Cómo delinear a esa mujer de 28 años, me pregunto frente al lienzo de la pantalla en blanco. De qué forma dibujar su voz de arroyo en el bosque, la mirada apacible, el rostro felino y el cuerpo de siervo.
Sorbo café, enciendo un cigarrillo y empiezo por el principio. Laura nació en La Matanza, un suburbio de Buenos Aires, ahora vive en México y trabaja en moldear las ilusiones de otros a través del cuerpo. Su guarida es una pequeña habitación de entre las pocas vecindades de la Colonia Del Valle.
No es fácil trazar su personalidad, entre la imagen apacible y sus pensamientos intrincados, parece un felino que espera el momento de dar el salto. Pero su desdoble es mayor cuando desde esa naturaleza tranquila gesticula como si estuviera en un mitin por la suerte de su país maltrecho, cuando en realidad su dilema es el color del cabello y la exigencia de Julio para que ella lo tiñera (Laura lo tiene cobrizo y su pareja, un taciturno bibliotecario, lo quiere ver negro).
Laura quiere a Julio y le gusta complacerlo; por eso leyó a Dostoievski y se excitó por aquella acalorada discusión en la que su amante justificaba el crimen de Raskólnikov contra la vieja usurera porque, según Julio, ella representaba el interés por el dinero de la mujer que lo dejó solo para casarse con otro. Por eso también Laura escuchaba a Gardel; no le resultaba clara la dicción pero se emocionaba con una que otra frase de Caminito y, sobre todo, de Volver.
Ahora mismo toma mate en su habitación y mira su cabello en el espejo, que en unas horas será negro. De pronto enjuga sus recuerdos y su mirada felina entristece: aquel boludo que la llenó de ilusiones en La Matanza seguía su travesía en Europa sin acordarse de ella; Laura tiene heridas que su contínuo parloteo con la vida las mantiene abiertas, y es que no se mira y por ello permanecen. Es una damnificada del engaño propio y del ajeno.
Pero esta tarde es especial. Laura camina por los viveros del sur de la Ciudad de México y da de comer a las ardillas. Sus ojos de gato se miran satisfechos y su brillo es mayor debido a la negrura de ese cabello largo que apenas le sobrepasa los hombros. Esa fue la útima escena que tiene Julio de ella, su morocha, pues Laura decidió que el recuerdo de amor era más intenso que la vida apacible que al lado del biblotecario le esperaba.
(Homenaje a Julio Cortázar, en un aniversario más de su natalicio 1914-1984)
