Estoy seguro de que buena parte de mis actividades son inútiles en el más franco sentido de la palabra, o sea, que no sirven para nada. Caminar unas cuantas calles mientras espero que llegue el taxi, llamar a las oficinas de American Express para que dejen de enviarme alguna de sus promociones por correo o, peor aún, mediante llamadas telefónicas; no tiene ningún sentido responder a quienes me dicen que soy miembro o “lacayo” de la mafia del poder o pejezombie (de verdad, esto último sucede con más frecuencia de la que yo mismo pudiera creer); no tiene sentido responder digo, pero a veces sí lo hago, contesto. Tampoco tiene sentido pedir que no me etiqueten por favor en estos lares digitales porque hasta parece que estoy pidiendo lo contrario y, zas, me etiquetan con frases del tipo “dime por qué yo soy tan feliz…” pero lo hago, solicito que no me etiqueten o que no ocupen el chat como a las once de la noche para preguntarme qué estoy haciendo o si leí el texto que me enviaron hace un minuto luego de haberlo prometido para dos o tres semanas antes.
Es inútil no saludar al trapero de la calle porque hasta a chiflidos me busca la cara el cabrón, y no tiene sentido decirle a tres o cuatro usuarios de Facebook que no es cierto que hay cierta campaña contra Coca Cola o que no es verdad que los jugadores de los Patriotas de Nueva Inglaterra son nazis, ellos ignoran con la misma perseverancia con la que yo reitero que no hay arte en una pinche bolsa de Sabritas pasada por el crisol de un calideoscopio, no tiene el menos efecto que diga que mis huevos que el destello de una bolsa de Gansito Marinela nos proyecta de la sociedad de consumo a la introyección del yo. Alego en vano cuando afirmó que la UNAM nada (o muy poco) tiene que ver con los Pumas en el futbol, no ayuda anotar al prójimo que lo delicado es la falta de transporte público eficaz y no el gasolinazo (el subsidio) y de poco o nada ayuda decirle al paisano del norte que “La Guajolota” es una torta de tamal y no un ave despanzurrada a la que le escurre salsa verde entre una telera, no tiene eficacia decirle al mismo compa que la entidad se llama Ciudad de México, no México, que no se excluya por favor.
Siempre será infructuoso pedir al necio que reconozca que Starbucks opera aquí con una patente de mexicanos y que no es una odiada empresa gringa o que acepte que las cosas no son en blanco y negro, buenos y malos, que ensalzar las costumbres indígenas no es buena idea para las niñas de distintos lugares del país; nunca se verá recompensada la esperanza de que en Facebook definitivamente alguien deje de postear que no le permite a la empresa el uso de sus datos y que se ampare en un inexistente artículo internacional o que los seguidores de AMLO acepten que no es lindo que les llame Solovinos. De nada sirve advertir a quien sólo critica al periodismo militante que también existe el periodismo oficialista, pero lo hago.
Sí, hago todo eso que es inútil y remo junto con otros muchos, a su lado, a contracorriente contra la sospecha como mecanismo para hacer como que se piensa lanzando flatulencias por la boca, por ejemplo frente a la marcha del próximo domingo. ¿Se puede convencer a quienes se apropiaron de las manifestaciones sociales que acepten la existencia de otras opciones para que otros sectores de la población se expresen? No se puede pero exhibirlos en toda su superioridad moral es, al menos para mí, divertido. Yo no sé si tiene o no sentido la marcha Vibra México pero iré, como lo he hecho en favor de diferentes causas desde hace 30 años. Creo que no lograremos nada pero me gusta la idea de gritar junto con otras personas que quiero a mi país –sin nacionalismos ramplones– que rechazo con el alma lo que significa Trump y sus seguidores, que aunque sea de forma simbólica expreso mi solidaridad con todos los mexicanos sin papeles que ahora tienen miedo por lo que el rufián que ahora es Presidente de EU pueda hacer.
Creo que no tendrá ningún efecto pero quiero corear consignas, confirmar que entre la pluralidad diversas podemos tener valores que unen al esfuerzo cotidiano, decirle ojete a Donald Trump sin que me tiren de a loco porque habemos muchos diciendo lo mismo como un espacio de catarsis y también de emoción porque aquí el valor de la democracia lo estamos aprendiendo a punta de recaídas y porque aquí también hay racismo y discriminación, contra quien tiene preferencias sexuales distintas, por ejemplo, y que aquí hay sectores vulnerables, las mujeres y los niños, cientos de miles de jodidos que sufren también por el desprecio de sus propios paisanos. Por eso iré a la marcha, me vale madres que haya quien diga que esto también es parte de una confabulación o que nada más sus manifestaciones sirven. No. Andar entre las calles y gritar no tiene patente y ojalá que sí, que al menos un rato, aunque sea un pedazo, que vibre México, que vibremos juntos, aunque no tenga otro sentido más que repudiar al tirano y expresar nuestro amor por este cacho de tierra donde construimos futuro todos. Ah, en la diversidad.
