lunes 26 febrero 2024

Oppenheimer: El destructor de mundos

por María Cristina Rosas

¡Qué difícil es la relación entre los científicos y los políticos! Y eso en todos los países. La comunidad científica -y aquí es menester citar no sólo a las ciencias “duras” sino también a las humanidades y las políticas y sociales- parece destinada a no entenderse con los políticos. Hay muchas razones que explican estos desencuentros. Por supuesto se tiene que las ciencias progresan conforme a premisas en que la prueba-error es constante y necesaria. Los políticos, en contraste, saben que no pueden ceñirse a la prueba-error porque ello tendría consecuencias terribles para millones de personas. Si un científico se equivoca en sus deducciones, estimaciones, apreciaciones, no es tan grave como el que un político yerre. Los políticos quieren certezas, lo cual también es difícil, porque el mundo opera en la incertidumbre -quizá hoy más que nunca.

En la segunda guerra mundial, Estados Unidos entró tarde a la misma y quiso retirarse pronto. Ello es entendible considerando que las guerras consumen vidas y muchos recursos materiales que desgastan y dejan muy maltrechas a las sociedades y las economías. El peso de la lucha contra la Alemania nazi recayó en la Unión Soviética a un costo material pero sobre todo humano, indecible: uno de cada tres muertos en lo que allá se conoce como la gran guerra patria era soviético. Esto condujo a una debacle demográfica de la que aun ahora Rusia no termina de recuperarse.

Viendo lo que sucedía con la URSS es normal que Estados Unidos buscara postergar lo más posible su ingreso a la contienda, máxime que debía confrontar no sólo a los alemanes e italianos sino también a los japoneses en el Pacífico, lo que lo obligaría a abrir dos frentes, cosa no recomendable. Terminar la guerra en Europa era prioritario antes de cargar las baterías contra Japón. Eso es lo que hizo la URSS, la cual dio largas a Roosevelt -y a su muerte, a Truman- y Churchill- para abrir un frente contra los japoneses.

La ciencia ha hecho enormes contribuciones para el bienestar y el progreso social. Pero también ha contribuido a la destrucción. En las guerras, es inevitable que los avances científicos sean empleados como herramientas al servicio de las hostilidades. La segunda guerra mundial fue particularmente prolífica en experimentaciones biológicas para desarrollar armas a través de la inoculación de virus y bacterias en seres humanos y determinar la letalidad de aquellos; en el empleo de agentes químicos -piénsese tan sólo en el agente Zyklon B fabricado por Bayer para matar a millones de judíos, gitanos y otras minorías en los campos de concentración nazis; y, por supuesto, las armas nucleares, cuya letalidad horrorizó a la comunidad científica. La ciencia estuvo al servicio de la guerra y de los políticos y, por lo mismo, contra las sociedades. 

Poseer un arma lo suficientemente poderosa no sólo para poner fin a la guerra sino para posicionar al país de que se trate al frente de la política mundial, era un anhelo de todos los contendientes en la segunda guerra mundial. Algunos parecían más cerca de lograrlo que otros. Alemania tenía una élite científica, muchos de cuyos integrantes, lamentablemente, tuvieron que abandonar el país ante el antisemitismo y la satanización a que quedaron expuestos por parte de Hitler. La URSS, por su parte, trabajaba afanosamente en su programa nuclear y claro, echaba mano no sólo de sus científicos -a los que la historia occidental ha ignorado por décadas- tales como Vladímir Vernadski, Gueorgui Gámov, e Ígor Kurchatov, sino también del espionaje industrial respecto a Estados Unidos.

La Unión Americana previendo que tanto Alemania como la URSS pudieran llegar antes que ella al desarrollo de la bomba atómica, aceleró la investigación. Puso al frente del Proyecto Manhattan a Julius Robert Oppenheimer, un personaje extremadamente inteligente, excéntrico, arrogante, mujeriego, pero profundamente humano. Él fue quien estuvo al frente del a la exitosa prueba Trinity realizada en el desierto Jornada del Muerto, en Nuevo México, el 16 de julio de 1945, días antes de la conferencia de Potsdam. Esta prueba fue un ensayo atmosférico con un artefacto de 25 kilotones. En la Conferencia de Potsdam celebrada del 17 de julio al 2 de agosto, Truman informó a Stalin, que poseía un arma letal que usaría contra Japón. Stalin sabía del desarrollo de la bomba atómica por parte de los estadunidenses y aceleraría la investigación para contar con tan codiciado artefacto a la brevedad. Cuatro días después de la conclusión de la Conferencia de Potsdam, Estados Unidos arrojó una primera bomba atómica en una zona densamente habitada, la ciudad de Hiroshima. La segunda bomba, la que estalló en Nagasaki, se cuenta que estaba destinada originalmente para destruir la ciudad de Kioto pero que Henry Stimson, a la sazón Secretario de Guerra, se opuso dado que admiraba la cultura japonesa y dado que Kioto era un centro cultural donde pasó su luna de miel, propuso otro blanco de ataque que terminó siendo Nagasaki, dado que en Kokura, el objetivo original, había muy mal clima -hay otras versiones que atribuyen al historiador de arte, el estadunidense Langdon Warner, el haber aconsejado a las autoridades de EEUU no bombardear Kioto. Como de costumbre, la frivolidad de los políticos hizo acto de presencia.

