martes 28 mayo 2024

¿Nuevos Juegos OlÍmpicos para México?

por María Cristina Rosas

En 1968, México se convirtió en la primera nación en desarrollo en albergar unos Juegos Olímpicos. Antes de obtener la sede, el país había presentado su candidatura en dos ocasiones sin éxito -en 1949 y 1960. Uno de los impedimentos, a los ojos del Comité Olímpico Internacional (COI), era la altura de la Ciudad de México que era la sede propuesta y se temía que tuviera un efecto negativo en el desempeño de los atletas. Fue hasta la 60ª sesión del COI celebrada en Baden-Baden, República Federal de Alemania, que México se impuso en las votaciones a dos ciudades que, se cuenta, eran las favoritas, Detroit y Lyon. Buenos Aires también había puesto su candidatura en la mesa, pero fue quien menos votos obtuvo -apenas 2 sufragios. México ganó con 30 votos, mientras que Detroit y Lyon recibieron 14 y 12 votos, respectivamente. A México le benefició la guerra fría, toda vez que la Unión Soviética y los países bajo su esfera de influencia estaban conformes con que las justas deportivas se desarrollaran en un país alejado de las tensiones geopolíticas propias del conflicto Este-Oeste. La URSS había comenzado a participar en los Juegos Olímpicos de la era moderna en Helsinki, en 1952 y se había ubicado, en el medallero olímpico, justo detrás de Estados Unidos. La primera participación de México en un evento de esta envergadura se produjo en los Juegos Olímpicos de París de 1924, cuando, tras la revolución, México quería insertarse en el deporte mundial, aunque en aquel tiempo los atletas nacionales concurrieron con apoyos privados.

Para el momento en que la representación mexicana había expuesto al COI en Baden-Baden en 1963 que la altura de la Ciudad de México no sería un problema y que los organizadores asumirían los costos de la adaptación de los atletas que así lo solicitaran, el país vivía el llamado milagro mexicano y buscaba presentarse a los ojos del mundo como próspero, amistoso y promotor del diálogo entre los países. En 1952, el ahora Estadio Olímpico Universitario había sido inaugurado y México ya había albergado diversos eventos deportivos nacionales y regionales. Desde su elección hasta la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos de 1968, México contaba con cinco años para tener todo listo. El entonces mandatario mexicano Adolfo López Mateos dispuso la creación del Comité Organizador de la XIX Olimpíada desde mayo, si bien comenzó a trabajar formalmente tras la elección de la capital mexicana como sede. En el camino figuraba el reto de concretar las obras de infraestructura requeridas al igual que la sucesión presidencial, dado que los Juegos Olímpicos se celebrarían durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Así, el proyecto era transexenal.

México se convertiría así en el primer país hispanoparlante y el primer latinoamericano, en organizar la justa deportiva más importante del mundo. A pesar de que México contaba con una cierta infraestructura -por ejemplo, el estadio Azteca se había inaugurado en 1966-, hubo de erigir numerosas instalaciones deportivas para las diversas disciplinas. Asimismo, por ser las primeras justas olímpicas que se transmitirían en televisión a todo el mundo, era menester desarrollar la tecnología requerida. La televisión a color ya era muy usada, pero para lograr que lo que acontecía en las sedes olímpicas mexicanas se presenciara en tiempo real en todas las latitudes era menester recurrir a los satélites. Los Juegos Olímpicos de 1968 fueron cruciales para que México se insertara de manera decisiva en la era espacial. Para este fin, en 1967 México se adhirió a la Organización Internacional de Satélites de Telecomunicaciones (INTELSAT) que ofrecía servicios de retransmisión internacional. Sus satélites están ubicados en órbitas geoestacionarias. Uno de los más famosos satélites de este consorcio fue el Intelsat I mejor conocido como pájaro madrugador, puesto en órbita el 6 de abril de 1965.

Los Juegos Olímpicos de 1968 contaron con la participación de 112 países y 5 516 atletas. No estuvo exento de problemas, toda vez que la posible participación de la Sudáfrica del apartheid puso en aprietos al anfitrión, dado que numerosos países amenazaron con no asistir, si bien al final se logró superar este obstáculo.

