lunes 26 febrero 2024

Sonia Martino, majestuosa e inalcanzable

por Marco Levario Turcott

La conocí a mediados de los años 70, en algún centro nocturno de los que frecuentaba como empleado de limpieza porque mi edad y mis exiguos recaudos financieros me impedían invitar ni una cuba libre a cualquiera de las mujeres que, entre luces de neón y perfumes baratos, aleteaban por ahí. Tendría 16 años y pude verla en el King Kong o el Bombay de las calles de Niño Perdido y San Juan de Letrán. Lo que sí recuerdo es su nombre, Sonia Martino, y su presencia imponente como si hubiera sido tallada en cacao desplazandose en los tablados mientras el jefe de meseros me instruía la hora de llegada al día siguiente y dónde debía limpiar, que era casi en cualquier lado menos camerinos y baños, porque eso le correspondía a otro compañero. Cuando me fui Sonia bebía champagne con un señor flaco de traje y lentes oscuros.

En ese entonces, mi vida transitaba en canchas de futbol, la preparatoria y labores de limpieza o alguna otra actividad que me procurara comida, libros y pasajes, porque el techo lo tenía con mis padres. Fui lavatrastes y hasta jardinero en hoteles de la Zona Rosa y por esas prioridades podría decir que, hasta ese momento, Sonia era la única mujer que me había atraído. Tendría unos 26 años, era morena. De una estatura que, para besarla, me haría ponerme de puntitas aunque apenas llegara al cuello con piquitos de polluelo. Era un coloso de aproximadamente 1.89 de estatura, de profusa cabellera negra ondulada. Y nada más. Esa ocasión sólo se encontraron accidentalmente nuestras miradas, pero aún así su sonrisa golpeó mi estómago como un trallazo.

La segunda vez que la vi fue un año después, en el Closet de la colonia Condesa, donde remplacé a un mesero. Recuerdo que no había el consabido ánimo de esos lugares sino un ambiente donde se mezcló increduilidad, coraje y tristeza por el choque de trenes ocurrido apenas en la mañana, minutos después de las 9:30, donde murieron 31 personas y 70 resultaron heridas. Políticos de medio pelo y personajes influyentes, con el vaso en la mano y la dama sentada en ellos, sentenciaban que fue un sabotaje contra el presidente Echeverría, aunque entre el personal de servicio prevaleció la certeza de que el chofer del convoy que provenía de la estación Chabacano, se apendejó al no frenar con anticipación. Pese a ello, Thelma Tixou volvió a suscitar el fervor de siempre; pródiga en formas cubiertas de piedras de fantasía, y elegante en su estilo, el contoneo del busto que era profuso y firme congeló la sangre de los fieles, lo que aprovecharon las musas de la ficha para tirar en las macetas o de plano en la alfombra el trago que además estaba rebajado.

Poco después de la actuación de Thelma, escuchamos You Are So Beautiful en la voz de Joe Cocker seguida del anfitrión del Clóset, “Tercera llamada, comenzamos. ¡A escena Sonia Martino!”.

Ahí estaba señida al vestido rojo de lentejuelas, con los brazos abajo y las palmas de las manos arriba, como las vírgenes. Al compás de la música levantó los hombros, subió lentamente las altas dibujando su silueta con los dedos hasta acariciar el cuello, alborotar el cabello y encencer un cigarro de una cajetilla de Viceroy que arrebato de la mesa de a lado.

You’re everything I hoped for
You’re everything I need
You are so beautiful
To me

“Mesero, tráeme otra botella que esta noche pienso seriamente emborracharme”, “Nada más pintadita”, “Esto no es Brandy 103, no mames”. No reaccioné hasta que Diana Gay, una amiga mía desnudista conocida por sus milagrosos contorneos y su pubis arrebatado, me gritó destemplada que le trajera a su papi otra botella de Martell. Pero casi olvido todo otra vez cuando suena Love To Love You Baby y la pieza escarlata, aun con el tabaco en los labios y las piernas flexionadas en compás, mueve ligeramente las nalgas que reaccionan como si recibieran toquesitos eléctricos. Otra vez tiene las manos en posición de virgen, se mantiene inmóvil un instante y junto a Donna Summer gime y chilla lo que mis clases de inglés me permitieron traducir:

Cuando estás tan cerca de mí
No hay lugar en el que prefiera que estés
Que conmigo aquí

