Los poemas de Xicotepec

Xicotepec es un municipio, un cerro y, sobre todo, un pueblo de la Sierra norte del estado mexicano de Puebla. A este lugar de extensa historia precolombina y poco menos de 40,000 habitantes, le ha tocado terminar en la categoría de “pueblo mágico”, lanzada para promover el turismo. Xicotepec es tierra boscosa de lluvias permanentes, manantiales y arroyos, en que se mezclan el calor y la humedad, con niebla que no parece ocasional. La mayoría de los extranjeros y mexicanos jamás visitaremos ese pueblo cafetalero ni su pequeño centro ceremonial prehispánico, pero Xicotepec. Años roble (2021) ahora también es un libro de poemas de Aurelia Cortés Peyron, que vale por sí mismo y tiene, además, la atención que provoca el Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza 2023.

El premio se otorga a través de El Colegio de México y cuenta también con una edición de economía, ambas en conmemoración del hijo de Ana María Icaza (1922-2022) y el poeta Ramón Xirau (1924-2017). Joaquín, quien murió hace casi cincuenta años —en 1976, a los 26 años— fue su única descendencia (Icaza y Xirau financiaron y legaron la posibilidad de continuar con el otorgamiento de los premios). El de poesía se ha dado anualmente desde 2013, pero se interrumpió a partir de 2020 por la pandemia de covid, hasta el miércoles 13 de diciembre de 2023 en que se ha retomado su entrega. Formalmente, la ganadora de este año es autora de dos poemarios, siendo el primero Alguien vivió aquí (2018); pero, en realidad, su obra es más extensa pues abarca colaboraciones con artistas, así como el breve El pájaro azul. Cuaderno de dibujos (2013) que incluye acuarelas, dibujos y textos suyos.

La entrega del Premio de Poesía Joaquín Xirau Icaza 2023.

En Xicotepec, Cortés Peyron incluye varios textos en prosa que no se adhieren, por fortuna, a hábitos de ciertos “poemas en prosa”. Más bien, en esos casos la poeta rehúye los versos, optando en ocasiones por semejar la narración, pero todavía más las anotaciones, una especie de diario mental presente a través de la vida, pero de reciente escritura. Así llega a encuentros como la “niebla sin filo” que puede erosionar sus facciones. Los títulos de los poemas se repiten, quizá para formar series, por creación de ambientes o como sugiere la ilustración de las primeras páginas —que simultáneamente es índice— porque la autora busca generar una pequeña geografía: su Xicotepec, que podría ser cualquier lugar de México u otro país. En uno de los textos en prosa, la poeta describe la iglesia del pueblo “mágico” como “no es moderna ni colonial, sino una cruza de motel y clínica”. Varios poemas asientan que su voz habla desde una condición específica: “aquí, soy huésped”. Así, no se trata tanto de una geografía afectiva o emocional, como cognitiva: es la atención de poeta que escudriña respetuosa pero penetrantemente sus alrededores y busca palabras que se ajusten a esa experiencia de percepción, “como las cosas en los sueños”.

No sólo por su concisión y relación con la naturaleza, los poemas de Cortés Peyron me remitieron a Cage. En una de sus microconferencias —que simultáneamente eran kōanes y poemas— John Cage relata que D.T. Suzuki, el maestro zen, contó que antes de estudiar zen los hombres son hombres y las montañas son montañas; mientras estudian zen, las cosas se confunden; y después de estudiar zen los hombres son hombres y las montañas son montañas. ¿Cuál es la diferencia entre antes y después?, le preguntaron, a lo que Suzuki respondió: “No hay diferencia”. La poesía se encuentra en similar paradoja: Cortés Peyron no lucubra, llanamente atiende lo que la rodea —se fija en que la semejanza entre madre e hija puede provenir de “un mismo lunar repetido”— y lo que podría ser obviedad captura la contundencia de existir: “la torpeza diurna del búho”, porque se convierte en imaginación.

La poeta Aurelia Cortés Peyron ha publicado dos libros de poemas.

El conjunto de los poemas de Xicotepec son recorridos por el peso del tiempo: “queremos inventar un pasado para llegar al futuro”. Hay memoria, pero sobre todo conciencia de ser en la historia —con lugares que “aparecen foráneos, mal recordados”— y que en ella hay momentos privilegiados. Así, Cortés Peyron enuncia “la dicha de volver a ser niñas, / el deseo infantil de escoger a una hermana”. El primer “Años roble” es una explicación, no sólo del título del libro, sino de cierta percepción y configuración del paso del tiempo. La autora registra el origen —acaso genético— de la reiteración de “gestos y movimientos” entre personas, como parte de una orientación biologicista de los poemas. Al libro lo recorre un personaje, Regina, de quien el último verso del libro dice: “sus ojos cambiaron de color con los años”. Asimismo, en algún momento se alían el tiempo y el idioma: “su recuerdo del inglés se carcomía” para llegar a una imagen tarkovskiana: “ese idioma rodeado de mar en una casa rodeada de bosque”.

Es importante —si lo que interesa es la especificidad de las prácticas artísticas— insistir en que no hay forma y contenido independientes. Tampoco hay manera simple de determinar si algo es o no poesía; aunque la hay, es elaboradísima y no hay por qué renunciar a ella. Pero debe evitarse caer en el desvarío de creer que se trata de un círculo exclusivo en que un capricho personal puede permitir el acceso, dictaminando con ello la aceptación de los autores como poetas. Cuando la poesía llega a ocurrir en un texto es precisamente porque ese contenido proveniente del lenguaje, el mundo, la naturaleza, la sociedad —y principalmente de una persona— ha encontrado inseparable correspondencia con una serie de formas que el creador ha logrado generar a través de encarar la tradición poética, pero, sobre todo, por su prestancia ante su contexto y el intento de inmersión en ese lenguaje. Cortés Peyron dice: “nada en el bosque está solo: es una red de alusiones”.

La Parroquia de San Juan Bautista de Xicotepec de Juárez.

Esa experiencia particular del lenguaje, paradójicamente, está negada a ser absolutamente individual —pues es lengua compartida— pero, con o sin aspavientos, lleva la dimensión personal de su uso al extremo. Esto se aleja de elucubraciones a propósito del lenguaje, que con frecuencia son meras personificaciones que operan como deus ex machina, pues el lenguaje se convierte en fantasma, sea de calidad divina o de carácter engañosamente material. En mi idea de la literatura, y las artes, lo que apela al lector no es una universalidad compartida, ni alguna abstracción sobrenatural que se concreta en sonidos y conceptos, sino la certeza de una presencia distinta a la de uno en el lenguaje y, en ello, la confirmación y el sacudimiento de la existencia de uno mismo. A esta escritora, nacida en 1986, podría serle normal la poesía de causas convencionales de nuestro tiempo (sus autores corregirían: causas urgentísimas). Pero la poeta Aurelia Cortés Peyron, observadora de entornos, ha escogido una búsqueda discreta y no por ello menos significativa sino, probablemente, un camino más sustantivo, ahora y a futuro.

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