Seguridad espacial y defensa planetaria

En la divertida y sarcástica película No mires arriba (Don’t look up!) de Adam McKay de 2021 y que reunió a algunas de las más grades estrellas de Hollywood incluyendo a Meryl Streep, Cate Blanchet y Leonardo DiCaprio entre otras, se cuenta la historia de dos astrónomos que descubren un cometa en ruta de colisión con la Tierra y que provocará su destrucción. Streep es la presidenta de Estados Unidos -ella confiesa haberse basado en Donald Trump para caracterizar a una mandataria errática y bastante fatua- y en un primer momento desestima lo que los astrónomos y científicos le advierten, pero luego convencida por un millonario industrial de que el cometa posee valiosos minerales acepta que sea fragmentado mediante un ataque con armas nucleares y sus restos sean recuperados en el Océano. Por supuesto el plan para destruir el cometa y fragmentarlo falla -como también ocurrió en el episodio de Los Simpson donde Bart descubre un cometa- y la Tierra es destruida, con sólo unos cuantos políticos y celebridades que se salvan, aparentemente, al abordar una nave espacial para huir y arribar muchos años después a un planeta semejante a la Tierra donde son devorados por unas criaturas gigantes semejantes a pájaros. La película critica los fanatismos, y en cierta forma se apoya en el escepticismo mostrado por políticos, celebridades y muchas personas en torno a la ciencia en la pandemia del SARS-CoV2. Pero el tema central de la película sigue siendo cómo un cuerpo celeste podría colisionar con la Tierra y provocar un evento de extinción masiva (EEM).

En términos generales, la seguridad espacial se define como las condiciones, normas y medidas destinadas a proteger los activos e infraestructura en el espacio ultraterrestre frente a amenazas intencionadas, actos deliberados o conflictos geopolíticos, asegurando al mismo tiempo la paz internacional y la prevención de la carrera armamentista. Las amenazas, sin embargo, pueden ser no intencionadas -como en la película-, dado que la seguridad espacial comprende igualmente eventos que no se desarrollan en la Tierra, sino por ejemplo, condiciones como el clima espacial, las tormentas solares o bien, asteroides, meteoritos, cometas u otros cuerpos celestes que lo mismo podrían colisionar con la infraestructura que los seres humanos mantienen en órbita como la Estación Espacial Internacional (EEI), satélites y, por supuesto, astronautas, cosmonautas, taikonautas y gaganyatris o vyomanautas que se encuentran en órbita o que desarrollan caminatas en el espacio ultraterrestre, que con el planeta azul. Así, la seguridad espacial se puede resumir en la siguiente frase: seguridad hacia el espacio y desde el espacio debido a las interacciones que los cuerpos celestes u otros objetos tienen o podrían tener con la Tierra más las acciones humanas que impactan en el espacio ultraterrestre -por ejemplo, la muy mencionada basura espacial, creación humana que pone en riesgo a los activos existentes en órbita, o bien los ciberataques o el emplazamiento de armas convencionales, de destrucción en masa u otras más allá de la atmósfera terrestre.

Hace unos 66 millones de años, un asteroide de unos 10 kilómetros de ancho chocó a gran velocidad con la Tierra en la zona que hoy corresponde a la península de Yucatán. El evento produjo incendios de gran envergadura, sismos y olas enormes o tsunamis. El impacto desencadenó un pulso de calor global y años de invierno que acabaron con unas tres cuartas de las especies conocidas. El impacto del asteroide que produjo el cráter de Chicxulub, provocó la muerte de los dinosaurios no avianos, como el Tyrannosaurus rex y el Triceratops, así como de los pterosaurios voladores, los mosasaurios marinos y otros reptiles, esto a finales del cretácico. Este hecho constituye la quinta extinción masiva que ha vivido el planeta.

