El outsider de la política Donald Trump ganó la presidencia de Estados Unidos porque logró lo mismo que en 1979 logró otro outsider de la política, Ronald Reagan: llevar a las urnas a los electores olvidados por el establishment y convencerlos de que el gobierno es el problema y no la solución.
Reagan triunfó al grito de “América regresa”, Trump al de “Hagamos a América grande otra vez”. En los 37 años que mediaron entre Reagan y Trump, la América profunda fue olvidada por los candidatos, ninguno volvió a apasionarla, a hacerle creer otra vez en que un mundo mejor es posible.
El mejor ejemplo de esto se dio en Florida, el estado más pobre del país, donde conclusiones erradas indican que los cubano-americanos castigaron a Clinton por el acercamiento de Obama a la dictadura de la isla. Pero los cubano-americanos votaron casi en masa por la candidata demócrata.
Trump ganó los decisivos 29 votos electorales de Florida gracias al apoyo de los habitantes de la miríada de condados del interior, algunos de los cuales, como Desoto, tienen seis mil habitantes. O Glades (dos mil), Walton (25 mil), Highlands (29 mil)…
En cambio, donde viven las grandes concentraciones de cubanos, Clinton ganó con comodidad: Miami-Dade, con 63 por ciento de los votos; Broward (66), West Palm Beach (56 a 41) y Tampa (51.4 a 44.8).
La Florida sin encanto, de desangeladas comarcas naranjeras habitadas por blancos de bajo nivel cultural, se inclinó por Trump; mientras la de las playas, atractiva vida nocturna y animada por la fuerza latina y la presencia afroamericana, votó por Clinton.
Un mensaje es que aún manda la América profunda, la del ejército electoral de Trump: hombres obreros, trabajadores del campo, cristianos y jubilados. Es decir, buena parte de la población económicamente activa, la que lo fue y la base religiosa de un país profundamente religioso.
Otro mensaje es que el electorado excitado por Trump desprecia por igual a políticos, gobierno y Estado. Trump lo dijo en campaña: “¿Qué tan estúpidos son nuestros políticos? Nuestro presidente no tiene la menor idea. Tenemos gente que es estúpida entre la clase dirigente”.
Trump va por limitar la función del gobierno a la justicia, las infraestructuras y la defensa: un debilitamiento del Estado en beneficio de un proteccionismo de la economía que está en absoluto desuso.
¿Es posible eso en pleno declive de Estados Unidos como principal potencia mundial? No. Estados Unidos goza de una posición privilegiada, pero no hegemónica. Reagan pudo porque vivíamos en otro mundo, el de los bloques.
Hoy Estados Unidos necesitaba la conducción de un presidente abierto, capacitado y con imaginación.
Trump es, en cambio, un chango con una navaja en la mano.
