Fue casi una escena cinematográfica: la senadora Lilly Téllez subió a la tribuna y sin mediar palabra tomó su celular, lo encendió y lo aproximó al micrófono. Se escucharon los balidos: bee-beee-beee. Como reacción automática, reflejo condicionado, los del partido oficial se quejaron, gritaron, silbaron en señal de desaprobación. Lilly los calló: no se trata de la voz de oveja, cordero o borrego. Es la imitación que hizo AMLO en una mañanera. Entonces se hizo un silencio, y los desconcertados senadores tragaron saliva.
Los legisladores actuales han mostrado que están no para legislar en favor de escribir mejores leyes, que traduzcan beneficios para los mexicanos. No. Su función ha cambiado porque han retrocedido al México antes de los años 90, cuando “El Honorable Congreso de la Unión” era un simple apéndice del Ejecutivo, porque en realidad eran y se asumieron como empleados del Presidente. La independencia del Poder Legislativo –pensada desde la Constitución de 1857– desapareció en el momento en que el PRI se convirtió en el partido único (o casi único) y se transformó con gran eficacia en una agencia colocadora de empleos. Control político con base en promesas, expectativas o amenazas reales o veladas. La oposición, primero encarnada en el PAN y años después por el PRD, convivía con los otros partidos “satélites” del PRI. Fueron décadas donde el Poder Legislativo solo estaba reducida a una ventana de recepción de la voluntad del Primer Mandatario. Si llegaban a cambiar alguna coma, el texto quedaba a la imagen y gusto del jefe del Ejecutivo. La alternancia cambió eso y por ello Fox reafirmaba: el Ejecutivo propone y el Legislativo dispone. Eran los días de la democracia en vigor.
Hoy, los legisladores de Morena han querido ser lo más creativos para complacer los deseos del Presidente. Idearon una “interpretación” de una ley que ellos mismos habían propuesto y votado antes, la cual se refería al proceso de Revocación de mandato y que establecía una veda electoral a efecto de que no se hiciera ninguna propaganda para impulsar el proceso. La única institución encargada de la difusión es el INE. ¡Violaron la misma ley que aprobaron y en sus términos! La publicidad como sea y cuando sea. Pero no se detuvieron ahí. Violaron la ley electoral que prohíbe la modificación de leyes en la materia 90 días antes de iniciar procesos electorales; como el que se anuncia para el mes de abril. Sin ningún gesto de pudor, más bien con total cinismo, los legisladores del neopartido oficial lazaron un salvavidas para que el capricho del Presidente no naufragara –como es previsible– en medio de la indiferencia y el abstencionismo.
Aunque también conlleva otra acción perversa de por medio: debilitar lo más posible al Instituto Nacional Electoral.
Ahora acusan al INE de que no ha distribuido una cantidad «suficiente» de casillas; que no ha dado a conocer los sitios donde se podrá ejercer “el derecho ciudadano” (eufemismo con el cual se ha dado nombre a uno más de los caprichos de AMLO); y sobre todo, que no ha realizado una amplia campaña de divulgación de “la importancia” de la Revocación de mandato (manejada arteramente como “Ratificación”). Pese a todo, el INE sigue cumpliendo la ley, ante los gestos ceñudos de diputados de Morena.
Como antaño, los morenistas solo quieren tapar la simulación y el engaño que significa el próximo proceso de Revocación. Y como en los años del PRI autoritario, están más que prestos para cubrir con “visos de legalidad” los actos ilegales e ilegítimos que se le ocurren al Ejecutivo.
LA POLÍTICA IMITA EL CINE
Es un lugar común la expresión: “esa película ya la vi”, referido a hechos que repiten cosas vividas previamente.
La ley de Herodes (Luis Estrada, 1999) fue una dura radiografía del entonces partido en el poder y que puso de manifiesto de una manera sarcástica la cultura política centrada entonces en la corrupción, el autoritarismo y la simulación que predicaba lo que no cumplía: acatar la ley.
Según Wikipedia, Herodes es un nombre propio masculino en su variante en español. Procede del hebreo הורדוס (Hordos) y significa «El dragón del fuego». Nombre de varios soberanos de Palestina y de las regiones circundantes. Pero en el país se nombra «La ley de Herodes» por la homofonía con “te chingas o te jodes”. Jorge Ibargüengoita (1987) tituló así una síntesis de cuentos, pero nada tiene que ver con la película.
Hay varias cosas del filme que han cobrado progresiva actualidad. El personaje central es Juan Vargas, “Vargitas” (interpretado por Damian Alcázar). Como en todas las estructuras narrativas clásicas, el personaje habrá de sufrir una serie de cambios.
Primero aparece como un burócrata confinado a un trabajo tan improductivo como despreciado. El asesinato en un pueblo de un alcalde ratero y abusivo, lleva a que el círculo del poder del Estado trate de apaciguar ánimos y así preparar las condiciones –según su grupo– para el ascenso al poder presidencial del gobernador. Por eso se fijan en Vargas, considerado un tipo manejable y sin ningún futuro. En ese primer momento, el personaje es tímido y –como dijeran las madres antiguas– de Buena Educación. Sin saber en qué se mete, acepta ir al pueblo que quedó sin alcalde.
Casado con una mujer que resulta ser ambiciosa a más no poder (la película no deja de tener un tono machista), Vargas se adentra en la realidad municipal, pero todo el mundo lo hace a un lado: los ricos porque lo desprecian, los pobres porque no hablan su idioma y los posibles aliados porque lo miran como es, un mediocre que ve la política como algo que se hace sin mayor chiste. Aunque Vargas repite una y otra vez que trae la modernidad, se enfrenta a una realidad social hostil y a la falta de recursos: los caudales previos desaparecieron en las garras del anterior alcalde. El dinero se esfumó y no aparece por ningún lado.