Tras estos lamentables acontecimientos, Oppenheimer se convirtió en una voz muy influyente en las altas esferas de Washington. Su prestigio le dio derecho de picaporte no sólo para acceder a políticos, sino también en el desarrollo científico y tecnológico del país. Su rivalidad con Edward Teller, el padre de la bomba de hidrógeno, es legendaria. Tras la bomba de fisión, Oppenheimer se opuso a construir una bomba termonuclear y en su lugar propuso una autoridad internacional para el desarrollo de la energía atómica. Un empresario, Lewis Strauss, quien presidiría la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, ofreció a Oppenheimer en 1947, la dirección del Instituto de Estudios Avanzados en la Universidad de Princeton. Hacia 1949, cuando la URSS detonó con éxito su primera bomba atómica, el gobierno estadunidense aceleró el desarrollo del proyecto de Teller. Luego vino la histeria anti-comunista que terminó victimando a Oppenheimer, en parte por las declaraciones de Lewis Strauss. Tras una audiencia desarrollada de manera secreta en 1954, el pasado de Oppenheimer, en particular, sus vínculos con comunistas, salió a relucir. La acusación de que él pudiera haber dado a la URSS secretos que permitieron a los soviéticos crear la bomba atómica, no se demostraron pero el resultado de esta audiencia secreta es que a Oppenheimer le revocaron sus credenciales de acceso a la Comisión de Energía Atómica, siendo defenestrado por la clase política. Strauss quien simultáneamente buscaba que el Congreso aprobara su designación como Secretario de Comercio, no fue ratificado para ese cargo. Se especula que el testimonio de diversos científicos respecto al trato que le profirió a Oppenheimer, fue determinante para su fracaso, puesto que evidenció que la cruzada de Strauss contra el científico fue visceral y un simple revanchismo político.

La película Oppenheimer (2023) de Christopher Nolan es su magnum opus -así calificada por su protagonista, Cillian Murphy- donde revela una profunda madurez como cineasta cuadro por cuadro, con un elenco espectacular. La película se puede ubicar más en la línea de Memento (2000) y Tenet (2020), si bien recoge el sufrimiento y la frustración del protagonista, como lo hizo en la saga de Batman (2005, 2008 y 2012). Oppenheimer es un ser humano dotado de una inteligencia excepcional cuyas aportaciones científicas fueron usadas para destruir ciudades y potencialmente, países y hasta el mundo. La película narra el ascenso y caída del padre de la bomba atómica, mostrándolo en la cúspide de su fama, y luego, en un encuentro con Truman (encarnado por Gary Oldman), ya en su etapa de declive. Truman exclamó tras la reunión con Oppenheimer quien le lamentaba tener las manos manchadas de sangre y le sugirió colaborar con la URSS para propiciar un desarrollo ordenado de la energía nuclear “¡no me vuelvan a traer a este niñito llorón! Ese es el momento en que la injerencia de los científicos en el poder político decayó y ya no se recuperó jamás. La relación entre políticos y científicos, sin ser la temática central de la película, es recurrente en el largometraje.

El elenco que integra a esta súper producción es de alarido, con Murphy espléndido en el rol de Oppenheimer y Robert Downey Jr. encarnando a Strauss en la que es, posiblemente, la mejor caracterización de su carrera. Downey Jr., por cierto, caracterizó a Chaplin (1992) en la película homónima de Richard Attenborough, donde una parte de la historia destaca la persecución anti-comunista de que fue víctima Chaplin, debiendo abandonar Estados Unidos para irse a vivir a Suiza. Hoy en Oppneheimer, Downey Jr. caracteriza a un personaje que se sirve de la cacería de brujas anti-comunista para sus intereses instrumentales particulares. Le vino bien a Robert Downey Jr. dejar a los súper héroes al menos por un rato y ponerse serio.

Con la fotografía a cargo de Hoyte van Hoytema -quien estuvo a cargo de la cinematografía de Spectre-, la música de Lüdwig Göransson -que musicalizó Creed y Tenet- y las actuaciones de luminarias como Emily Blunt, Kenneth Branagh, Matt Damon, Florence Pough, Rami Malek y Cassey Affleck, Nolan reunió los ingredientes para su mejor película, la que, no obstante una duración de 180 minutos, transcurre vertiginosamente, trayendo a consideración de las nuevas generaciones un tema de la mayor actualidad. Lamentablemente la amenaza nuclear sigue ahí, a juzgar por el renovado interés de las potencias en el empleo de armas nucleares de cara a la guerra entre Rusia y Ucrania. La película se estrenó el 20 de julio, a días del 78° aniversario de la prueba Trinity y de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. Debe verse por su verisimilitud, por su narrativa y cinematografía, pero, sobre todo porque es una pieza de ficción que ha sido realidad y podría serlo otra vez.

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