, formado “a la antigüita”, él único matrimonio válido era entre hombre y mujer.
Las palabras del mandatario fueron duramente criticadas por la comunidad lésbico-gay, activistas sociales, políticos de oposición, e incluso, la Comisión de Derechos Humanos de Jalisco le exigió una disculpa pública, a lo cual González Márquez se negó aduciendo su derecho a expresar libremente sus ideas. Se limitó a decir que no fue su intención herir los sentimientos de nadie.

En aquel entonces, con unas redes sociales en pañales, las repercusiones por la expresión del gobernador jalisciense fueron medianas. No obstante, el episodio cobró cierta notoriedad a nivel nacional a la luz del debate que se llevaba a cabo en la Ciudad de México para otorgar a las parejas del mismo sexo el derecho de legalizar su unión.
Casi seis años después, con un pueblo mexicano profundamente conmocionado por la muerte de uno de sus ídolos más amados, Juan Gabriel, quien además era abiertamente homosexual, el todavía director de TV UNAM, Nicolás Alvarado escribió el 30 de agosto en el periódico Milenio un artículo en donde se refiere al cantautor como “uno de los letristas más torpes y chambones de la música popular” para líneas más adelante establecer que le irritaban sus lentejuelas “no por jotas sino por nacas”.
En el momento actual, en que las redes sociales se convierten de inmediato en cajas de resonancia de cualquier cosa y también en una suerte de tribunales paralelos, los dichos de Alvarado cayeron como una bofetada no solo entre los fans de Juan Gabriel, sino en buena parte de la comunidad universitaria que consideró que esas expresiones estaban fuera de lugar en un funcionario que estaba al frente de la televisora de la máxima casa de estudios del país, quien ante la magnitud de la reacción social, decidió presentar su renuncia.
Desde los medios, algunas personalidades como Jesús Silva Herzog-Márquez, el Dr. Raúl Trejo Delabre, la escritora Ángeles Mastretta, entre otras, han defendido con el mismo apasionamiento con que los cibernautas pedían su renuncia, el derecho de Nicolás Alvarado a su libertad de expresión. Este lunes, en entrevista con Ciro Gómez Leyva, el propio exdirector de TV UNAM lo ha reivindicado y aseguró que con el fin de ejercerlo a plenitud, decidió dejar su cargo. Afirmó que no se disculpa por el contenido de su artículo, sino por lo inoportuno de su publicación. Según Alvarado, el texto no lo escribió como servidor público sino como ciudadano.
Las diferencias entre los casos de González Márquez y Nicolás Alvarado son dos: La primera, Alvarado particularizó su repulsión en un personaje público muy querido por la gente, recién fallecido y por lo tanto, sin posibilidad alguna para un derecho de réplica. La segunda, que hace seis años no estaban tan en boga las redes sociales como vehículo catártico de una amplia gama de sentimientos y ciertamente también para hacer juicios sumarios.
Pero la semejanza entre ambos es fundamentalmente una: Emilio González y Nicolás Alvarado evidenciaron su veta homofóbica y discriminatoria hacia quienes tienen una concepción de vida distinta a la suya. Y tratándose de servidores públicos – que lo son las 24 horas del día – la prudencia debe ser una de sus obligaciones, toda vez que sus palabras pasan los linderos de una simple opinión, y a quererse o no, implican a la institución a la que representan.
