Margarita y Anaya: las diferencias

Margarita Zavala y Ricardo Anaya asumieron con estilos opuestos el triunfo en siete gubernaturas de su partido el domingo:


—Ella, como una política de Estado con la altura de miras que exige el comportamiento tras la victoria, no sólo ante los adversarios derrotados, sino ante los electores que no vieron favorecido su voto.


—Él, como un político ordinario con énfasis en la polarización, el encono y el enfrentamiento: un niño que presume pomposamente en la escuela la playera del Real Madrid que le trajeron sus padres de un viaje a España.


Zavala, a quien Anaya sacó de las candidaturas a diputados plurinominales y excluyó de cargos en el partido, da road shows enfatizando en “que las cosas se transformen a través de los votos y la participación ciudadana”.


Anaya promete la sangre de los perdedores en la plaza pública, olvidando que la victoria transforma hasta a los tipos feos en atractivos. A él, en cambio, lo está afeando el éxito, por su petulancia.


“Los ciudadanos tenemos que demostrar que sí pasa algo, y pasa a través de los votos y de la política. Los ciudadanos mandaron un mensaje muy claro de ‘o nos voltean a ver a nosotros los ciudadanos o nosotros no los volteamos a ver a ustedes, los políticos’”, dice Zavala.


“Los exgobernadores que la hayan hecho la van a pagar. Ganamos a pesar de una bola de gobernadores corruptos, tramposos y autoritarios, a pesar de un gobierno federal omiso, que dejó hacer y dejó pasar, que permitió que los gobernadores hicieran trapacería y media”, chilla Anaya.


Apartada del PAN (al extremo de pensar en contender como independiente en 2018) Zavala, sin embargo, tras la victoria panista ha sido buscada para conocer su opinión sólo a causa de su autoridad moral, pues ni cargos siquiera honorarios tiene en su partido.


En sus respuestas va más allá de la política circunstancial y luce como mujer de Estado: “Me preocupa más el estado de ánimo ciudadano que mis adversarios, porque México necesita alguien sin compromisos, independientemente de quien lo postule”.


Apoderado del PAN, Anaya, empero, se conduce como político de pacotilla al decir sandeces como “ganamos a pesar de un gobierno federal que dejó hacer y dejó pasar”, cuando lo que sucedió el domingo fue un ejemplo grandioso de alternancia democrática.


Anaya cae en una autocomplacencia que lo lleva a deformar la realidad: libres y en secreto más de 40 millones decidieron ser gobernados por su partido, entre ellos, residentes de seis estados donde mandaban quienes hicieron “trapacería y media”.


Si hicieron “trapacería y media” ¿por qué perdieron entonces? ¿Porque Anaya es muy capaz?


No: perdieron porque vivimos una alternancia.


Y porque en democracia ninguna victoria es eterna.



Este artículo fue publicado en La Razón el 09 de junio de 2016, agradecemos a Rubén Cortés su autorización para publicarlo en nuestra página.

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