Vivimos una de las etapas más violentas en la historia del país. Precisamente 2017 fue el año con mayor cantidad de asesinatos desde que se lleva registro. La violencia política no es excepción, funcionarios, candidatos, precandidatos y actores de todos los partidos políticos y de la sociedad civil han sido alcanzados por este fenómeno. Vivimos, para muchos, en el país donde es más peligroso ejercer el periodismo. Defensores de derechos humanos también han sido víctimas de la violencia y la impunidad rampante que nos asola.
En este escenario, algo que debiera parecernos por demás preocupante es la posibilidad de que esta violencia se desborde hacia la gente de a pie y se generalice también en la vida cotidiana de la ciudadanía.
Por otro lado, nuestra incipiente vida democrática en lugar de consolidarse se ve cada día más disminuida por las constantes violaciones de la ley de los diferentes actores políticos. Ante ello, la respuesta de la clase política en su conjunto ha sido sobre regular y crear cada día más leyes que prohíban todo haciendo una normatividad para campañas que en la vía de los hechos no se respeta y sólo corresponde al imaginario del legislativo.
La constante violación de la ley por parte de todos los actores políticos da un marco también para el conflicto post electoral, pues cualquier actor que resulte derrotado puede, como salida a la derrota, acusar a sus adversarios de haber violentado la legalidad e inconformarse con el resultado.
Sin embargo, precisamente lo que requiere el país es que se solidifiquen sus instituciones y se consoliden sus procesos legales de todo tipo, se acabe con la impunidad y se consolide la democracia.
Para ello considero que lo fundamental sería la creación de un marco normativo sólido que reglamente de manera clara la vida ciudadana, entre ella los procesos electorales, y que dicha normatividad se obligue a que se cumpla sin excepción ni distingo. Ese modelo, que hoy no existe, se debe construir y consolidar entre todos los ciudadanos. Los actores políticos son primeros responsables de que ello ocurra.
En el marco de lo anteriormente dicho destaca y preocupa un mensaje de Twitter lanzado ayer por John Ackerman, hombre del primer círculo del candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, citando otro tweet en el que resalta la siguiente frase: “la única manera de que haya un cambio pacífico es con López Obrador, si nos vuelven a robar la elección va a haber chingadazos”.
Esta frase resulta sumamente preocupante en varios sentidos y creo que tiene que ser denunciada pues, de seguirse permitiendo estos excesos verbales, se corre el riesgo de que ellos escalen a confrontaciones directas entre ciudadanos. Pero para entenderlo, pese a ser un tweet corto, creo que vale la pena desglosarlo.
Lo primero que nos dice es “la única manera de que haya un cambio pacífico es con López Obrador”.
Esta frase es intolerante y lapidaria para la democracia mexicana en varios sentidos.
Primero porque niega a todo aquel que tenga una visión distinta. Según las mediciones de opinión que ellos mismos difunden, la intención del voto a favor de Andrés Manuel es de aproximadamente un 30%. Ello significaría, según lo dicho por Ackerman, que siete de cada diez mexicanos no queremos un cambio pacífico. La inmensa mayoría equivocada ante una minoría preclara que nos enseña el camino de la salvación. Si esa mayoría no reflexiona, luego entonces no habrá cambio pacífico en México, según se infiere de lo escrito por el analista.
¿Qué implica lo anterior?, ¿qué no habrá cambio y nuestro castigo por no habernos dejado iluminar será seguir en lo mismo?, o más grave aún ¿qué el cambio se nos impondrá de manera violenta como consecuencia de haber renunciado a la salvación por la vía del convencimiento?
Otra de las partes preocupantes de la afirmación de Ackerman es que reduce la posibilidad de un cambio pacífico para una nación de 127.5 millones de habitantes a uno solo de ellos.
¿De verdad en su fanatismo, consideran quienes siguen a Andrés Manuel que en 127.5 millones de mexicanos, él y sólo él es nuestra única esperanza? Triste sería el destino de México, pues los seres humanos, como parte de nuestras características esenciales, somos por un lado mortales y por otro falibles (hasta Andrés Manuel, aunque no quieran siquiera pensarlo). Así pues, si las esperanzas de una nación están en un solo hombre, dicha nación se perdería sí este hombre decidiera dejar de participar en la vida pública (irse a la Chingada, por ejemplo) o tuviera algún problema de salud (como ocurrió cuando AMLO sufrió un infarto que paralizó a MORENA mientras se aprobaba la reforma energética) o se llegara a equivocar (no es blasfemia, pasa y suele ocurrir con más frecuencia de la que quisieran reconocer).