La administración es un desastre. Un ejemplo, que parece calcado de la situación actual: su secretario Carlos Pek (Salvador Sánchez) lo lleva a las ruinas de una escuela. Le dice que al profesor dejaron de pagarle y se fue, al tiempo que el anterior municipal vendió todo: pizarrones, bancas, puertas, y no comerció los tabiques porque nadie se los compró. No hay educación, no hay futuro. Pero Vargas no entiende que no entiende. Ante la situación, su esposa le propone que vaya con el secretario de Gobierno, Fidel López (Pedro Armendáriz Jr.) a solicitarle dinero.
Se inicia la siguiente transformación de Vargas. López lo hace sentir que es parte de un grupo político y que tiene un futuro asegurado. Le proporciona dos cosas: un ejemplar de la Constitución y un revolver. En principio, Vargas los mira como si fueran cosas del demonio. Se podría decir que su “honestidad” adquiere otro valor: se hace “valiente”. Con las dos cosas que le dio López el personaje supone que va a tener poder y recursos. En el trayecto de regreso en su auto atropella accidentalmente a una persona. No sabe qué hacer. Con sentimientos de culpa, sigue las justificaciones que le da la esposa. Algo así como no te detengas ante un homicidio accidental. Eso se olvida. Pero Vargas ha sido tocado. Como animal que olfateó la sangre, el homicidio entrará en su existencia. La transgresión de la ley irá apoderándose cada vez más del personaje.
Cuando quiere aplicar la ley, la corrupción le abre la ventana a la respetabilidad que antes no tenía. Primero le ofrecen dinero, y en una escena que recuerda a René Bejarano, se embolsa los dineros que le ofrece la dueña del burdel (Isela Vega). Otra vez la esposa lo impulsa a seguir por ese camino (no lo dice pero quizá en el futuro podría tener una casa con alberca, símbolos de estatus, pues). Vargas asume ahora que todo ¬–legal o ilegal¬– lo puede hacer y nada le va a pasar. Con el lema de que “el que no tranza no avanza”, que le señaló López en su entrevista, Vargas se dispone a conseguir dinero o incluso animales o productos agrícolas. Va a utilizar el chantaje y la extorsión. Todo para conseguir recursos y, como aconseja Maquiavelo, contar con el miedo de los gobernados.
Se vuelve jactancioso y prepotente. La gente deja de importarle, si es que alguna vez le importó. Ricos y pobres tienen que pagar; si no, que les caiga el peso de la ley. Se vuelve paranoico y desalmado. Asiduo al burdel, la desconfianza y el resentimiento lo convierten en un tipo prepotente y jactancioso. No reconoce errores, ni da marcha atrás en nada.
Viene la tercera transformación de Vargas. Se impone ante los demás por la extorsión, cual si fuera un alcalde cualquiera del mundo real que somete a comerciantes y profesionistas. En su desesperación hace uso de la fuerza y la violencia mediante el revolver. Mata a sus adversarios. Sus ambiciones crecen y así su degradación moral. El autoritarismo del sistema lo convierte en un nuevo agente más. Vargas toma para sí las funciones legislativas y judiciales, además del ejecutivo.
Otra escena memorable. Vargas cambia la Constitución. Lo que no entiende, simplemente lo desecha y tira a la basura las páginas respectivas. Y a continuación le dicta a Pek: “a partir de ahora se modifica el periodo de los presidentes municipales de 6 a 12 años… ¡No!, a ¡20 años!, pudiendo reelegirse hasta por cuatro períodos”. Nunca se sabe, remata, ufano.
Hay un atentado contra el candidato de López y éste se escapa y va a buscar a Vargas para que le de dinero. Entonces el hombrecillo descubre y confiesa a su jefe que la esposa le robó todo el dinero que había atesorado en un closet y se había fugado con el gringo que tenía como socio. Envalentonado, asesina a López y a su guarura. En plena orgía de soberbia, el pueblo ha reaccionado y empieza a quemar la alcaldía. Vargas los quiere enfrentar pero se intimida ante el número (viene Fuente Ovejuna). Para escapar se monta en un poste de luz sin luz (la única obra que realizó) y, atemorizado, subido en algo así como un palo encebado, suplica que lo perdonen. En ese momento las fuerzas de seguridad, que venían para capturar a López, lo salvan de la muchedumbre.
Corte y la siguiente escena muestra la última transformación del personaje. Bien peinado, vestido pulcramente y con mirada altiva, Vargas aparece en la Cámara de Diputados (la de verdad, la que está en Donceles) y empieza con las palabras, “Honorable Congreso de la Unión…” Confiesa que “tiene las manos manchadas de sangre”, pero solo es la del conspirador que intentó golpear los valores de la Revolución. Ya se sabe, no hay retórica política sin mitos.
Concluye su discurso: “el reto para nuestro partido es estar en el poder por siempre y para siempre”. En ese momento los diputados, exaltados, se levantan aplaudiéndolo. Los borregos claman.
De eso se trataba todo: controlar la sucesión presidencial. La reproducción del régimen. Esa es la Ley de Herodes.
Aunque la película de Luis Estrada fue pensada contra el PRI y sus malos hábitos, uno puede verla ahora y confrontarla con muchos aspectos de la realidad que se vive en el país y la coincidencia es sorprendente. Pero no debería sorprendernos tanto, pues la cultura política es la misma.

