Kakistocracia, término que a primera vista suena extraño, incluso chusco, pero que encierra una de las realidades más dramáticas que puede vivir una nación: ser gobernada por los peores.
La palabra proviene del griego kakistos (el peor) y kratos (poder). Apareció en textos ingleses del siglo XVII, aunque fue en el XIX cuando se usó repetidamente para denunciar gobiernos incapaces y corruptos. La kakistocracia no es solo el opuesto de la aristocracia , el gobierno de los mejores, sino también la antítesis de cualquier ideal de justicia, mérito o sabiduría. Es, nada mas y nada menos que el fracaso de la política en su sentido más amplio.
Ahora bien, la kakistocracia no se limita meramente a la ineptitud técnica de quienes gobiernan. Sus características en realidad son más graves y corrosivas: Un poder ejercido desde la mediocridad y la codicia, donde los cargos se entregan por lealtad ciega y no por capacidad. AMLO, noviembre de 2019: “Los funcionarios de mi administración deben tener 90% honestidad y 10% experiencia”. El desprecio por la verdad y el conocimiento, reemplazados por propaganda, manipulación y eslóganes vacíos. La institucionalidad debilitada, convertida en un mero decorado, una escenografía al servicio de quienes gobiernan y finalmente, pero lo mas triste, una sociedad que se acostumbra poco a poco a vivir en la mediocridad, resignada a que “no hay mejores opciones”.
Surge inevitable una pregunta ¿Cómo llegan los peores al poder? Pues no nos caen del cielo ni llegan por culpa del destino o de una maldición. Un país cae en manos de los peores por razones que hablan tanto de sus élites como de su pueblo:
El cansancio ante la corrupción histórica, que lleva a la gente a apostar por líderes improvisados con tal de castigar a los anteriores.
El atractivo de los discursos populistas, que ofrecen soluciones mágicas y apelan a la emoción más que a la razón.
La fragilidad institucional, que abre la puerta a los aventureros sin preparación.
La indiferencia ciudadana, que convierte a la política en terreno fértil para el oportunismo.
En última instancia, una kakistocracia surge cuando la sociedad decide que cualquier cambio es mejor que el presente, sin medir que lo peor aún puede estar por venir.
Ahora bien ¿Cuales son los peligros de vivir bajo los peores? Es una realidad que gobernar es un arte delicado que exige conocimiento, prudencia y visión. Cuando los peores ocupan ese lugar, las graves consecuencias no tardan: Decisiones improvisadas que hunden la economía. Servicios públicos que se deterioran hasta la indignidad. Corrupción que se vuelve norma y no excepción. Ciudadanos frustrados que pierden confianza en la democracia y abren espacio al autoritarismo.
El problema no es solo coyuntural, la realidad es que una kakistocracia deja cicatrices profundas, porque arruina instituciones que tardan décadas en reconstruirse.
Otra pregunta inevitable ¿se puede revertir una kakistocracia? La respuesta es sí, pero no sin costos. El remedio exige una ciudadanía activa, consciente y exigente. La educación cívica es esencial: sin ella, la gente seguirá eligiendo líderes por carisma vacío o promesas fáciles. Se requiere además fortalecer instituciones que limiten el poder de los ineptos y fomentar liderazgos nuevos, capaces y éticos.
Pero lo más difícil es romper la resignación. Una sociedad atrapada en la mediocridad suele convencerse de que “todos son iguales”. Ese cinismo es, quizá, la mejor arma de los peores.
La kakistocracia no es un accidente: es el reflejo de un pueblo que ha bajado la guardia. Puede surgir en democracias jóvenes o maduras, en países ricos o pobres. Siempre se alimenta de la ignorancia y de la indiferencia.
Al final, la kakistocracia tiene un antídoto: la participación informada y consciente de la ciudadanía. La clave no está en esperar a un “mesías” que nos resolverá todos los problemas ni en aceptar la mediocridad como destino, sino en asumir que, si no queremos ser gobernados por los peores, debemos exigir lo mejor de nosotros mismos como sociedad. ¿Acaso es posible esto? Quizá en otros países, lo veo francamente difícil, en realidad ilusorio en el México actual.
Dura realidad, pero es lo que tenemos.

