En política se puede perder todo, menos el sentido de la realidad. Distinguir entre lo real y lo falso debería ser el talento más apreciado y principalísimo del gobernante. Pero es demasiado común ver a los líderes perder el sentido de realidad si en él privan el resentimiento, los complejos y los efectos de una formación intelectual y emocional deficiente. También suele suceder con ciertos políticos dejarse llevar por su megalomanía, alimentada sin pudor por una horda de sicofantes. Pocas cosas dañan tanto el liderazgo como los aduladores. No en vano Dante ubicó a estos deleznables personajes en el infierno. Plutarco explicaba que un dirigente, al ser una persona con una alta autoestima, es el primer adulador de sí mismo y, por tanto, no desdeña y menos le extraña que otros confirmen constantemente su “grandeza”. Pero es más común encontrar lo contrario: políticos con carencias de personalidad víctimas de innumerables complejos e inseguridades, ávidos de construir un “alcázar de adulación” a su alrededor donde la lealtad ciega es la única virtud reconocida.
En un artículo publicado hace unos días en el New York Times, Thomas Friedman habla sobre la adversa situación actual tanto de Putin como de Netanyahu, dos “hombres fuertes” en buena medida contaminados por sus lambiscones: “Es sorprendente lo mucho que Vladimir Putin y Benjamín Netanyahu tienen en común en estos días: ambos se ven a sí mismos como grandes jugadores de ajedrez en un mundo donde, creen, todos los demás solo saben jugar a las damas chinas…. Y, sin embargo, ambos han tomado tan malas decisiones que parecen no ser ajedrecistas, sino jugadores de ruleta rusa”. Putin intentó capturar Kiev en unos pocos días. Fracasó y ha convertido a Rusia en un apéndice estratégico de China y en una presunta “superpotencia” deshonrosamente necesitada de los drones de Irán. Netanyahu y su recientemente electa coalición tratan de someter al Poder Judicial y ahora las principales ciudades de Israel escenifican las manifestaciones antigubernamentales más grandes de su historia. Otro sátrapa en problemas es Erdogán, quien podría ser derrotado en las elecciones presidenciales a celebrarse en mayo. Pagaría así un cúmulo de malas decisiones evidenciado con meridiana claridad por el devastador terremoto de febrero. Bueno, y a nuestro Peje la lista de desatinos se le acumula día a día, y desde hace tiempo. Los más recientes son la colérica guerra contra el INE, los alevosos ataques al Poder Judicial, los tropezones alrededor del fentanilo y u largo etcétera. Eso sí, debe reconocerse que, quizá, “alguien” le hizo ver la monumental “metida de pata” que estaba cometiendo con sus iniciales críticas a la inversión de Tesla en Monterrey. Quizá todavía quede algo de esperanza.

Jonathan Powell, quien fue jefe de staff de Tony Blair, advirtió en su libro “El Nuevo Maquiavelo: cómo ejercer el poder en el mundo moderno”, que el mayor riesgo al que se enfrenta el líder es el halago: “La tarea más importante de un jefe de staff es saber decir: No… Nada revela mejor la capacidad de manejar los problemas que la habilidad de rodearse de las personas adecuadas, incluso si esto significa alejarse de los viejos amigos y compañeros… los colaboradores y consejeros muchas veces son las únicas personas con las que un gobernante interactúa de manera cotidiana. Por eso es fatal tener dentro de este perímetro a aduladores, porque transmiten una satisfactoria pero muy ilusoria y peligrosa sensación de revalidación y sosiego”. La adulación es veneno para cualquier liderazgo. Los malos líderes se rodean de arribistas ávidos de conservar sus privilegios y de profesionales de la alabanza y rehúyen a quienes poseen ética e independencia de criterio. No quieren oír cosas como “¿Qué haces, detente, cometes un error?”. Y cuando un líder cae atrapado en la red viciosa de la adulación, éste se convierte en un títere.
Un buen jefe procura escapar de la trampa tendida por los aduladores, lo cual no es fácil, sobre todo si se carece de genuina autoestima y fortaleza de carácter. Los líderes deficientes no soportan la crítica y aborrecen la disidencia. No se sienten a gusto en su propia piel y con su propia falibilidad como seres humanos y, por lo tanto, padecen de un miedo atroz de equivocarse. No soportan ser impopulares, por eso gobiernan siembre a golpe de encuestas. También los malos líderes y sus aduladores aborrecen la transparencia. El liderazgo transparente rompe la cábala del culto a la personalidad y lo expone como lo que es: una perversión. El pilar de la adulación es su capacidad para tejer una red alrededor del líder, atrapándolo en un círculo vicioso que se convierte en el filtro de cada información externa y de cada narrativa. Cautivo de su propia inseguridad, el líder, serenado por las nanas de la adulación parasitaria, apenas puede distinguir entre fantasía y realidad.
“El hombre es un animal que traga sapos. La admiración del poder ajeno es tan común en el hombre como el amor al poder propio. Uno lo convierte en esclavo, el otro en tirano. Quien porta la corona de oro no está solo en sus alardes: el miserable encadenado que sufre en un calabozo se deslumbra con ella. Simetría perfecta: a una tiranía que despoja todo sentido de libertad a los hombres y barre cualquier impulso de resistencia, se corresponde con lealtad. Al más terrible despotismo corresponde la sumisión más abyecta”. Esto lo escribió hace más de doscientos años William Hazlitt en su brillante ensayo “De la relación entre los tragasapos y los tiranos” (rescatado traducido al español por Jesús Silva Herzog Márquez). Por eso la principal virtud de un buen líder es decidir correctamente sobre las personas y colaboradores de las que habrá de rodearse, procurar obtener la verdad sobre cualquier asunto, desarrollar “oíos alternativos” y renunciar a construir un círculo interno de sicofantes parásitos.

