Una chamba del Presidente

El Presidente dijo ayer que se entregará en cuerpo y alma a velar por los derechos, el bienestar y los intereses de los mexicanos dondequiera que se encuentren. Eso está muy bien, sólo que con ello no estaría haciendo más que su trabajo.


Como lo hizo invitando al candidato Donald Trump el 3 de septiembre. No es que haya acertado, ahora que Trump ganó las elecciones: es que era su trabajo reunirse con un aspirante a gobernar el país con el que comerciamos un millón de dólares por minuto.


La invitación a Trump es uno de los lances más originales, arriesgados y exitosos en la historia de la diplomacia mexicana contemporánea. Sin embargo, el Presidente no ha hecho más que pasar aceite por haberla realizado, y soportar amargas críticas.


La campaña de Trump había tensado la relación de México y Estados Unidos a niveles nunca vistos desde 1846, por lo que el Presidente tuvo que hacerse cargo como un demócrata: combatiendo con diplomacia a quien se presentaba como enemigo.


Y debió hacer su trabajo: aun pasando por encima del sentimiento de agravio de sus gobernados, conversó cara a cara con quien los había llamado violadores, criminales, drogadictos y transmisores de enfermedades contagiosas.


Casi nadie se lo perdonó al Presidente, quien a fin de cuentas hizo con Trump lo que ayer tuvieron que hacer Barack Obama y Hillary Clinton, quienes invocaron la democracia ante su presidente electo y a quien apenas 24 horas atrás habían llamado desde ignorante hasta estúpido, pasando por fascista.


Ya con la cosa juzgada de la elección americana, algunos empiezan a dar crédito a la visión del Presidente con su invitación a Trump. Como sea, el Presidente es ahora el único hombre de Estado del mundo con una cercanía personal con el próximo inquilino de la Casa Blanca.


Por eso ayer lo pudo llamar por teléfono enseguida y acordar una reunión bilateral. Trump será un monumento de nativismo, autoritarismo, misoginia, racismo, pero con su triunfo electoral ya es un político, y un político nunca olvida al colega que le dio trato de político cuando los otros lo despreciaban.


¿Que el Presidente tenía que haber esperado a que Trump ganara para armar una reunión? Eso es cuestión de opiniones. En todo caso, tuvo razón en iniciar la relación personal desde antes, porque la densidad del intercambio bilateral así lo exigía.


Más de 34 millones de personas de origen mexicano viven en el país que va a gobernar Trump: esto provoca que Estados Unidos sea un asunto de política interna para México. Un Presidente de México tiene que encargarse de eso de tiempo completo.


Tragarse ese sapo, sin esperar reconocimientos.


Porque la chamba de Presidente es muy ingrata.



 


Este artículo fue publicado en La Razón el 10 de noviembre de 2016, agradecemos a Rubén Cortés su autorización para publicarlo en nuestra página.

Autor

Scroll al inicio