Si bien el gigantesco asteroide procedía, según los investigadores, de una zona alejada del sistema solar, su enrutamiento puede haber sido provocado por un empujón o jalón de Júpiter. Según los astrónomos, Júpiter, que es el planeta más grande, también es el más viejo del sistema solar nacido éste hace 4 567 millones de años. En un período inferior a un millón de años, Júpiter alcanzó un tamaño de unas 20 masas terrestres y unos tres millones de años después alcanzó su tamaño máximo, de más de 300 masas terrestres. -a manera de comparación, la Tierra requirió 100 millones de años para formarse.

Júpiter es un gigante de gas con un diámetro de más de 142 000 kilómetros, una masa que supera a la de todos los demás planetas del sistema solar juntos y un volumen capaz de contener unas 1 300 Tierras. Se imaginará el lector que, con esas dimensiones, Júpiter actuó como una barrera y cerró el paso a los meteoritos erráticos entre uno y cuatro millones de años después del nacimiento del sistema solar, pero, en el caso del gran asteroide que colisionó con la Tierra, el enorme planeta puede haber ejercido fuerzas gravitacionales que atrajeron al cuerpo celeste y modificaron su trayectoria provocando el redireccionamiento que terminaría impactando fatalmente con el planeta Tierra.

¿Por qué es importante este hallazgo? En general, la comunidad científica reconoce que las posibilidades de que un asteroide de grandes dimensiones como el descrito, colisione con la Tierra es poco probable. Sin embargo, no es imposible que ocurra. Si bien la desaparición de los dinosaurios y más de tres cuartas partes de los seres vivos existentes a finales del Cretácico constituye la quinta extinción masiva y la sexta actualmente en curso es obra de las actividades humanas (Antropoceno), la realidad es que una mirada a la caída de cuerpos celestes en los pasados dos siglos sugiere cautela y preparación para la defensa planetaria. Sin ir más lejos, en 1908 un asteroide con dimensiones entre 50-100 metros de ancho impactó cerca del río Podkamennaya Tunguska en Siberia, Rusia. La detonación destruyó unos 80 millones de árboles en un radio de 2 000 kilómetros cuadrados, equivalente a una bomba de 3 a 50 megatones, sin dejar un cráter de impacto visible.

Pero incluso en años tan recientes como 1994, el mundo observó la formación de cráteres que ocurrieron en tiempo casi real, cuando fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9 impactaron en Júpiter, lo que encendió las alarmas respecto a la posibilidad de que más asteroides choquen con la Tierra nuevamente. De hecho, ahora se sabe que muchos cráteres existentes en el planeta azul no se formaron necesariamente por erupciones volcánicas sino muy probablemente por asteroides que arribaron a gran velocidad e impactaron en la superficie terrestre. Esto es algo muy común, toda vez que eso que muchos denominan “estrellas fugaces” en realidad son pequeños residuos planetarios del tamaño de granos de arena, guijarros y rocas que llueven diariamente en la atmósfera de la Tierra. Se estima que cada día llegan a la Tierra unas 100 toneladas de materia espacial interplanetaria.

Los asteroides acaparan buena parte de la atención de los astrónomos dado que hay un cinturón entre las órbitas de Marte y Júpiter que, en principio, no representan mayor problema. Sin embargo, debido a fuerzas gravitacionales, algunos de ellos escapan del cinturón y se acercan a la Tierra por lo que se les identifica como objetos cercanos a la Tierra o NEO. La intensa gravedad de Júpiter o de Marte desvía a los asteroides de su trayectoria original en el cinturón principal. Para ser considerado como el NEO debe encontrarse a unos 194 millones de kilómetros de distancia de la Tierra.

Se han identificado unos 40 000 NEO de los que 37 000 corresponden a asteroides y el resto a cometas. Tienen distintos tamaños y pueden ser gigantes (de más de 1 kilómetro), medianos (de más de 140 metros) y pequeños (inferiores a 140 metros). La Agencia Nacional de Administración Aeroespacial (NASA) afirma que se han identificado alrededor del 95 por ciento de los NEO. Estos objetos son monitoreados principalmente por agencias espaciales internacionales y redes de telescopios terrestres y espaciales. Las agencias espaciales más prominentes a cargo de esta tarea son la NASA, la Agencia Espacial Rusa (ROSCOSMOS) y la Agencia Espacial Europea (AEE), además de diversos centros astronómicos y redes de telescopios.