Cartel del Mundial, Campeonato del MUNDO FÚTBOL DE MEXICO 70. Vertical

Otra justa deportiva -tan sólo dos años después de los Juegos Olímpicos- la Copa del Mundo de la FIFA celebrada también en México, coadyuvó al desarrollo y uso de la infraestructura satelital del país. Si bien en la Copa del Mundo de 1966 celebrada en Inglaterra se hicieron transmisiones satelitales, estas sólo dieron cuenta de la ceremonia de inauguración. También se hicieron transmisiones a color, aunque de manera experimental y sólo unos cuantos espectadores privilegiados pudieron acceder a ellas. En contraste, para la Copa del Mundo de México de 1970, tras la experiencia de los Juegos Olímpicos, la difusión del torneo posibilitó su consumo en todo el planeta y en tiempo real. Fue la primera justa futbolera en que todos los partidos se transmitieron en vivo y directo gracias a las comunicaciones satelitales. Todas las cadenas que dispusieran de Technicolor, podían replicar el evento a todo color. Para muchos, la Copa del Mundo de 1970 marcó un antes y un después en el fútbol como deporte de masas, toda vez que la posibilidad de que los espectadores pudieran ver los partidos, aun sin estar en el estadio y enterarse de lo que ahí sucedía lo convirtió en un fenómeno mediático a escala planetaria.

México organizó otro mega evento deportivo de ese talante fue en 1986. Se trató de la segunda Copa del Mundo, realizada luego de que Colombia, que había sido el país seleccionado originalmente para ser el anfitrión de tan magno evento, declinó por no poder cumplir con las condiciones planteadas por la FIFA. México entró al quite, no obstante, la década perdida y el devastador terremoto del año anterior que azoto a la Ciudad de México y el centro del país.

Fue también entre 1986 y 1992 que se desarrolló el Gran Premio de México, con lo que parecía definitivamente que el país apostaba por prestigiados eventos deportivos, en un contexto de crisis económica y de fuertes confrontaciones con el Estados Unidos que gobernada Ronald Reagan, amén de la crisis de la deuda. Mejorar la imagen internacional del país, parecía el objetivo primigenio. 

Ya en épocas más recientes, se han celebrado en el país el Abierto Mexicano de Tenis -desde 1993, aunque suspendido durante la pandemia del SARS-CoV2 y retomado en 2021-; el Gran Premio de México, retomado en 2015 al día de hoy -suspendido igualmente por la pandemia y reactivado en 2021-; los XVI Juegos Panamericanos celebrados en Guadalajara en 2011; los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2014 en Veracruz; y ciertamente la Copa del Mundo 2026 a disputarse en México, Estados Unidos y Canadá. En el marco de este regreso a los mega eventos deportivos, el canciller Marcelo Ebrard anunció el 26 de octubre de 2022 que el país buscaría la sede de los Juegos Olímpicos de 2036 o 2040, sin proveer detalles sobre la ciudad propuesta para llevarlos a cabo -¿sería nuevamente la Ciudad de México o se buscaría descentralizarlos y llevarlos a Guadalajara, Monterrey o algún otro lugar? Eso aún está por definirse.

¿Qué ha cambiado en México y el entorno internacional desde aquellos Juegos Olímpicos de 1968 y las Copas del Mundo de 1970 y 1986? ¿Qué motiva al país a involucrarse de nueva cuenta en la gestión de estas y otras justas deportivas de grandes vuelos?

Mega eventos deportivos: ayer y hoy

1968 fue un año convulso en México y el mundo. La primavera de Praga, el movimiento estudiantil en Francia y, sobre todo, la masacre de Tlatelolco en la Ciudad de México, dieron cuenta de la efervescencia política que acontecía en diversas latitudes. Lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas, sin embargo, a 10 días de la inauguración de los Juegos Olímpicos, con el estadio de CU sitiado por las fuerzas armadas, no fue del agrado del COI. Tampoco lo fueron los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, enturbiados por la muerte de 11 atletas israelíes a manos de terroristas palestinos. Montreal 1976 albergó las justas olímpicas -esas donde brilló la rumana Nadia Comaneci- a un costo 13 veces mayor que el originalmente estimado y a la ciudad canadiense le tomó 30 años pagar la deuda contraída. Denver era originalmente la sede para 1976 pero tras un plebiscito donde predominó el rechazo de los ciudadanos por el costo material y el daño ambiental que traerían aparejadas, se decidió no hacerlas ahí. En 1980, Moscú fue anfitrión de la XXII Olimpiada, la primera en ser gestionada por un país socialista. El evento se vio opacado por el boicot decretado por Estados Unidos y unos 60 países para protestar por la invasión soviética a Afganistán de 1979. Eran tiempos difíciles para el COI, con profundos problemas financieros y prácticamente nadie quería echarse a cuestas la organización de los Juegos Olímpicos.