Así pues, Ackerman nos dice que si no llega Andrés Manuel a la presidencia de la República, no habrá posibilidades de un cambio pacífico para México, aunque al menos siete de cada diez mexicanos consideremos que la presidencia de Andrés no es el camino por el que debe transitar nuestra nación.
La segunda parte del tweet es la que sigue “si nos vuelven a robar la elección va a haber chingadazos”.
En honor a la verdad es cierto que a diferencia de como lo han manejado algunos medios de comunicación, John Ackerman no dijo que si Andrés perdía iba a haber chingadazos (aunque si dijo que es el único camino para el cambio pacífico), dijo que los habría si les vuelven a robar la elección.
El problema aquí se torna un poco más complejo.
¿Quién determina si la elección les fue robada? En una democracia se entiende que quien habría de determinar la legalidad o ilegalidad del proceso electoral son las instituciones encargadas de vigilarlo. Por supuesto que en una democracia, donde dichas instituciones funcionen, no habría elecciones robadas, pues la autoridad debiera sancionar en tiempo y forma a los infractores de la ley.
Para robar una elección se requeriría la complicidad del árbitro, de la autoridad electoral.
Así pues, insinuar que les pueden “volver a robar la elección” implicaría que no se tiene confianza en el árbitro del proceso, en las autoridades electorales. Lo anterior no es nuevo, es parte del discurso que sistemáticamente repite Andrés Manuel López Obrador y sus principales voces replicantes, como Ackerman, al interior de MORENA.
Quien determina entonces si la elección fue robada, al no ser la autoridad, es al actor político que fue víctima de dicho robo. En este caso, quien nos va a decir si “les volvieron a robar la elección o no” son Andrés Manuel y los compañeros de MORENA y, según Ackerman, de esta evaluación que ellos mismos harán se desprenderá si habrá o no “chingadazos”, es decir, el llamado a la violencia para lograr por la fuerza el cambio pacífico que les sería negado.
Por supuesto que, de ganar la elección Andrés, hablaran del triunfo de la democracia pero, ¿qué pasaría si el resultado favoreciera a algún otro de los contendientes?, ¿lo considerará MORENA como un resultado válido producto de un proceso democrático o afirmarán que “les volvieron a robar la elección” y actores del primer círculo de dicho partido llamarán a “los chingadazos”?
Si bien no lo sabemos a ciencia cierta, es alarmante que el llamado a la violencia dependa de la vocación democrática de uno de los actores políticos. Es más alarmante aun cuando la historia de dicho actor es de llamar fraude todas sus derrotas. Andrés Manuel se hizo notorio en la vida nacional cuando en dos ocasiones acusó fraude electoral tras no ganar la gubernatura en el Estado de Tabasco. La única elección de la que ha sido candidato y en la que no ha acusado fraude fue la que lo llevó a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, pues en ella salió victorioso. De allí ha competido dos veces por la presidencia de la República y en ambas ha desconocido los resultados electorales, de allí que Ackerman diga “nos vuelvan a robar la elección”.
En 2015 AMLO funda su propio partido político, MORENA, y de allí a la fecha no ha logrado ganar ninguna gubernatura pero en todas aquellas donde su partido ha sido competitivo ha acusado fraude electoral, no existe una sola en donde de manera democrática haya aceptado el resultado sin cuestionarlo. En las elecciones de 2015 en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México, sólo reconocieron procesos democráticos en las cinco delegaciones donde MORENA se alzó con el triunfo, sin excepción, en todas aquellas donde fueron derrotados acusaron que se había cometido fraude electoral.
Por tanto, Ackerman como actor de primer nivel en MORENA nos avisa que el cambio pacífico solo se logrará si gana AMLO, de “robarles nuevamente la elección” habrá chingadazos. Pero esa decisión no la tomarán con base en lo que resuelva la autoridad electoral o el conjunto de los actores políticos sino en su muy personalísima evaluación del proceso. La historia nos enseña que no hay en ellos la posibilidad de reconocer una derrota en buena lid.
Allí está entonces el peligro del llamado a la violencia en la etapa más violenta de la historia de México, peligro de gran magnitud y que debe ser por todos condenado.
