El Ku Klux Klan estaba vivo y coleando durante los dos gobiernos del presidente negro Barack Obama en Estados Unidos, pero metió la cabeza bajo el ala porque el contexto le era desfavorable.
Pero con el descendiente de fabricantes de mayonesa alemanes Donald Trump, se levantó, tomó el poder sin necesitar un edicto que lo anuncie: el odio tiene olfato de hiena.
Por eso es inquietante que AMLO, que busca gobernar a uno de los países más diversos y poblados del mundo, carezca de mesura para medir las palabras, dividiendo a los mexicanos entre quienes lo apoyan o no.
Dijo el lunes que quien no esté con Morena está con la “mafia del poder”. Si, como se espera, la elección de 2018 se va a tercios, el ganador no sería votado por el 70 por ciento de los electores.
O sea, si AMLO gana, mucho más de la mitad de los mexicanos será “mafioso”, y quienes votaron por él entenderán que el contexto sociopolítico les permitirá desatar sus rencores contra el resto. Porque así ha ocurrido siempre a través de la historia.
¿Bramarán la palabra “mafiosos” en la calle contra quienes no sean de Morena? O, como cuando AMLO era Jefe de Gobierno de la capital, ¿les gritarán pirruris o camajanes? Porque por los gritos se empieza, para después llegar a los golpes.
Es eso lo que han provocado los creadores de odio en los pueblos: inquina, división de familias a causa de la política, abusos de poder, miedo, sumisión, adulonería… todo lo que funcione para aplastar a quien no piensa igual, o todo lo que funcione para salvarse de las turbas.
Venezuela es el ejemplo más reciente en la región: a su llegada al poder en 1999, Chávez nombró “escuálidos” y “burgueses” a los “enemigos del pueblo bolivariano”, quienes eran y son perseguidos, apaleados y segregados por los chavistas.
Para ser “escuálido” o “burgués” bastaba ser lo que las turbas consideraban “gente bien”: tener coche, usar saco y corbata, muchas veces la tez clara, llevar a los hijos a escuelas privadas, irse a veces de vacaciones, administrar un negocio pequeño… especialmente pertenecer a la clase media… o parecerlo.
En la URSS de Lenin eran “blancos”; en la de Stalin, “perros rabiosos”; en la Kruschev, “burokrataz”; en la de Breznev, “disidentes”; en la Cuba de los sesenta de Fidel Castro, “gusanos” y en la de los ochenta, “escoria”; en la de los dos mil de su hermano Raúl son “centristas”.
Y a los millones que recibieron esos epítetos se los llevó la muerte, la miseria, la cárcel o el exilio. O se tuvieron que adaptar lamiendo botas.
Ojo, eh, porque un candidato presidencial está incubando el huevo de la serpiente.
Este artículo fue publicado en La Razón el 23 de agosto de 2017, agradecemos a Rubén Cortés su autorización para publicarlo en nuestra página.