El español Juan Antonio Samaranch tomó las riendas del COI justamente en 1980, en el marco de las olimpiadas de Moscú. A raíz de los sucesos descritos, se propuso transformar a la entidad en un gestor de eventos deportivos rentables, comerciables y que implicaron el fin del amateurismo. Para ello dispuso importantes alianzas con grandes empresas transnacionales quienes patrocinarían las justas deportivas, además de que negoció los derechos de transmisión. Si bien se acredita a Samaranch como un impulsor de una mayor equidad de género en el deporte mundial, como promotor del fin de la discriminación racial en la Sudáfrica del apartheid, como un resuelto denunciante de las prácticas de dopaje y como artífice de los juegos paralímpicos, el COI cambiaría radicalmente el sentido de los Juegos Olímpicos y ese sería el antecedente de lo que se observa en la actualidad. 

De Los Ángeles a Brisbane

Sacrificar el amateurismo para contar con los mejores atletas profesionales compitiendo en los Juegos Olímpicos, para muchos es el equivalente a vender el alma al diablo. Esa discusión que se solía tener en los orígenes de las olimpiadas de la era moderna, de buscar un hermanamiento de los países a través del deporte, el cual debería ser fomentado en todas partes, sin importar el estatus socioeconómico de quien lo practicara, contrasta con un COI profundamente clasista, que ha privilegiado los intereses de las naciones más poderosas, las que, a su vez, buscarían el predominio y lucimiento frente a rivales estratégicos, ideológicos, económicos u otros. Y claro, ello ha llevado a abusos y excesos como el dopaje, sin dejar de lado las presiones psicológicas sobre los atletas a niveles que los agotan mental y anímicamente -dos de los casos más dramáticos son el campeón estadunidense de natación Michael Phelps, y el plusmarquista paralímpico sudafricano Oscar Pistorius, el primero con intentos de suicidio y una severa depresión durante la pandemia del SARS-CoV2 y el segundo en prisión por haber asesinado a tiros a su novia.

La decisión en 1992 de separar la celebración de las olimpiadas de verano de las de invierno, abonó a la multiplicación de los beneficios comerciales para el COI. Antes de que Samaranch se erigiera en el titular de la institución, los jerarcas de la institución debían cubrir sus gastos. Una vez en el cargo, él instituyó una serie de privilegios que se transformarían en excesos y claro, malversación de recursos, buena parte documentada por el Departamento de Justicia de EEUU y otras entidades. Los escándalos por sobornos se multiplicaron, destacando Salt Lake City, Nagano, Sídney, Atlanta, Beijing, Río, Sochi, Tokio, más lo que se acumule en los años por venir. Los Juegos Olímpicos se convirtieron en el oscuro objeto del deseo de países deseosos de mejorar su imagen internacional, distraer a sus habitantes de los graves problemas nacionales, promover el turismo y las inversiones y figurar como artífices del deporte. 

La FIFA no se queda atrás

La primera Copa del Mundo tuvo lugar en 1930. Desde entonces hasta hoy, muchas cosas han cambiado y no sólo en el uso de tecnología para desmenuzar el comportamiento de los futbolistas en el terreno de juego. Al igual que ocurrió con el COI con la llegada de Juan Antonio Samaranch, la FIFA tuvo en el brasileño Joao Havelange su época de mayor esplendor, pero también del desarrollo de enormes corruptelas. Havelange, el único no europeo en ocupar la jefatura de la FIFA fue también miembro del COI. Con el brasileño al frente de la institución desde 1974 y hasta 1998, la Copa del Mundo pasó de 16 a 32 equipos participantes. Al igual que con Samaranch -quien posiblemente se basó en la gestión de Havelange-, el carioca negoció derechos millonarios por la transmisión de los partidos con los gigantes de los medios de comunicación, puso en marcha las copas sub-20, sub-17 y apoyó el fútbol femenil. Joseph Blatter quien fuera su brazo derecho a lo largo de 17 años, lo sucedería en el cargo. 

