lunes 20 mayo 2024

Los ayatolas y el culto a la personalidad

por Pedro Arturo Aguirre

Excepcional desde el punto de vista de quienes estudian el fenómeno del culto a la personalidad en política es el caso de Irán, una teocracia que a pesar de ser musulmana fundamentalista prohijó una intensa exaltación en loor al padre de la revolución de 1979, el ayatola Jomeini. ¿Por qué una religión que prohíbe de forma tan vehemente adorar cualquier persona o cosa terrenal o humana en detrimento de Alá ha podido impulsar tal culto a la personalidad? Pues porque resulta que la rama chií del islam es poderosamente mesiánica. En efecto, los chiitas son seguidores acérrimos del Imam Alí, primo y yerno del Profeta, quien venció en buena lid a guerreros, diablos y genios e iluminó la mente de los hombres con su conocimiento infalible. Alí fue el “León de Ala”, hombre de excepcionales cualidades, y el culto a él y sus descendientes constituye el núcleo de la vida religiosa chií. Fue traicioneramente asesinado y todos sus descendientes fueron enconadamente perseguidos, por eso sus seguidores estarán marcados para siempre por el martirio y con una gran expectativa: el duodécimo descendiente de Alí se ocultó voluntariamente, preparándose para volver un día como redentor (mahdí) a instaurar el reino de Dios y la justicia sobre la tierra. Sobre un telón de fondo de sufrimiento, el Imam Oculto, cuyo nombre encabeza hoy los decretos de la República Islámica de Irán, es el portador de un anhelo mesiánico. Por ello no debe extrañar que cada vez que resurge un poder chií, con el imperio safávida en el siglo XVI o con Jomeini en el XX, se produzca implícita o abiertamente la asimilación de la figura del mahdí en quien lo encabeza. Así al poder espiritual se une el material, lo cual cierra el paso a cualquier pretensión de laicismo. 

Fue Jomeini quien dictaminó que los religiosos serían quienes habrían de imponer una sociedad islámica y para ello era necesario un régimen dirigido por el saber teológico encarnado en el heredero de los imames: “El vigilante de Alá sobre la tierra”, ni más, ni menos. Las concepciones edénicas de islam, que remiten al más allá la consecución de la felicidad, dio paso a una idea más terrenal, si bien es cierto no del placer, sí de la necesidad de la lucha contra las desigualdades económicas en el mundo. Jomeini dio a sus seguidores, bajo este enfoque revolucionario del islam chií, la fe y la voluntad militante de luchar contra “las encarnaciones materiales del demonio”, primero el shah y más tarde Estados Unidos, Saddam Husein, la monarquía wahabita saudí e Israel. El mensaje nasal, profundo e inquietante de Jomeini incendiaba los corazones islamistas. En enero de 1979 el shah abandonó Irán derrotado por la revolución y Jomeini arriba a Teherán recibido por una multitud delirante. Se elevó el canto “Jomeini, oh imam” para darle la bienvenida. Se estaba consolidando un culto a la personalidad con el líder transformado en una figura semidivina. Ya no era simplemente un gran ayatolá, sino “el Imam”. La multitud, estimada en millones, solo sería superada doce años después por el número de dolientes que asistieron a su funeral.

El 31 de marzo de 1979 un referéndum aprueba el establecimiento de una república islámica. El ayatolá proclamó el día siguiente como “el primer día del gobierno de Dios”, adoptó formalmente el título de “Imam” y se convirtió en líder supremo. Inició la vigencia de un régimen teocrático totalitario dedicado a marginar y reprimir a los grupos de la oposición y a la creación de instituciones para consolidar el poder y salvaguardar el liderazgo de los clérigos. Toda una “Revolución Cultural” a fin de islamizar al país. Miles de personas fueron perseguidas y miles de libros fueron quemados al no estabar acordes con los valores de la teocracia. El sistema judicial islámico condenó a muerte o encarceló a muchos disidentes. El ayatola detenta la dirección de los poderes esenciales del Estado: ejército y guardias de la revolución, policía, justicia, radio y televisión. Al presidente de la República le queda sólo la gestión de los asuntos corrientes, a pesar de ser elegido por sufragio universal, y limitaciones similares afectan al Parlamento. En consecuencia, los iraníes pueden votar, pero es solo una democracia de fachada adulterada por una rígida teocracia. También se prohijó el intenso culto a la personalidad de Jomeini, cuya voluntad de poder se vio siempre unida a una frialdad implacable hacia aquellos que consideraba enemigos del islam y a quienes no dudaba en mandar al patíbulo. 

Como sucede con todos los regímenes demasiado dependientes de una figura carismática, a la muerte de Jomeini en 1989 sobrevinieron dudas sobre la sobrevivencia del régimen teocrático, pero todo demostró estar “atado y bien atado”. El ayatola Alí Jameneí es un hombre carente del carisma de su antecesor y nunca ha sido estimado como teólogo, pero ha sabido curtirse en las labores tanto burocráticas como políticas, siempre apuntalado por un despótico y eficaz aparato represor. Jomeini fue un producto único de circunstancias históricas únicas, simplemente irremplazable. Pero mientras supervisaba la política iraní sentado sobre una alfombra en Qom, Jamenei ha expandido enormemente la oficina del líder en Teherán con la paciencia de un dedicado burócrata y ha gobernado a Irán presidiendo sobre una estable, aunque cada vez más decadente tiranía. Sin embargo, Jamenei ha intentado construir su propio culto, y como carece de carisma ha intentado reescribir una narrativa que le otorgue legitimidad divina. Los imanes de la oración del viernes recibieron instrucciones de recitar historias sobre Jamenei haciendo milagros. Los canales de televisión nacionales citan con frecuencia a Vladimir Putin, el líder ruso quien (se supone) dijo que “se sintió como si se encontrara con Jesucristo” cuando visitó Teherán y se reunió con Jamenei.

Ahora, con Irán en medio de una asfixiante crisis económica y con el régimen de los ayatolas más impopular que nunca, se plantea como inminente el relevo del anciano Jamanei (85 años). Ninguno de los dos hombres comúnmente vistos como favoritos (Ebrahim Raisi, actual presidente de la república islámica y Mojtaba Jamenei, hijo del actual líder supremo) es un clérigo destacado. Tampoco son particularmente carismáticos. De imponerse Mojtaba Irán seguiría la senda de Corea del Norte al establecer un nuevo tipo de liderazgo hereditario. Pero si Jamenei nombra a su hijo como sucesor ello supondría un flagrante desprecio a la opinión de Jomeini, quien consideraba toda la sucesión hereditaria un símbolo de corrupción. De hecho, dentro del inflexible régimen teocrático la principal oposición al Jamenei viene de los círculos jomeinistas más tradicionales.  Si Mojtaba sucede a su padre podría desencadenarse un grave levantamiento popular.

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