“Eso”, no puede pasar aquí

Para mi vergüenza —después de meses de leer y releer— pude terminar la gran fábula de Sinclair Lewis.

Ucronía de la sociedad norteamericana en los años 30 del siglo pasado (después de la Gran Depresión) que detalla, con gran elegancia, el ascenso demagógico, populista y al final, fascista, de Buzz Windrip (un Trump de aquellos años) en los Estados Unidos. Fascismo en la arquetípica tierra de la libertad. El esfuerzo literario era sin embargo, una gran apelación al futuro: cuidado, nos dice Lewis, las democracias pueden morir de sí mismas.

Lo genial de esta novela es que nos sacude, nos hace escuchar: no son necesarios los golpes de Estado, las operaciones multinacionales para derrocar gobiernos, el asalto guerrillero al poder, la toma de los Palacios de Invierno: es la simpatía, el apoyo y el voto de los propios ciudadanos (fuente de toda virtud ¿se acuerdan?) quienes colocarán a las personalidades más antidemocráticas y estrambóticas al frente del Estado.

Revisen periódicos, revistas, redes y la discusión de Lewis está allí: ¿Porqué las democracias del siglo XXI están poniendo a la cabeza de gobierno a los personajes más estrafalarios, a los menos comprometidos con el ideal de los derechos y de la igualdad? ¿Qué pasa en EU, Italia, Hungría, Filipinas y ahora dramáticamente, con Brasil? La discusión ha progresado y ya no es tanto el temido populismo, sino esa versión tuitera del fascismo que, por mayoría de votos, con entusiasmo popular, asumiría el poder (un retrato advertido por Sinclair Lewis).

La ciencia política —desconcertada— anda a las carreras buscando explicaciones. Hay una cauda académica que la encuentra en el cerebro de los ciudadanos, y tienen una pizca de razón. En la Ética del votante Jason Brennan sostiene que entre las masas permea una amplia incapacidad para reconocer al que no tiene respuestas; no puede distinguir al demagogo y que, por tanto, deberíamos reconsiderar la idea del voto universal. Mientras, Achen y Bartels, en Democracia para gente realista, exponen un arsenal estadístico para demostrar la “ignorancia fundamental” de los votantes: somos seres incapaces de evaluar la gestión pasada de los gobiernos y, peor, la posibilidad de buen gobierno de los que vienen. Y Brian Caplan, en el Mito del votante racional, argumenta que las decisiones de gobierno, cada vez más complejas, son imposibles de procesar y por tanto de entender por el electorado medio. Viejas objeciones al voto universal, que han vuelto a circular, también en español, por autores importantes (Savater, por ejemplo).

Pero el punto sigue: ¿Por qué votamos por personas que no respetarán los procedimientos que hicieron posible su propio triunfo?

Las raíces son profundas y la respuesta debe ser también, más sutil. Como lo muestra otro estudio (citado por el profesor Sánchez Talanquer), los electorados del siglo XXI están agotados, exhaustos y han tenido la paciencia de probar su voto, opción tras opción, partido tras partido, que les ofreció la época heredada por las transiciones democráticas de fin de siglo. Votaron por el partido “A”, luego por el partido “B”, también dieron oportunidad al “C”, pero ninguno resolvió o satisfizo los problemas esenciales (empleo, ingresos, seguridad, la expectativa de una vida mejor para sus hijos). Y cuando se agotan las alternativas demandan populismo (Desechando a los incompetentes: voto de protesta por partidos heterodoxos, después del comunismo, de Grigore Pop Eleches).

Puede que la mayoría de las democracias estén en esa situación: el voto por el fascista, el populista, por personajes claramente incapacitados para gobernar, se debe a la “continua decepción”, haber aceptado un status quo más o menos democrático y, sin embargo, comprobar con los años, gobiernos y legislaturas que, vótese por quien se vote, la calidad de vida y la expectativa de mejorar la vida, se reduce, en medio de escándalos, fracasos sociales graves y corrupción.

Allí lo tienen: la decepción recurrente transforma a los votantes. El compromiso con la democracia y con sus instituciones subsiste, si subsiste una cierta expectativa de mejora económica. No ocurrió (mucho menos en México). Al fracaso de la sociedad de mercado, sucede el descrédito de la democracia y la llegada de opciones que, deliberadamente, se colocan en el límite del sistema de partidos y de sus reglas.

Como en casi medio mundo, está ocurriendo lo que nuestras autosatisfechas élites creían: que no podía pasar aquí.


Este artículo fue publicado en La Crónica de Hoy el 14 de octubre de 2018, agradecemos a Ricardo Becerra su autorización para publicarlo en nuestra página.

Autor

  • Ricardo Becerra Laguna

    Economista. Fue subsecretario de Desarrollo Económico de la Ciudad de México. Comisionado para la Reconstrucción de la Ciudad luego de los sismos de 2017. Presidente del Instituto para la Transición Democrática.

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