No hay indicios de que la relación entre los medios de comunicación y López Obrador vaya a ser tersa. Los periodistas nos la vamos a pasar entre el estira y afloje con el Presidente electo, en tanto que los dueños de los medios se están acomodando, van a ser asesores, ya hasta les consiguieron el perdón de la NFL.
Después del contundente triunfo de López Obrador se ha venido a conjuntar la crítica, la cual en la mayoría de los casos no le gusta o no la atiende, y, por otra parte, una corriente de opinión que está tratando auténticamente de agarrar al tabasqueño en curva o fuera de la base.
Con lo primero, la crítica, va a ser difícil llevar una relación estable. Un elemento que nos va a dar una idea de por dónde se pueden dar las cosas serán las conferencias de prensa matutinas. Todo indica que empiezan el 2 diciembre a las 7 am, a las 6 serán las reuniones sobre seguridad.
López Obrador califica de “adversarios” o “enemigos” a quienes lo critican. Estos ánimos los logró atemperar cuando era Jefe de Gobierno de la CDMX. La relación entre periodistas y AMLO se fue estabilizando, quizá debido a que la cotidianeidad le fue haciendo ver que las preguntas y comentarios no eran parte de estrategias de “adversarios” o “enemigos”, eran simple y sencillamente de periodistas.
Pudiera ser que se repitiera ese mismo fenómeno ahora en la Presidencia. La diferencia está en que no es lo mismo ser el Jefe de Gobierno de la CDMX que ser Presidente de todo el país. No se la puede pasar siendo crítico de los críticos. No le conviene por principio y también porque el escenario es otro, hoy hablamos de todo el país.
En las entrevistas que ha sostenido estos días con medios privados, se han confirmado sus constantes: no le gustan la opiniones en contra, sean ciertas o no, y es él quien determina el sí o el no.
Lo que es importante distinguir, en medio de pasiones por momentos desatadas, es que una cosa es la crítica y otra muy distinta la actitud de los detractores de López Obrador, quienes pareciera que se la pasan persiguiéndolo.
Algunos no terminan por asimilar que ganó y que lo hizo por la buena. Lo que ha agudizado las cosas en la larga y farragosa transición, es el hecho de que el tabasqueño ha empezado a hacer lo que prometió y dijo.
Quizá no se tomó conciencia de ello o quizá no le creyeron, pero lo que era y es evidente es que existían razones fundadas para saber que iba a cumplir, en lo general, lo que prometió.
No lo leyeron o entendieron en medio de los afanes justificados de sacar a como diera lugar al actual gobierno, al PRI, al PAN y en el camino al PRD.
López Obrador no ha engañado a nadie. Podrá estar lleno de contradicciones, como lo hemos visto estos días, pero nadie puede poner cara de sorpresa. El caso de la cancelación del aeropuerto en Texcoco lo confirma. Esta semana lo ratificó por si había alguna duda, “el proyecto está muerto”.
Quienes lo quieren agarrar en curva tarde que temprano lo podrán conseguir. De nada va a servir. Además de que es previsible lo que va a terminar por decir López Obrador, no sirve irse sin ton ni son en su contra.
Nos esperan días inéditos. No está claro cómo va a ser la relación entre la crítica —léase periodistas, académicos, lo que queda de la oposición, más lo que vaya saliendo— y López Obrador. Se espera que sea una relación madura sin dejar de reconocer las inevitables diferencias. Es un asunto de todos, no sólo del dueño del balón.
A los detractores hay que recordarles que nada va a cambiar lo que decidieron 30 millones de votos. Más vale entender los nuevos tiempos, darle vuelta a la página sin dejar de ser críticos, lo cual a todos nos viene bien.
Ya hay Presidente y la elección ya fue.
RESQUICIOS.
Desde 1988, las tomas de posesión de los presidentes han tenido su dosis de tortuosas. Todo indica que la de López Obrador, con la mayoría de Morena, terminará en un fiestón con todo y discurso; fue el voto.
Este artículo fue publicado en La Razón el 23 de noviembre de 2018, agradecemos a Javier Solórzano su autorización para publicarlo en nuestra página.