La FIFA ha realizado cambios en la manera de celebrar la Copa del Mundo incluyendo los costos operativos de los eventos. A efecto de darle vuelta a la centralidad que tiene Europa en el organismo, y al hecho de que por largo tiempo el evento se efectuó de manera alterna entre el llamado viejo continente y el americano, se ha buscado realizar la justa deportiva en cada uno de los cinco continentes de manera rotatoria, lo cual, en principio, parece adecuado, pero obedece más a la necesidad de atraer posibles anfitriones para legitimar a la institución. Una de las reglas es que los países que pertenezcan a la confederación donde se celebraron las dos Copas del Mundo más recientes, no serían elegibles. Así, la elección de las sedes sería disputada por países pertenecientes a cualesquiera de las cuatro confederaciones restantes. Para la Copa del Mundo de 2018 entonces, hacia 2009 había 11 candidatos, y dos se retiraron cuando la FIFA hizo valer la disposición de que sólo los países europeos podían contender. Al final la disputa por la sede quedó en cuatro candidatos: Bélgica-Países Bajos, España-Portugal, Inglaterra y Rusia. Se pensaba que quien obtendría la sede sería Inglaterra, considerando la importante infraestructura que posee. Sin embargo, Rusia estaba resuelta a ser anfitriona a toda costa y lo logró, pero no sólo ella. 

En 2009, cuando se anunció el nombre de los países que albergarían las Copas del Mundo en 2018 y 2022, Joseph Blatter dio a conocer los nombres del gigante eslavo y de Qatar. Si bien la elección de Rusia podría ser entendible hasta cierto punto, por tratarse de un país donde el fútbol es un deporte popular y que con las grandes obras de infraestructura que han sido características del gobierno de Vladímir Putin, podría hacer las adecuaciones o construir lo que se requiriera, la elección de Qatar causó sorpresa y enojo. Se trata de un país pequeño, carente de infraestructura, con condiciones climáticas extremas, sin instituciones democráticas, con serios problemas de equidad de género y además en una turbulenta parte del mundo donde los conflictos armados y las tensiones geopolíticas son extremas. Con una población mayormente de inmigrantes, el fútbol no es un deporte que sea apreciado por los habitantes, pero pese a todos esos asegunes, Qatar se aseguró de conseguir la sede. Historias de sobornos, tanto de parte de Rusia como de Qatar a altas autoridades de la FIFA afloraron. Incluso, informes periodísticos que acusaban que varios árbitros habían recibido pagos para favorecer a ciertos equipos en los partidos de la Copa del Mundo de Sudáfrica en 2010, generaron grandes escándalos que la FIFA minimizó. Aunque Blatter negó todas las acusaciones, las evidencias eran abrumadoras y si bien en 2014 el jerarca anunció que buscaría la reelección otro período más al frente de la FIFA, hubo de retirarse en 2016, quedando en su lugar al suizo-italiano Gianni Infantino. Este personaje llegó a la titularidad de la institución comprometiéndose a la transparencia, la legalidad, la democracia y la ética, pero se ha documentado que con cargo a la FIFA ha adquirido diversos bienes, incluyendo colchones para su residencia, smokings, servicios de limpieza, lavandería y de transportación en limosina para su familia entre muchos otros lujos. También ha sido ampliamente criticado, incluso por su antecesor Blatter -quien mejor debería quedarse callado- por viajar continuamente a Qatar, donde los hijos de Infantino estudian. Al calor de ello se ha llegado a sugerir en broma y no tanto, el cambio de la sede de la FIFA para que su titular esté más cómodo en el lugar donde habitualmente se encuentra, que es Doha no Suiza. 

Chismes y corruptelas aparte, tanto la organización de los Juegos Olímpicos como de la Copa del Mundo en países en desarrollo entraña un desembolso sustantivo de parte de los organizadores para crear o mejorar la infraestructura requerida, incluyendo instalaciones, transporte, seguridad, etcétera. Beijing, por ejemplo, sede de los Juegos Olímpicos de verano de 2008 erogó aproximadamente 44 mil millones de dólares de los que apenas recuperó menos del 10 por ciento por los visitantes y suvenires durante el evento. De hecho que Beijing, una ciudad sin nieve fuera seleccionada para los Juegos Olímpicos de invierno de 2022 obedeció tanto a que ya había cierta infraestructura resultado del evento de 2008 como también de la imposibilidad de que Oslo o Almaty, la capital de Kazajstán cumplieran con las demandas del COI, incluyendo el trato VIP de funcionarios -aparentemente exigieron una recepción con la realeza noruega y otras comodidades que en una nación como Noruega simplemente son impensables. En 2012 que es cuando se definió la sede de las justas invernales de 2022, Oslo era el candidato favorito. Previamente otros aspirantes se retiraron debido a que no podrían afrontar financieramente el evento. Oslo terminó por retirarse también por las razones descritas y en 2015 Beijing se impuso a Almaty por tan sólo cuatro votos. La realidad es que cada vez menos países parecen dispuestos a albergar las justas olímpicas porque los beneficios potenciales parecen pírricos: son más los gastos que producen. De ahí que los tres próximos Juegos Olímpicos estén programados sólo en países desarrollados, esto es, en París, Francia (2024), Los Ángeles, EEUU (2028), y Brisbane, Australia (2032) y es aquí donde se abre la oportunidad, aparentemente, para México.