Su majestuosidad, sus muslos fuertes de arábica tostados y su altivez la tornan inalcanzable: una diosa de ébano desprendida de nosotros o una aparición de la que somos concientes porque su belleza duele. Eso es. Insolente, además. Quién se cree para detener el tiempo, para permanecer ajena de la realidad y, sobre todo, para hacerme sufrir. Cómo puede desprenderse de la ropa y cantar: “házmelo una y otra vez”, tensar con el culo el hilo de la tanga que, poco a poco, arroja al piso el balanceo de la cadera, y al final correr, sudorosa y sedienta, volviéndose humana, para exigir champagne y beberla de verdad. Yo mismo la serví sabiendo que jamás podría comprarle una botella. Hallé consuelo, sin embargo, mirando el surco huesudito entre los pechos, eran abundantes y redondos, al oírla franca y cristalina como el choque de las copas y al oler ese sabor a mar encabritado mientras se vestía. Sonia Martino no se dirgió a mí más que para pedirme otras dos redomas (que, junto a su cliente, bebió como cosaco), una Coca-Cola y la cuenta. Poco después, balanceándose como reloj de péndulo con el rimel descorrido, la estrella fue desapareciendo conforme llegó el amanecer.

La vi por última vez en 1979, yo cursaba la licenciatura en Derecho y trabajaba en un despacho, por lo que ya podía comprar al menos un frasco de Bacardí en las madrigueras de la Colonia Obrera a las que iba con cierta frecuencia, sobre todo al Caballo Loco. Ahí justamente llegamos varios amigos a festejar la despedida de soltero de Mauricio, un mastodonte de esos que parecen leñadores quien, al filo de la medianoche, nos dejó por una rubita de modales mustios y culito apretado, por lo que quedamos cuatro con nuestras respectivas ninfas. Aún tengo presente, como si fuera ayer, que aquellos tiempos no eran buenos para la concupiscencia porque nos visitaba el Papa Juan Pablo II, casi todo el país estaba en éxtasis o se creía purificado y además cantaba una canción cursi de Roberto Carlos sobre la amistad. De la letra no quiero acordarme, por cierto, Yo, por mi parte, creía haber encontrado el amor abrazado a Rosa Elvira, una pelirroja espigada de nariz altanera y pequitas traviesas hasta que la vi de reojo.

Al principio no la reconocí, tenía el rostro enjuto y la piel vencida, sólo sabía que en alguna parte yo había visto esos ojos de almendra encendidos bajo el cabello enmarañado. Pero ya no tuve duda cuando se escuchó On the Radio de Dona Summer y ella anduvo a la pista, tambaleante, junto a un señor calvo de panza prominente y actitud de acaudalado. Eran las mismas palmas de las manos puestas como una virgen y la misma forma de dibujar su cuerpo y contonear las nalgas, nada más que su jactancia no correspondía con las facciones secas y el maquillaje exagerado. La pelirroja y yo bailamos muy cerca de ella. Su fragancia no me remitió al mar encabritado chocando en el malecón de la Habana sino a la amargura del alcoholismo. Sonia alzaba la voz, casi a gritos dijo que estaba preparando un número con el que regresaría a las pasarelas.

Cuando sonaron los acordes de la Sonora Santanera volimos a la pista:

Fue en un cabaret donde te encontré bailando
vendiendo tu amor al mejor postor soñando

Al notar que miraba a Sonia, la pelirroja me dijo que era una puta barata porque después de una botella la salida era gratis. Todavía se siente reina, añadió mientras yo hundía mis manos en sus opulencias. En esas estaba cuando la volví a topar de frente. Sonreía como antes pero a la nada, sonreía sin brillo, sonreía porque debe fingir hasta el último aliento o porque es el rictus con el que bebe hasta la última gota de alcohol. Al escrudriñar sus ojos confirmé que Sonia sonreía desencajada porque se le estaba escapando la vida. Aquella noche la dejaron sola. Y así recorrió mesas para que le invitaran champagne, arrancando cigarros y embarrando la entrepierna. Cuando llegó a nosotros Rosa Elvira le enrolló un billete y lo puso en el surco huesudito de los senos, yo le tendí mi Bacardí que arrojó a sus entrañas y besó mi mejilla convencida de que me estaba dando uno de los mejores momentos de mi vida. Salió tambaléandose y al rozar la puerta, como una marioneta a la que de pronto le cortaran los hilos, se desplomó. Y no supe más porque la pelirroja recordó nuestro pacto para que contáramos el número de pecas que tenía en la espalda. Sólo fue cosa de subir unas escaleras y cerrar las cortinas como un telón en el que apenas se asomaron las zapatillas inmóviles de Sonia Martino.

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