Para quienes han estudiado el fenómeno del culto a la personalidad no deja de ser una inmensa incongruencia que muchos de los casos más extremos de endiosamiento de líderes acontezcan bajo dictaduras comunistas. El nazi-fascismo es una doctrina basada en impulsos voluntaristas, instintos y prejuicios más que en un esquema de ideas articulado, y por lo tanto era natural que un “guía predestinado” fuese objeto de infinita veneración, ya que ello forma parte esencial de sus interpretaciones irracionalistas de la política. Pero el marxismo es una elaborada teoría en la que “el Líder” solo podía actuar exclusivamente en función de determinadas circunstancias sociales y económicas, y en donde son las masas las verdaderas protagonistas del devenir histórico. Lenin, cuyo centenario luctuoso se conmemoró hace unos días, rechazó en vida cualquier intento de glorificar a su persona porque para él era “el Partido” el único genuino “orientador histórico” de la sociedad. Sin embargo, el culto a Lenin estalló inmediatamente después de su muerte con sus extraordinarias exequias, el embalsamiento de su cadáver, la construcción de su mausoleo en forma de pirámide y el renombramiento de “Petrogrado” como “Leningrado”.
Vladimir Illich Uliánov estuvo poco tiempo en el poder: apenas de noviembre de 1917 a noviembre de 1922, fecha esta última desde la cual ya no estuvo en condiciones de dirigir nada por estar gravemente enfermo. Durante dicho período fue responsable de incontables crímenes, presuntamente “legitimados” por las falacias de su ideología. En su Libro Negro del Comunismo, Nicolas Werth fue uno de los primeros en profundizar con datos duros en todas las iniciativas homicidas de aquel periodo que emanaron directamente de Lenin. Pero nada de esto fue óbice para que el líder bolchevique disfrutara de un formidable culto que lo presentaba como un mesías de la revolución mundial en nombre de la igualdad y de la justicia. Y aunque Lenin era crítico con el culto a la personalidad el deseo de glorificarlo ya se hacía evidente durante su vida y tras su muerte prosperó con toda fuerza.
Una vez abierto el culto al finado Lenin poco hubo de esperar para ver iniciado el de Stalin, el cual no tardaría en ser aún más vigoroso. Arrancó incluso antes de que el vozhd tuviera en sus manos el absoluto control del régimen soviético. Inició propalando la noción de que Stalin era el único genuino discípulo fiel de Lenin y el continuador incuestionable de su obra. Ya en 1925 La ciudad de Tsaritsyn cambio su nombre a Stalingrado. A partir de ahí se experimentó un proceso paulatino donde la veneración a la figura de Stalin empezó a prevalecer sobre la concepción marxista de las “masas creadoras” y de la idea leninista del partido como “orientador histórico”, entronizándose uno de los cultos a la personalidad más poderosos que ha conocido la humanidad, mientras la veneración oficial a Lenin empezaba a menguar.
Cuando, en 1956, Jruschov denunció los crímenes de Stalin y su culto a la personalidad en su informe secreto ante el XX Congreso del Partido Comunista necesito, al mismo tiempo, legitimar al régimen exaltando al único ídolo que le quedaba: Lenin, el fundador. Por eso el culto a Lenin floreció especialmente a partir de Jruschov. Discursos, libros, folletos, artículos, conferencias, películas, programas de radio y televisión, reuniones y conferencias, placas y complejos conmemorativos, carteles, retratos, estatuas y bustos, todo estos producto salido de la máquina de propaganda de la nomenklatura rebasando la delgada línea que separa, como decía Napoleón, lo grandioso de lo ridículo. El nuevo ímpetu en la adoración leninista llegó hasta Gorbachov, quien en retiradas ocasiones le rindió homenaje y lo llamó “inspirador”.
¿La teoría se vio obligada, temporalmente, a ceder ante necesidades estrictamente pragmáticas, o simplemente se equivocó y el papel de los líderes en el devenir histórico es mucho más significativo de lo que supone el marxismo? Los adictos al materialismo dialéctico justifican un proceso al que no se cansan de denominar “complejo” con la existencia de los “factores objetivos” prevalecientes en la azarosa época de consolidación de la URSS, tales como edificar el socialismo en un país mayoritariamente rural y atrasado, el cerco capitalista que obligaba al Estado soviético a estar en permanente situación de alerta, la necesidad de una centralización estricta de la dirección para garantizar un gobierno eficaz en una nación de las dimensiones de Rusia, etc. Pero todas estas razones siguen siendo completamente insuficientes para dilucidar esta degeneración surgida al muy poco tiempo de inaugurado el Estado soviético, pretendidamente refractario a la sacralización de un “gran hombre”, y la cual se reprodujo una y otra vez en los regímenes socialistas que aparecieron a lo largo del siglo XX.
Por encima de cualquier pretexto o explicación marxista o neo marxista, el culto a la personalidad en el socialismo refleja la incompatibilidad de este sistema con la naturaleza humana. La ingente tentación a la centralización del poder, la aparición de burocracias como nuevas clases privilegiadas, el exagerado fortalecimiento del aparato estatal en detrimento de las libertades individuales, todo ello una y otra vez remplazó a los ideales de igualdad y de justicia social en la experiencia real de los países socialistas. Invariablemente el socialismo desemboca en el advenimiento de un súper Estado con poderes permanentes e ilimitados el cual, al no poder cumplir con las expectativas de cambio social profundo, ofrecen a cambio la mitología del “héroe político, jefe eminente y guía genial de los pueblos”. El dictador personaliza la acción del Estado totalitario al tiempo que es expresión de la teoría que justifica la acción y de la cual se torna el intérprete único e infalible.
Tampoco se trata de desdeñar la importancia que han tenido los antecedentes históricos particulares de cada país en la aparición de los cultos a la personalidad. Las naciones, quiérase o no, heredan de su pasado poderosas prácticas y tradiciones. La URSS, China y otras naciones que experimentaron con el socialismo real estaban habitadas por pueblos que durante siglos se acostumbraron a esperarlo todo del Zar, del emperador, el rey, etc. Hubo más espontaneidad de lo que se cree en esa idolatría fanática por Stalin, Mao o Kim il Sung. Sin duda esta sacralización fue organizada, en buena medida, por los sátrapas en persona y sus burocracias, pero tenían un terreno bien abonado para implantar el culto al líder. No obstante, no bastan las explicaciones pretendidamente racionales que ofrecen los historiadores marxistas cuando tratan de dilucidar algo tan irracional como ha sido el culto a la personalidad.