¿Debe México organizar unos Juegos Olímpicos?

En principio, no debería haber problema para que México presentara ante el COI su candidatura para los Juegos Olímpicos de 2036 o 2040. Claro que parecería que falta mucho tiempo (13 años para 2026 o 17 años para 2040) y muchas cosas podrían cambiar en el país, en el COI y en el mundo. México, como se sugería anteriormente, está en el carril de los mega eventos deportivos. Antaño, tanto los Juegos Olímpicos de 1968 y las Copas del Mundo de 1970 y 1986, tuvieron la participación y el apoyo del sector público y privado. Por ejemplo, si bien para las olimpiadas de 1968 existía cierta infraestructura, fue necesario crear instalaciones adicionales, y al final se crearon recintos como el Palacio de los Deportes, la pista olímpica de remo y canotaje, el velódromo olímpico Agustín Melgar, la sala de armas, la alberca olímpica Francisco Márquez, el polígono olímpico de tiro, y el gimnasio olímpico Juan de la Barrera. Muchas de estas instalaciones siguen siendo utilizadas para entrenamiento y actividades deportivas, si bien otras se emplean para conciertos u otras actividades. Además de los recintos referidos, fue menester crear villas olímpicas junto con hoteles y departamentos. Si bien la mayor parte de las competencias acontecieron en la Ciudad de México, también Acapulco, Guadalajara y Valle de Bravo albergaron algunas de ellas. Las dificultades de transporte en el entonces Distrito Federal llevaron a que el gobierno federal aprobara la construcción del sistema de transporte colectivo Metro en 1967, si bien la línea 1 fue inaugurada hasta el 4 de septiembre de 1969. No está de más destacar que en esa década la capital mexicana vivió una serie de cambios urbanísticos como la edificación de las unidades habitacionales Nonoalco-Tlatelolco (inaugurada en 1964), la Unidad Independencia (1962), la Unidad Presidente Kennedy y San Juan de Aragón (ambas en 1964), Viveros de la Loma en Tlalnepantla (también en 1964), además del sistema de drenaje profundo (proyecto vislumbrado en los años 50 aunque inaugurado hasta 1975) y vialidades como el Viaducto Tlalpan y el anillo Periférico.

Eran los tiempos del partido revolucionario institucional (PRI) y del autoritarismo donde las decisiones presidenciales determinaban el curso de los acontecimientos. Hoy, las cosas han cambiado algunas para bien, otras no tanto. La Ciudad de México -ex Distrito Federal- goza de autonomía, la sociedad civil se encuentra mejor organizada y existen diversas iniciativas para empoderar a sectores de la población otrora discriminados en razón de su raza, género, preferencia sexual o edad. En el conjunto del país, por supuesto, hay profundas desigualdades y el ascenso de la delincuencia, la cual plantea costos enormes tanto a la ciudadanía como a las actividades económicas. La salud de la población es mala, con predominio de enfermedades crónico-degenerativas no transmisibles, obesidad y síndrome metabólico entre otros padecimientos. También hay una creciente debacle ambiental, problemas de contaminación, escasez de agua, una intensamigración indocumentada -ya no sólo de mexicanos, sino de nacionales de terceros países que buscan llegar a Estados Unidos- y problemas laborales, además de empleos mal remunerados y una deficiente cobertura de servicios médicos.

El país goza de un enorme poder suave que desafortunadamente no está articulado con una estrategia de empoderamiento en las relaciones internacionales, como tampoco permite el fortalecimiento ni de la unidad como tampoco de la identidad nacional. Claro que actualmente hay más infraestructura pero el país sigue expuesto a la furia de las fuerzas de la naturaleza, incluyendo terremotos, erupciones volcánicas y fenómenos hidrometeorológicos cada vez más recurrentes y potencialmente devastadores.

