jueves 29 febrero 2024

Las estatuas de Asjabad

por Pedro Arturo Aguirre

En esta época iconoclasta en la que tantas estatuas se han derrumbado, vale la pena atender el fabuloso caso de Turkmenistán. Los dos presidentes que ha tenido esta exrepública soviética desde 1991 han desplegado excéntricos cultos a la personalidad, los cuales han incluido el levantamiento de estatuas recubiertas de oro. Sí, de oro; ni Stalin ni Mao ni ninguno de los Kims norcoreanos se atrevieron a tanto. El primero de esos locos fue Saparmurat Niyazov, alias el Turkmenbashi (Padre de los Turcomanos), quien mandó erigir en la plaza principal de Asjabad, la polvorienta capital del país, una estatua dorada de él mismo de 75 metros de altura, que además giraba de manera tal que el Sol siempre debía iluminarle la cara. Y la efigie del Gran Sader (“Gran Líder”, como también se le conocía a Niyazov), podía verse en cada oficina pública y privada, así como dentro de las casas, las habitaciones de los hoteles, el interior de los medios de transporte (barcos, aviones y trenes), los timbres postales, los billetes de banco, ¡incluso en las botellas de vodka!

También abundaban bustos, estatuas (muchas de ellas doradas), afiches y retratos ubicados en todos los espacios públicos. Las transmisiones de televisión estaban obligadas a incluir un retrato de presidente para que apareciera, invariablemente, en el rincón superior derecho de la pantalla. La avenida principal de la capital, que durante la era soviética se llamó “Lenin”, fue rebautizada como “Turkmenbashi”, y con el mismo glorioso apelativo fueron renombrados el aeropuerto, la ciudad de Krasnovodsk, e incluso el Mar Caspio. No conforme con esto, los nombres de los meses fueron rebautizados: enero fue llamado “Turkmenbashi”, y abril, “madre”, en honor a la mártir progenitora del líder. Otros meses recibieron nombres como “Bandera”, “Independencia” y “Ruhnamah”.

Lo más interesante del caso de Niyazov fue que su liderazgo no fue fruto de una revolución, golpe de Estado o triunfo electoral obtenido con base en explotar un carisma excepcional o emplear un discurso populista. Este tipo fue una nulidad la mayor parte de su vida, un auténtico “Gutierritos” que desde joven se enroló en la burocracia y en la cual no pasó de ser un empleado gris y sin imaginación, pero trabajador y leal. También era adulador y no carecía de ambición. Poseía, en suma, todas las características necesarias para sobresalir en un régimen totalitario (y también en muchos no totalitarios): no llamaba demasiado la atención, estaba muy lejos de ser “brillante”, no suscitaba envidias y era muy confiable para sus superiores. Pero en 1980 fue nombrado secretario general del Partido Comunista en Asjabad. Como principal responsable político de la ciudad se mantuvo firme en su vocación de servidor gris e intachable, tanto que cuatro años más tarde fue designado para laborar con la dirigencia del Partido Comunista de la Unión Soviética.

En Moscú, Niyasov se codeó con los todopoderosos miembros del Politburó. Estar cerca del poder le abrió un apetito feroz de fama y grandeza. Pero, lejos de perder piso, redobló sus esfuerzos por hacerse simpático, al mismo tiempo que evitaba destacar demasiado para no despertar envidias. La fórmula seguía siendo la misma: mucho trabajo y lealtad, pero nada de excesos en imaginación, inteligencia o incluso eficiencia, que eso es muy peligroso. Habría que procurar ser una “útil medianía”. Gorbachov no olvidaría al regordete simpaticón de Asjabad, y decidió ponerlo al frente del Partido Comunista de Turkmenistán. No desilusionó las expectativas: fue uno de los dirigentes soviéticos locales más devotos a Gorbachov. Luchó para evitar la desintegración de la URSS, la cual ocurrió al terminar 1991. De esta forma fue que, gracias a los caprichos de la historia, este regordete dócil hasta la ignominia un buen día tuvo a toda una flamante república independiente “para él solito”. Llegaría, entonces, la apoteosis del “Godín”.

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El Gran Sader podría ser insulso, pero también era todo un “animal político”, una muestra más de que ser astuto en las lides del poder no es garantía ni de ser un buen gobernante ni mucho menos de poseer grandeza de alma. El huérfano que toda su vida había sido una afable nulidad se convirtió, muy pronto, en un formidable autócrata. El Turkmenbashi desterró la ideología comunista para sustituirla con una difusa doctrina nacionalista y con su feroz culto a la personalidad, con todo y sus estatuas doradas. Pero, súbita y misteriosamente, este campeón de la egolatría murió un mal día a finales de 2006, cuando apenas tenía 66 años y gozaba de cabal salud, como supuesta víctima de un sospechoso “paro cardiaco”.

A partir de ese momento, la imagen del ídolo, antes ubicua en todos los rincones turkmenos, empezó a desvanecerse. Los meses del año han recuperado sus aburridos apelativos gregorianos. La efigie del padre de la patria turkmena se borra de los billetes y los timbres postales. Ha dejado de pronunciarse el juramento de fidelidad al amado guía que a diario se pronunciaba en escuelas, oficinas públicas y que abría y cerraba las transmisiones de los canales de radio y televisión. Del himno nacional han desterrado las alusiones al otrora Gran Sader y cada vez son más las calles, plazas, escuelas, hospitales, aeropuertos que ya no tienen como propio al apelativo de Turkmenbashi. También fue retirada la gran estatua de oro que engalanaba el centro de Asjabad.

Pero, un momento: al padre de los turcomanos le sucedió otra nulidad, un señor de nombre kilométrico: Gurbanguly Berdimukhammedov, antiguo dentista y sin mayor mérito que haber sido cercano y servil colaborador de Niyazov. Este presidente se ha dedicado a la alegre tarea de instaurar su propio culto a la personalidad: se hace llamar Arkadag (el Protector). La estatua dorada del presidente llegó hasta 2015; es ecuestre, mide 21 metros y lo muestra llevando una paloma —mucho recuerda al famoso monumento de Pedro el Grande en San Petersburgo. Eso sí, el presidente ama a los caballos y a los perros. Tanto, que la segunda estatua dorada fue erigida en honor a su perro: seis metros de alto y pedestal de mármol, como debe ser.

El caso de estos tiranuelos venidos de la nada, quienes forjaron su “éxito” en los mediocres ámbitos burocráticos basados en la lambisconería y el servilismo, habla de lo peligroso que puede llegar ser cualquier individuo —así parezca anodino o irrelevante— en el momento de hacerse del poder absoluto de una nación. Y las estatuas doradas de Asjabad son una muestra fehaciente de cómo los espacios públicos pueden ser usados y abusados por el poder para ilegítimos fines propagandísticos, de cómo erigir o derribar estatuas son actos políticos significativos y de lo lícito que es derrumbarlas como acto de justicia histórica.

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