La tarea del periodista de opinión –dijo Leon Wieseltier en una entrevista con Charlie Rose– es ofrecer liderazgo intelectual. Si la unidad básica de la democracia es el voto, y el voto es en el fondo una opinión, el comentarista debe apuntar a que la opinión favorezca a la democracia. Lo contrario es abdicar el oficio.
Abundan comentaristas mexicanos que desatienden esta encomienda ética. Uno los ve en mesas de opinión dando cualquier cantidad de piruetas y malabares para torcer la evidencia ante sus ojos y los de todos, traicionando a la democracia. Algunos porque no son demócratas, otros por cínicos, y otros por complacencia con el poder. Pero hay otra causa: el miedo. No sólo ante las represalias del poder, sino ante el consenso de la masa. Muchos ceden a la opinión multitudinaria por temor a quedarse en los confines.

La teoría de la espiral del silencio de la filósofa alemana Noelle-Neumann sostiene que la opinión pública ejerce presión de grupo sobre las personas, siendo que nuestra naturaleza gregaria tiende a aislar a los individuos con opiniones contrarias a la mayoría, y a premiar a quienes se pliegan al consenso. De ahí que las religiones, por ejemplo, excomulguen a herejes.
Esto también obedece a una explicación antropológica que formularon Robin Dunbar y Yuval Noah Harari: los relatos generales –o metanarrativas– cohesionan a la sociedad.
Acaso lo más trágico de la espiral del silencio es su mano invisible, que orilla a los individuos a la autocensura. Las personas sondean constantemente el ambiente de opinión para colocarse de un lado o del otro. Si sus opiniones coinciden con la mayoría, hablan más fuerte; si no, callan o simplemente cambian de opinión. Esto es precisamente lo que sucede con buena parte de nuestros comentócratas. No sólo en temas estrictamente políticos sino también en temas morales, como la libertad y la sexualidad.
Noelle-Neumann advierte, sin embargo, que las mayorías encuentran su freno cuando se topan con el núcleo duro de la disidencia: aquellos pocos que no ceden a la multitud, a pesar de embates, reproches y aislamiento; individuos que a menudo ya fueron etiquetados o estigmatizados y ya no tienen nada que perder frente al consenso. Hacia ellos parece haber cierta deferencia. Son la vanguardia que anticipa y dirige los cambios que después la mayoría puede adoptar para comenzar el ciclo de nuevo.
Siguiendo a Noelle-Neumann, en una sociedad funcional, esa vanguardia está compuesta naturalmente por intelectuales, artistas, reformistas, y yo añadiría periodistas que “no se conforman” con el beneplácito mayoritario, pues están convencidos de que éste es insensato. Como advierte Wieseltier: cuando la mayoría dicta la línea a los opinadores, se anula la oportunidad de cualquier liderazgo oportuno. A juzgar por el panorama de los colegas en los medios, está raquítica la vanguardia.