En el caso ruso (país donde se produjo la caída del asteroide de Tunguska en 1908), se tienen sistemas de vigilancia en tierra (estaciones óptico-electrónicas) diseñados tanto para el control de basura espacial y satélites como para la detección de objetos imprevistos tras sucesos más recientes como el objeto que impactó en Cheliábinsk en 2013, un asteroide que causó una destrucción importante en partes de la ciudad del país eslavo. También existen centros rusos de matemática aplicada que procesan constantemente trayectorias de asteroides y cometas peligrosos, compartiendo datos de manera interna o en marcos de cooperación. Rusia, al igual que otros países, han propuesto proyectos espaciales dedicados (como el sistema conceptual SODA de observación y prueba de datos) o la instalación de observatorios en la Luna para mejorar la visibilidad de objetos que se aproximan desde el lado del Sol.

Pero ¿qué ocurriría si un NEO de gran tamaño fuera identificado en ruta de colisión con la Tierra? Para ello existe la defensa planetaria que comprende todas las acciones científicas y tecnológicas para detectar, rastrear los NEO que pudieran representar un riesgo de impacto y establecer las rutas de acción para evitar un evento de extinción masiva.

Las acciones comprenden detección y seguimiento, evaluación de riesgos y la mitigación activa. En este último punto se tiene la exitosa experiencia desarrollada por la NASA que desde 2016 cuenta con una Oficina de Coordinación de Defensa Planetaria (OCDP). Seis años después se desarrolló la primera misión espacial de la NASA diseñada para probar una técnica de defensa planetaria mediante la Double Asteroid Redirection Test o prueba de redireccionamiento de asteroides dobles (DART). El 26 de septiembre de 2022, una nave no tripulada chocó de manera intencional contra el asteroide Dimorfos a unos 22 000 km/h para demostrar que es posible desviar rocas espaciales que amenacen la Tierra. El asteroide Dimorfos (de unos 160 metros de ancho), que orbita a otro más grande llamado Didimos fue impactado por la nave y se logró modificar su trayectoria, lo que sugiere que es una posibilidad ante el avistamiento de un NEO potencialmente destructivo que se dirigiera a la Tierra. En este caso se usó sobre todo la energía cinética derivada del impacto de la nave en Dimorfos.

Hay también otras acciones contempladas, si bien hay numerosos desafíos tecnológicos, éticos y jurídicos aun por resolver. Así, como último recurso cuando el tiempo de la posible colisión sea corto, se tiene previsto usar armas nucleares, pero no para impactar en el NEO en sí, sino cerca de él, de manera que la onda expansiva y los efectos de la explosión lo desvíen. A diferencia de las películas de Hollywood donde se estila que un proyectil con carga nuclear impacte directamente en el asteroide para fragmentarlo, en la vida real la comunidad científica desaconseja esta opción toda vez que los fragmentos y escombros podrían de todos modos ingresar a la atmósfera e impactar con el planeta con el agravante de que serían pedazos de rocas radiactivas. Asimismo, para emplear esta opción, se tendría que considerar que la detonación de armas nucleares en el espacio ultraterrestre está expresamente prohibida por el Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967.

Por supuesto que la seguridad espacial pasa por la seguridad internacional, pero no se puede obviar que cada vez hay más actores privados con intereses comerciales en las actividades espaciales y no sólo en materia de exploración y turismo espaciales, sino, especialmente, de minería espacial. Así, la defensa planetaria corre el riesgo de ser cooptada por intereses comerciales donde se asume que hay minerales sumamente estratégicos susceptibles de comercialización y apropiación. Los Estados, en este sentido, han avanzado poco para normar las acciones de actores privados y ello, paradójicamente, compromete a la seguridad espacial y a la seguridad internacional. Con todo, la defensa planetaria muestra la importancia de la cooperación internacional, donde es más importante hacer a un lado los desacuerdos y tensiones geopolíticas y actuar de manera coordinada para lograr la supervivencia del planeta Tierra.

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