Dicho esto, es válido que México plantee al COI la celebración de los Juegos Olímpicos otra vez, si bien en la carta entregada por el canciller mexicano Marcelo Ebrard al presidente del COI, Thomas Bach el pasado 24 de marzo no se especifica cuál sería la ciudad propuesta. No queda claro tampoco qué tipo de acompañamiento tendría el gobierno mexicano de parte del sector privado en esta empresa. Es difícil olvidar el rol que desempeñó Guillermo Cañedo, ejecutivo de Televisa y vicepresidente de la FIFA en la elección de México como sede de dos Copas del Mundo. 

La FIFA exige a los países sede infraestructura apropiada, exenciones fiscales y servicios de hospedaje, además de, por lo menos, ocho estadios modernos, cada uno con una capacidad mínima para 40 mil espectadores, un estadio que sea capaz de albergar el partido inaugural con una capacidad mínima de 60 mil espectadores y otro más para el partido de la gran final con capacidad para 80 mil espectadores. Tal vez una monarquía con la posibilidad de hacer un dispendio de 200 mil millones de dólares como Qatar puede cumplir con las exigencias de la FIFA, y hasta construir estadios desmontables que, según se dijo, serían enviados a otros países para promover el deporte. La posibilidad de que los habitantes de Qatar protesten por semejante dispendio son pequeñas. Empero, en países como Sudáfrica o Brasil -éste último que albergó tanto los Juegos Olímpicos como la Copa del Mundo con tan sólo dos años de diferencia- se enfrentan a legítimos reclamos sociales porque las carencias existente se esperaría que condujeran a políticas públicas que favorezcan el bien común, la equidad y la justicia.

El papel del sector privado ha sido muy relevante en el desarrollo de mega eventos. Carlos Slim Domit, el heredero de uno de los hombres más ricos del mundo, es aficionado al automovilismo y es la figura clave para que la Ciudad de México albergue el Gran Premio de la CDNX de fórmula 1 -también es responsable del empoderamiento de Sergio “Checo Pérez” gracias a los patrocinios y el apoyo que le otorga. En el caso del Abierto Mexicano de Tenis es la familia Burillo Azcárraga quien está detrás de su desarrollo. Los beneficios económicos son cuantiosos, ciertamente, si bien no queda claro qué tanto este tipo de eventos lleva a que la población mexicana se interese por el deporte como una práctica cotidiana, saludable y necesaria en el día a día.

Ciertamente unos Juegos Olímpicos son palabras mayores. La próxima Copa del Mundo será tripartita, justamente para repartir los costos de su gestión y desarrollo, aun cuando el fútbol sea más popular en México que en Estados Unidos y Canadá. Quizá se pudo negociar de mejor forma el número de partidos a desarrollar en territorio nacional, dado que mientras que Estados Unidos tiene 11 sedes, México sólo cuenta con tres -y Canadá con dos. En contraste, los Juegos Olímpicos cubren una amplia variedad de disciplinas y la infraestructura erigida para aquellas olimpiadas de 1968, es decir, hace 55 años, seguramente no será adecuada, asumiendo, claro, que el evento se pretendiera que tuviera como sede la CDMX. ¿Cuánto le costaría a México hoy -o bien en 2036 o 2040- albergar unos Juegos Olímpicos? Las autoridades nacionales no se han pronunciado ni sobre este tema como tampoco de las posibles sinergias con el sector privado para llevarlos a cabo.

Pareciera entonces, que si bien México se ha ido insertando en el circuito de los mega eventos deportivos en el presente siglo -aunque más en ciertas ramas del deporte-, la decisión de postular al país -sin fijar, ojo, la posible ciudad sede- obedece más a criterios políticos que a una genuina planeación donde la promoción del deporte debería estar inserta en un proyecto integral de desarrollo, identidad e interés nacional y de empoderamiento ante el mundo del siglo XXI. Puede que México tenga alguna oportunidad de ser anfitrión de los Juegos Olímpicos en 2036 o en 2040, dado que, como se explicaba, cada vez son menos los países dispuestos a echarse a cuestas semejantes gastos y problemas de organización de estos eventos. Puede ser también que no pase nada de aquí a que el COI defina qué postulante es el más adecuado. De todo modos, Marcelo Ebrard, que hoy tiene 63 años de edad, para cuando se celebrarían dichas justas deportivas, ya no figuraría como funcionario público ni gobernante. ¿O sí? Prometer no empobrece aunque albergar mega eventos para países con serias carencias económicas y sociales puede representar una carga financiera presente y futura, más que un beneficio para el país anfitrión.

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